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El viernes 12 de agosto pasado, tras cincuenta allanamientos, una noticia impactó al país: la Policía Federal había desbaratado una “secta” cuya sede principal se encontraba en el barrio porteño de Villa Crespo y detenido a 24 de sus integrantes. Los cargos de los que se los acusaba (y se los sigue acusando) son varios: trata de personas con fines de reducción a la servidumbre agravado por coerción, hurto agravado, lavado de activos, asociación ilícita, ejercicio ilegal de la medicina, expendio irregular de medicamentos y tráfico de influencias.
Con el correr de los días, las novedades, detalles y notas periodísticas se fueron acumulando. Así se conocieron, entre muchas otras cosas, las identidades de su líder (Juan Percowicz) y de sus laderos principales, como también las causas judiciales por las que esta organización, surgida bajo el nombre de Escuela de Yoga de Buenos Aires, ya había sido investigada en el pasado. Lo que pocos recuerdan, y menos revisitaron, fue el peculiar caso por el que la hoy denominada “Secta de Villa Crespo” o “Secta del Horror” salió a la luz hace casi treinta años, allá por 1993.
Quien sí lo hizo, en medio de esta nueva explosión mediática en torno a este (cada vez menos) misterioso grupo de personas liderado por “El Maestro” o “El Ángel” Percowicz, fue Alejandro Agostinelli, que días atrás compartió en su blog Factor 302.4 un viejo artículo de su autoría, publicado por La Prensa el 6 de noviembre de 1994. En el mismo, el periodista que más abordó en los años '90 el escándalo del “Yoga-Sex” (como se divulgó por aquella época a todo lo relacionado con este culto “new age” que, casi tres décadas después, vuelve a ocupar los titulares de los principales medios de comunicación nacionales), narraba cómo a partir de una historia mucho más pequeña la Argentina terminó enterándose de la existencia de una presunta secta “lavacerebros” de tintes sexuales y vínculos con el poder.
“El que recibió las primeras noticias negativas sobre la Escuela de Yoga de Buenos Aires fue Alfredo Silletta. Figuraba en sus libros de 1992 o 1993. Él la consideraba 'secta destructiva' porque usaba el 'geishado', como, según él, definía el grupo a la 'prostitución sagrada'”, rememora hoy Agostinelli, en diálogo con LM Neuquén, haciendo referencia al periodista especializado en sectas antes mencionado. Interesado en el tema, y en medio de una investigación, Alejandro tuvo su primer acercamiento un año después. “A comienzos de 1994, la revista Gente me pidió que entrevistara a Juan Percowicz para que me asegurase si correspondía incluir a la Escuela deYoga en un informe sobre sectas. Pactamos la nota y fuimos recibidos en la confitería de la planta baja del edificio de Estado de Israel (NdR: la sede central de la organización, recientemente allanada). Junto a mi compañero, el fotógrafo Jorge Bosch, fuimos recibidos con mucha cortesía. Esa amabilidad quizá era un poco sobreactuada, pero la gente de la Escuela ya era consciente de que eran acusados de constituir una 'secta'. Al rato llegó Percowicz, con su halo de encantador. Respondió todas mis preguntas, incluso si practicaban una suerte de prostitución sagrada, algo que negó con ironía y cierta displicencia. Recuerdo que enfatizó que la sexualidad incumbe a cuestiones privadísimas”, cuenta. Y, luego, recuerda: “Al volver a la redacción, desaconsejé meter a la Escuela de Yoga en esa bolsa medio bestial de las sectas, alegando que la susceptibilidad moral era subjetiva. Sin damnificados ni denuncias, no había manera de verificar delito alguno. Fue así que ese material quedó cajoneado y el grupo quedó afuera de la nota, que se tituló 'El poder de las sectas'”.
