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Milton Andrés “Cacho” Aguirre (58) fue delincuente por elección propia, más precisamente un estafador. Viejos conocidos, vecinos y policías que siguieron sus pasos aseguraron que no era de armas llevar y que sus engaños fueron muy ingeniosos para la época, por lo que atraparlo fue muy complicado.
El Cacho cultivó el don de la palabra y una gran habilidad para leer a sus víctimas, que siempre terminaban mordiendo el anzuelo.
Dentro del hampa neuquino, el Cacho fue un personaje colorido, lo que no lo salva de sus delitos.
Desde la criminología, los estafadores suelen tener perfiles que rozan la psicopatía por su falta de empatía, su egocentrismo con una gran seguridad en sí mismos y una particular mirada de la realidad donde la víctima es solo un medio para obtener un beneficio. Lo que tampoco escapa al ojo crítico de la criminología es que las víctimas, generalmente, son personas que también están buscando obtener una ventaja de la situación, por eso terminan pisando el palito.
Una vida bien
El Cacho Aguirre se crio en el barrio Bouquet Roldán al amparo de una familia trabajadora que supo tener muy buena llegada con figuras del Movimiento Popular Neuquino (MPN).
La madre tenía un parador de comidas e incluso enviaba viandas que compraban algunos funcionarios de la época. El papá fue policía durante muchos años y luego hizo gestiones y terminó ingresando al Banco Provincia de Neuquén (BPN). Cuando se jubiló, fue parte del grupo que fundó la mutual del banco.
Ambos tenían trabajos que le permitieron darle al Cacho todo lo que necesitaba. “Nunca le hicieron faltar nada, tuvo un buen pasar de pibe y la posibilidad cierta de una vida totalmente opuesta a la delincuencia. Todo lo que hizo el Cacho fue porque quiso”, contó un allegado a la familia.
En la adolescencia, el Cacho comenzó a patear la calle, frecuentar lugares complicados, y así conoció gente pesada. Sus primeros delitos datan de principios de los ochenta y estuvieron relacionados con el robo de combustible a camiones para venderlo en las barriadas vecinas.
Los simuladores
Viejos sabuesos recordaron que el Cacho fue quien instaló el cuento del tío en Neuquén, modalidad delictiva que se sospecha que la aprendió en Córdoba, donde pasó un periodo de su vida.
El Cacho se instaló en los noventa en Valentina Sur, donde con el correr de los años se transformó en una suerte de patrón que supo darles una gran mano a vecinos y pibes del lugar.
Desde dicha barriada comenzó a realizar el cuento del tío vendiendo todo tipo de productos, algunos malhabidos y otros que ni siquiera tenía.
Un vecino, que era pibe en esos años, recordó: “Con el Cacho estaban los de la banda de rock La Moto (dato que confirmaron fuentes policiales). Ellos o el Cacho iban al teléfono público que estaba en diagonal a la comisaría y desde ahí hacían las llamadas para concretar las estafas”.
“Una vuelta, estaba ofertando una picadora de carne pero a un precio que era una ganga. Me acuerdo que escuché toda la conversación telefónica y cuando colgó, le dije ‘Cacho, me interesa esa picadora’, y el tipo me dijo ‘no es para vos, pibe, creeme’”, concluyó ese joven devenido en hombre que sonríe al recordar la anécdota porque con el tiempo cayó en la cuenta de los negocios que manejaba el Cacho.
“En Valentina armó un equipito de trabajo para realizar las estafas. Para que te des una idea el nivel en el que realizaban la maniobra, alquilaban y ploteaban una camioneta con el nombre de un corralón muy conocido y hasta conseguían o mandaban a hacer la ropa de trabajo. Generaban contactos con personas de distintos puntos del país y de la región, y cuando caía el cliente, lo llevaban en la camioneta al corralón y el Cacho lo paseaba por el lugar como si fuera el dueño mostrándole todo. Después que cerraban la venta y cobraba, nunca le entregaban nada. De esas, miles hizo el Cacho”, reveló un viejo sabueso que supo seguir de cerca los movimientos del estafador.
A la distancia, los artilugios del Cacho parecen ser la antesala de lo que luego fue la serie Los Simuladores, que se estrenó en 2002.
Padre a la 21
En Córdoba, el Cacho conoció a quien se transformó en su primera pareja y su gran amor, aunque después tuvo cinco parejas más y engendró un total de 21 hijos.
“Todavía hay hermanos que no se conocen entre sí”, confió una fuente.
Con el dinero de las estafas, compró varias casas que dejó a su amplia familia.
Un conocido que estuvo muy cerca del Cacho por aquellos años contó: “El loco tenía una debilidad por la joda. Desde pibe se metió en el consumo de drogas, alcohol y le encantaba andar de putas. De hecho, solía encerrarse en alguna de sus casas durante días con varias prostitutas, mucho alcohol y droga”.
