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Cuatro perros de raza y un simpático mestizo con todas las intenciones de saltar la reja de su canil para recibirnos, son los perros olfateadores que acompañan en cada operativo de detección de estupefacientes en plazas, operativos de control rutero, de control de encomiendas y charlas abiertas.
Por la cantidad de contextos en los que deben actuar adecuadamente, se los educa para ser “autónomos, centrados y sociables”.
Todos ellos son entrenados desde cachorros para identificar las drogas de común circulación “a través del juego”, aprendiendo a señalar los hallazgos de manera activa (con un ladrido o rasguños) o pasiva (sentándose junto al bien).
“Primero se busca que establezcan un vínculo con su guía y luego se los entrena. En cada operativo, ellos salen a buscar su juguete, es un juego, pero para nosotros es laburo”, señaló Rubén Pérez, el efectivo encargado de su entrenamiento.
Cuando ya no pueden prestar sus servicios, son dados de baja y entregados en adopción muchas veces a los propios agentes con quienes crecieron, en quienes encuentran una familia.
El gran mito: la adicción de los perros rastreadores a la droga que deben detectar. “El juguete con el que se los entrena huele a sustancia, pero no la lleva. No hay consumo”, aseguró Pérez.