En aquel entonces, para el ojo público, la organización era solo una más entre tantas dedicadas a las filosofías y disciplinas alternativas. Todo cambió cuando, a los pocos meses, la Justicia comenzó a investigarla. Y el escándalo no se hizo esperar: “En abril del mismo año, Gente publicó mi 'entrevista exclusiva con el líder prófugo'. Había saltado el escándalo del 'Yoga Sex'. Yo seguí siendo prudente, porque nadie denunciaba delitos o crímenes; todo giraba alrededor de la supuesta promiscuidad del grupo. La cuestión era inquietante, pero yo había visto a gente adulta, consciente de sus actos y dueña de su voluntad, divirtiéndose. Tampoco era visible ninguna cuestión de fraude económico. Es más, sus alumnos parecían tan fascinados con su Maestro Juan que no me extrañaría que fueran exageradamente generosos con él o con la Escuela. Aquella nota en Gente no la quise firmar. Sí la entrevista al 'Maestro Juan', que debe ser una de las pocas que se le hicieron en la época”.
Fue entonces cuando Agostinelli, siguiendo el caso de cerca, dio con el origen de la primera causa judicial. El motivo por el cual el grupo se volvió famoso. De acuerdo a su relato en la nota publicada por La Prensa, la Justicia se interesó por la Escuela de Yoga de Buenos Aires gracias a una denuncia realizada contra un particular. Un abogado llamado Rodolfo Sommariva, que había sido acusado por Valeria Llamas, su hijastra de 24 años, de mantenerla encerrada en su casa contra su propia voluntad. Fue gracias a Sommariva, cuando éste tuvo que dar explicaciones en un juzgado, que aquel secreto tan bien guardado (aunque a la vista de todos) se reveló. Él no había “privado ilegítimamente de su libertad” a aquella chica a quien había criado desde los 4 años y que ya era mayor de edad, dijo el abogado en su momento. Él solo intentaba cuidarla de una secta que le había lavado el cerebro y la corrompía sexualmente, explicó inmediatamente después.
“Valeria me contó que, cuando logró salir de su casa, hizo una demanda a su padre por privación ilegítima de la libertad. No sé si lo hizo a instancias de la Escuela. No me extrañaría, solo puedo decir lo que ella me contó en su momento. Ese fue el inicio de la causa, ya que el padre presentó la demanda por 'lavado de cerebro' a posteriori”, rememora hoy Agostinelli.
En aquella nota que destapó todo, Llamas le contaba a su entrevistador no solo que había conocido a aquella escuela por haber acompañado a su madre a una charla cuatro años antes, sino que la sentía más una familia y mucho menos coercitiva que aquel hogar que se empecinaba por retenerla a la fuerza. Y que, a fin de cuentas, tenía el derecho de hacer con su vida lo que quisiera, porque ya era una mujer adulta. “Yo iba a las conferencias, participaba de actividades filosóficas y culturales y me divertía. Nunca vi casos de prostitución o de corrupción. Si fuera así, hubiera sido la primera en irme”, le juraba a Agostinelli por aquel entonces.
“Valeria era una chica madura. Tenía 24 años, pero parecía mayor”, se acuerda Alejandro. Y sigue: “Me dio la impresión de que ya había establecido fuertes lazos de amistad en el grupo y estaba muy dolorida por la reacción de su padrastro, que la había criado desde chica. La familia había sido asesorada por psicólogas de la Fundación para el Estudio de las Sectas (FAPES) y de la Fundación SPES, que funcionaba en la Curia. Me contó que el padre la encerró en una habitación y le organizó una suerte de “desprogramación”. También recuerdo que aceptó someterse a ese careo por pedido de su madre, quien la había llevado a la Escuela de Yoga. Vivió esa reunión como un 'tribunal' que evaluaba sus decisiones”.
Una adulta “corrompida” y la desprogramación que no fue
“Recién vas a poder salir cuando hables con la licenciada”. Eso fue lo que Valeria Llamas le escuchó decir a su madre, según le contó a Agostinelli en 1994, el día en que tomó la decisión de alejarse de su familia para siempre. El pedido que ella aceptó para poder escapar del encierro al que, según aseguraba, su padrastro la había sometido. Antes del nuevo sometimiento que tenían planeado para ella. Porque María Lourdes Molina (la licenciada en cuestión) había llegado a su casa con un objetivo en particular: “desprogramarla” del lavado de cerebro que la Escuela de Yoga de Buenos Aires supuestamente le había realizado desde que se había unido a sus filas.