La costumbre era propia de la época. El afamado pirata del asfalto Luis “Gordo” Valor contó vivencias idénticas que realizaba luego de los atracos. En su caso, cerraba prostíbulos y se quedaba por días.
Son experiencias que no solo alcanzan al mundillo del hampa, sino a otros círculos. Basta recordar la hipótesis de la prostituta vip que figura en la causa Ávalos. En ella, hay un testimonio en el expediente de la Justicia Federal que da cuenta de la existencia de reuniones de personajes vinculados al poder de la época que se realizaban en una vivienda de calle San Martín al 4000 de Neuquén.
En esas reuniones noctámbulas confluían el poder, el alcohol, la droga y la prostitución.
Es decir, el Cacho no era el único; de todas formas, “hay muchos que están en la actualidad en política que supieron pasar por esos revientes del Cacho”, reveló la fuente.
Inteligencia
“Si hay algo que hizo el Cacho fue viajar por todo el país, pero nunca terminaron de ser vacaciones, siempre generaba algún ‘negocio’”, confió una fuente.
La capacidad mental del estafador neuquino era impresionante. Sinceramente, era capaz de vender un buzón, pero también tenía cierto gusto por el conocimiento. Cuentan que era muy lector, le interesaba ver canales de televisión como Discovery y tenía un rollo particular con el universo, por lo que documental que podía enganchar lo veía.
Además, le gustaba mucho la música y podía pasar largas jornadas escuchando un disco tras otro, analizando las letras y escribiendo posibles canciones.
Su agilidad mental le desarrolló una habilidad muy particular a la hora de perpetrar un engaño. Podía leer a su víctima, mentir sin que se le moviera un músculo y encontrar la cifra perfecta para que el ardid fuera eficaz.
Hablar de qué hubiese pasado si esa inteligencia y creatividad las utilizaba para negocios legales es una especulación que no vale la pena transitar.
Si hay algo que caracteriza a los delincuentes es su capacidad para innovar, y el Cacho, en tiempos donde todavía internet no reinaba, él ya había visto el negocio.
Así fue que, desde Neuquén, el Cacho mandaba a gente suya con un bolsito y panfletos a distintos puntos del país para captar clientes a partir de una variedad de maniobras. Hoy, todo eso se hace por redes sociales y plataformas de compraventa, pero en aquellos años se las arreglaban subiendo a un colectivo y enviando a la gente indicada al lugar justo a vender lo que la necesidad mandaba.
Él, por su parte, recorrió la provincia de punta a punta y, en una ocasión, concretó tal vez su estafa más colorida.
“Conoció a unos gringos (empresarios de Estados Unidos) que estaban de visita en la zona de la cordillera y entró en confianza con ellos. Comida va, comida viene, en cuestión de unos días el Cacho les terminó vendiendo unos terrenos entre San Martín y Junín de los Andes. Obviamente no eran suyos. Se hizo de una pequeña fortuna. Cuando los tipos advirtieron la maniobra, el Cacho se había esfumado”, relató una de las fuentes consultadas.
Otra de las estafas que tenían el sello del Cacho fue la que realizó con la venta de computadoras inexistentes. “El tipo tenía una labia terrible. Lo contactaban a partir de algunos anzuelos que había tirado y por teléfono comercializaba las computadoras. Lograba que le concretaran el pago y cuando llegaba el envío a la casa del comprador, dentro de la caja se encontraba con un par de ladrillos. Estaba en casi todos los rubros”, describió un viejo pesquisa.
También era habitual que citara a las víctimas en su casa de Valentina Sur donde les vendía, por lo general, materiales de construcción a muy buen precio -el anzuelo- y cuando pagaban les decía que fueran hasta la ruta que estaba el camión con los materiales.
Obviamente que las víctimas esperaban en la ruta y, como no venía nadie, volvían a la casa donde habían hecho la transacción y el Cacho ya no volvía a aparecer.
Los de la Comisaría de Valentina Sur, cada vez que les radicaban una denuncia de ese estilo, sabían que era el Cacho.
En algunos casos, las víctimas quedaban esperando en el living de la casa del Cacho, que daba alguna excusa para salir y ya no volvía. Luego, sus cómplices obligaban a las víctimas a retirarse del domicilio.
“Amasó una fortuna, pero así como tenía la capacidad de hacer un millón en un día, lo podía gastar al siguiente como si nada porque sabía que al otro día algo iba a aparecer”, describió un allegado de la familia.
Si bien podría haber tenido su propio auto, prefería que lo llevaran y no manejaba, salvo la moto que le había regalado su madre.
El delincuente, dentro de su vida desaforada, supo dejar que algunas parejas realizaran inversiones como comprar casas. Hubo cuatro viviendas que se las regaló, con total desprendimiento, a sus prostitutas “preferidas”. En ese sentido, fue un delincuente de la vieja escuela, un romántico.
El rejuntado
En esos años dorados en que el Cacho andaba con fajos de dinero en el bolsillo, no fueron pocos los que acudieron a él y no dudó en soltar billetes sin pedir nada a cambio.
