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Una joven habitante de Ranquil Huao dio testimonio de cómo impacta la plaga en una comunidad alejada de todo, y donde muchos son ancianos sin familia.
Ranquil Huao, un nombre que apenas figura en los mapas oficiales, esconde una realidad difícil. Allí, en ese paraje de Cushamen apenas apartado de la cordillera en Chubut, vive Eva Huanquilef junto a su abuela de 94 años, su madre de 73 y su hija en edad escolar. Ellas son parte de una comunidad casi invisible, apenas una escuelita marcada en el Google Maps, donde la ayuda estatal no siempre llega y la naturaleza se volvió hostil de un modo que ni los pobladores más ancianos recuerdan haber vivido.
"Este invierno sólo salvé a 11 de 60 chivitos que tenía", resume Eva la situación que afronta con su esposo y su familia en los útlimos años, desde que a una nevada histórica la sucedió una sequía prolongada y luego una plaga de tucura sapo que se comió las pocas pasturas que quedaban, y que ahora parece reeditarse como en buena parte de la Patagonia.
La cifra es demoledora, pero no sorprende cuando se conoce lo que atravesó este territorio en los últimos años. Y que en estos días enfrenta una nueva invasión de la tucura sapo, la plaga que vuelve a amenazar las pasturas de buena parte de la Patagonia.
Cada día, la joven y su pareja deben tirar remedio alrededor de su vivienda para evitar que los insectos se les metan adentro. "Tengo que ir a la casa porque, si no, se meten las tucuras; es impresionante la cantidad que llegó. Nunca había visto tanta", relata la joven con asombro, en diálogo con EQS Notas.
El paisaje que la rodea -cuenta- cambió drásticamente desde 2021. En ese año en que el mundo empezaba a salir lentamente de la pandemia, aquí la nieve cubrió la región con una intensidad inédita, de metro y medio en promedio, con picos de dos en algunas zonas.
El paraje quedó aislado, con caminos inaccesibles hasta para los vehículos de la Gendarmería, que no pudieron llegar con asistencia: terminaron tirando víveres y frazadas desde el aire, con helicópteros.
Aquel trastorno parecía, a la vez, una bendición para la tierra sedienta. Pero pronto se supo que eso fue apenas un espejismo. "Después no nevó más, no llovió más y nos ha afectado mucho", explica la mujer.
En efecto, lo que vino después fue peor: heladas secas que calcinaron la pastura y dejaron el suelo estéril. Sin agua ni pasto, el ganado comenzó a debilitarse hasta morir.
La sequía prolongada fue apenas el primer golpe. Cuando parecía que la tierra intentaba recuperarse, una plaga masiva de tucuras sapo arrasó con todo.
"Lo poquito de pastura que había levantado para los animales ya se secó toda, porque donde pasa la plaga se come todo y lo seca todo", describe Eva sobre el fenómeno que por estos días vuelve a alterarle una rutina ya de por sí difícil y que genera otra vez preocupación en esa zona de Cushamen.
Eva y su esposo son de los pocos jóvenes en todo el paraje. La mayoría de los pobladores que viven relativamente cerca de ellos tienen entre 60 y 80 años y están solos, sin familiares cerca que puedan asistirlos.
"Cuando pasa algo siempre nos buscan a nosotros. Tenemos que ir de un lado a otro para ayudar, aunque sea un poco a cada uno", cuenta.
Una vecina cercana perdió casi todo su ganado: vacas y ovejas murieron durante el invierno por desnutrición. Otra familia enfrenta un problema adicional: la plaga contaminó el pozo de agua, el único del que disponían.
Eva logró mantener con vida a 11 animales gracias a que los alimentó con pasto y maíz durante los meses más duros. Hoy depende de fardos que llegaron por ayuda solidaria. Pero la provisión es limitada y la incertidumbre crece.
El aislamiento geográfico agrava la emergencia en el paraje que en este 2025 tuvo el inicio de clases en enero, porque en buena parte del invierno no queda otra que suspenderlas por las inclemencias del clima.
"Muy pocas veces entra gente porque no llega nadie acá al campo. La ayuda siempre queda para los que están cerca del camino, y nosotros estamos retiradísimos tanto de Cushamen como de El Maitén", explica Eva.
De hecho, la distancia entre una casa y otra, en Ranquil Huao no se mide ni en cuadras ni en metros: hablan de kilómetros.
La asistencia, cuando llega, se distribuye en las zonas más accesibles y rara vez alcanza a quienes están tierra adentro.
Los días transcurren entre tareas urgentes: mantener vivos a los animales que quedan y asistir a los adultos mayores que ya no pueden valerse por sí mismos en las labores rurales.
"Lo que más nos falta es forraje y pastura", insiste Eva. Sin estos recursos básicos, la supervivencia del ganado —y por ende, de las familias— está en riesgo. "Si viene un invierno feo, no sé cómo nos va a ir con los animales. Nosotros vivimos de eso", advierte. Y primero, claro, hay que ver cuánto de campo queda esta vez tras el paso de la tucura sapo.