“Los padres no sabían qué hacer, estaban desesperados. Entonces fui a la casa y pedí que estuviera toda la familia, incluso los amigos importantes de Valeria antes de que entrara a la organización. Quería que le dijeran cuánto había cambiado. Le dije que se permitiera pensar sola, sin presiones. Eso es la libertad, que me parece tan valiosa. Pero yo la veía muy deteriorada, con la mirada vacía”, le contó en aquel momento Molina, psicóloga especialista en grupos y organizaciones coercitivas y fundadora de la asociación civil Nuestras Manos, al autor del citado artículo. “La idea era que la licenciada lograra producir un shock en su personalidad contrario al que recibió en la Escuela de Yoga. El objetivo era hacerla reaccionar por una cuestión de orden familiar”, explicó más tarde su padrastro en el juzgado de Mariano Bergés. El primer magistrado en hacerse eco de las acusaciones contra la organización comandada por Percowicz. El primero que la investigó, procesó y, por ende, la puso en el centro de la escena, desatando el escándalo.
“El 30 de noviembre de 1993, mi hermana hace la denuncia contra mi papá. Vino la Policía a casa y se llevó todas las cosas de ella. Mi papá, entonces, hizo la denuncia por ‘corrupción de mayores’, que era la figura que se usó en el momento”, recapituló este mes Martín Sommariva, uno de los hermanos de Valeria que estuvieron presentes durante esa suerte de intervención familiar sin éxito, en declaraciones a TN. El proceso judicial que llevó adelante Bergés, y luego sus sucesores, corrió la misma fortuna que aquella desprogramación fallida. “El juicio duró 11 años y cerró por falta de mérito. No conseguimos demasiado”, cuenta hoy el hermano de Llamas.
Para Agostinelli, gran parte de ese fracaso se debíó, justamente, al concepto de “corrupción de mayores” enarbolado por el juez. “Aquella causa fue un escándalo casi idéntico al actual, aunque en los '90 el contexto era más propiciatorio. En la Argentina reinaba un furor antisectas. No existía ninguna tolerancia a la diversidad y el menor exotismo religioso era sospechoso. En el caso de la Escuela de Yoga me impresionó la cantidad desproporcionada de allanamientos que, en casi todos los casos, afectaban a alumnos. Es decir, supuestas víctimas que no se consideraban tales. Era chocante que el juez Mariano Bergés hubiese recurrido a una fórmula caduca como 'corrupción de mayores' para que tuviera algún asidero la acusación de 'lavado de cerebro', una explicación de la adhesión religiosa científicamente tan sostenible como la hipnosis o la brujería. Si había delitos, amenazas o coacción, eran necesarias pruebas. Y esa carátula desdibujaba la causa. Era poco verosímil imaginar a mayores llevados por las narices a prostituirse, sin protestar. No parecía haber un encuadre legal concreto ni un conjunto consistente de denuncias que sostuviera delitos tan graves”, señala hoy, diferenciándose de lo que la licenciada Molina le decía a la hora de considerar el caso de Valeria Llamas y, por qué no, los del resto de los discípulos de la “secta”. “El desafío es poder medir el grado de libertad de una persona, más allá de la edad”, consideraba la especialista, allá por el '94.
Veintiocho años después, y con el juez federal Ariel Lijo a cargo de la investigación, la Escuela de Yoga de Buenos Aires volvió a ser noticia. “Ojalá no se repita el papelón de los '90. Que se esté actuando a partir de hechos nuevos verificables, y no de prejuicios provistos por personas que reclaman justicia con las manos vacías, afectadas emocionalmente por problemas familiares. Deseo creer que este gigantesco operativo está fundado en delitos que se pueden probar. Que existan evidencias de que se realizaron donaciones sin consentimiento y pruebas de procedimientos extorsivos que obligaron a los miembros a cometer delitos. Porque si resulta que los alumnos de Percowicz fueron a seducir a terceros con cualquier finalidad, incluidos fines proselitistas, o donaron bienes personales porque se les dio la gana, la causa va a volver a caer”, reflexiona, por último, el periodista que narró cómo esta organización que hoy tiene a 24 personas detenidas salió a la luz.
Mientras tanto, el hermano de Verónica Llamas, protagonista fundamental en toda esta historia, se lamenta: “Hace ocho o nueve años que no la veo. Todavía sigue adentro”.