A los pibes del barrio supo ayudarlos en dos sentidos: hubo un tiempo donde les dio algunos tips para que hicieran dinero fácil levantando las recompensas que se ofrecían por los perros perdidos; por otro lado, en 2003, fundó el equipo de fútbol de Valentina Sur, El Rejuntado.
Ese equipo se armó con todos chicos que tenían problemas de adicciones y el Cacho de su bolsillo compró camisetas, medias, pantalones y pelotas de fútbol.
“Fue la primera vez que los pibes del barrio jugaron y ganaron un interprovincial. Después se los llevó de vacaciones”, contó un vecino que pudo ver de cerca semejante emprendimiento que llenó de orgullo al barrio.
Enterrado vivo
El Cacho tuvo que afrontar, de acuerdo con el prontuario, una causa por tenencia de drogas que databa de 2007 en la que estuvo detenido por la Justicia Federal durante tres meses. Luego, la Justicia local los persiguió sin éxito en varias causas por estafas, delito que es difícil de comprobar, más aún en esos años, porque todas las transacciones eran sin ningún tipo de documentación y nadie obligaba a las víctimas a entregarle el dinero, por eso los funcionarios judiciales quedaban dentro de un laberinto que no nunca les fue fácil sortear.
Pero la suerte no siempre estuvo del lado del Cacho y, el día que lo abandonó, casi le cuesta la vida.
A mediados de la década del 2010 fue el boom de la banda narco Los Champú, liderada por Jorge Fabián Sosa y Gloria Ruarte. El personaje más vistoso fue Juan Pablo “Bolita" Alvear y su territorio era la zona de la toma 7 de Mayo.
Corrían los primeros meses de 2016 cuando dos pibes de Valentina Sur no tuvieron mejor idea que ir a robar a la casa de uno los Champú. Durante el atraco, además de guita, se llevaron droga. Esto en el ambiente narco es lo que se conoce como una mejicaneada, y nunca termina bien porque luego vienen los pases de factura.
En ese entonces, el Bolita andaba muy cebado, tenía un historial pesado y sus ajustes de cuentas eran más que cruentos.
Sabían que los pibes eran de Valentina y fueron por el Cacho, creyendo que él los había mandado.
“Con el Cacho, el Bolita se equivocó feo. El Cacho era consumidor de drogas, no narco”, confió una fuente.
Un policía recordó: “Cuando al Cacho lo levantan, los Champú se lo llevaron para la meseta, que era parte de su territorio. Ahí le dieron para que tenga. Le metieron un par de tiros y como cinco puñaladas. Después, hicieron un pozo y lo enterraron con la cabeza afuera. No se murió de casualidad”.
El Cacho, tras zafar de su entierro, llamó a sus hijos que lo llevaron al hospital.
“Se radicó denuncia, pero el Cacho prometió venganza. Fue todo a lo Breaking Bad”, reveló el pesquisa.
Alvear cayó tiempo después durante una mejicaneada y terminó condenado a cuatro años de prisión.
El miércoles 8 de junio de 2016, tras el horario de visitas, el Bolita, que había sido dejado por su pareja, terminó ahorcado en su celda del pabellón 4 de la U11, donde hoy está uno de los dos pibes de Valentina Sur que lo mejicaneó.
“Cuando corrió la noticia de la muerte del Bolita y su familia dijo que lo habían matado, el Cacho se jactó de haberse encargado de él”, confiaron varias de las fuentes con las que dialogó este medio.
Lo cierto es que la autopsia develó que el Bolita se había suicidado. No obstante, el Cacho se apropió de esa muerte, pero no era su estilo matar, sí engañar, y así lo hizo.
La parca en camino
Después del feroz ataque al que sobrevivió, la salud del Cacho se resintió y mucho. Todo su ser traccionaba en base a la cocaína, la adicción que más lo pudo. Los últimos años se replegó a su vieja casa de Valentina Sur en completa soledad.
“Ya había dicho que su tiempo llegaba a su fin y renegó mucho de su vida delictiva”, confió un allegado.
Tal vez a la hora del repaso, el saldo de vida al Cacho no le cerraba por ningún lado. Solo, sin dinero y funcionando a pura sustancia.
Una noche de diciembre de 2019, una vecina dio aviso a los familiares de que el Cacho estaba muy mal. Para ese entonces, estaba encorvado y consumido. Nada quedaba de ese simulador que supo ser el rey del cuento del tío. Incluso, como una ironía del destino, había perdido el habla, su arma más eficaz.
Permaneció internado durante nueve días, hasta que finalmente le dieron el alta, pero ya no quedaban cuentas por ajustar y al Cacho no le quedaba ni un ardid como para engañar a la parca que ya estaba en camino.
La tarde del 18 de diciembre de 2019, el Cacho estaba sentado en el sillón de la casa de su hija mayor cuando su vida fundió a negro.