Mario Safita, el autor de la masacre de Senillosa, obtuvo la libertad condicional el 10 de agosto tras permanecer casi 19 años en prisión. Se mudó a provincia de Buenos Aires, donde vivirá con su padre de 85 años, abrirá una despensa, continuará el tratamiento psicológico y todas las semanas comparecerá en el patronato del liberado. Al parecer, realizó un buen proceso de resocialización y terapéutico mientras estuvo tras las rejas.
A las prohibiciones de ley que le impuso la jueza de ejecución Raquel Gass -no cometer delitos, no alcoholizarse ni drogarse- a Safita le sumaron no poder acercarse ni contactar a su hijo Noel, el pequeño que sobrevivió a la masacre y que hoy tiene 21 años.
Recapitular la historia de Safita no solo permite acercarnos a esa cruenta noche de noviembre de 2003, sino también recorrer su psiquis y las cicatrices de aquel horror.
El 22 de noviembre de 2003 quedó grabado en la memoria de los habitantes de Senillosa por el terrible desenlace que tuvo lugar en el dúplex del barrio Fonavi.
En dicha vivienda residía Ruth Azucena Pereyra Scheriff, de 33 años, con sus dos hijos, Nicolás de 9 y Noel de 2.
Ruth hacía dos meses que había puesto punto final a la relación con Mario Safita, de 38 años, con quien había estado en pareja a lo largo de casi 12 años, durante los cuales sufrió violencia psicológica y física.
Safita se mudó a Neuquén y viajaba todos los sábados a buscar a sus hijos para pasar la tarde con ellos. Hacía noche en un hospedaje de la localidad, para luego compartir parte del domingo y después regresar a Neuquén a una vida que lo agobiaba.
Ese sábado 22 de noviembre, Safita viajó a Senillosa y buscó a sus hijos. Era una tarde horrible, con fuertes ráfagas de viento con tierra. Por ese motivo, resolvió llevarse los chicos a Neuquén, a La Anónima, que en ese entonces era el mejor refugio ante las imperantes condiciones climáticas. Allí pasó una tarde agradable con Nicolás y Noel en los juegos electrónicos, tomaron helado y compartieron una gaseosa. Pasaron por el súper y él aprovechó a realizar algunas compras de alimentos para los chicos, a lo que agregó una pelotita para Noel y un elemento muy particular: un cuchillo tipo carnicero de 32 centímetros de largo con una hoja de 16 que le costó $4,79.
¿Safita estaba ejecutando un plan? Al parecer sí. Los especialistas explicaron que “tenía predisposición”.
El hombre no había aceptado la separación, tenía celos enfermizos y le indignaba la vida social que llevaba Ruth, que además de ser docente participaba en política en Senillosa y era candidata a concejala.
Esa tarde ventosa, en vez de volver en colectivo a Senillosa, Safita optó por tomar una tráfic que solía hacer el trayecto y que no era la primera vez que utilizaba.
Al llegar, fueron derecho al hospedaje donde él acostumbraba a pasar la noche; de hecho, pagó los $20 correspondientes.
Mientras los chicos se quedaron jugando en el lugar, él recorrió las cuatro cuadras que había hasta el dúplex donde supieron vivir con Ruth y los hijos.
Eran las 22:30 y ella todavía no había regresado. Safita no tenía llave porque ella había cambiado hacía poco la cerradura, en clara señal de que la relación estaba concluida.
Volvió al hospedaje y tipo 23:30 fue a dejar a los chicos al dúplex, pero todavía Ruth no llegaba, por lo que esperaron afuera.
Alrededor de las 23:40, la mujer llegó. Abrió la puerta, entraron ella y los chicos. Safita esperó afuera, sosteniendo las bolsas del súper, y ella le dijo que pasara. Él subió a la planta alta a comparar los tickets que habían ganado los chicos en los juegos. En ese instante, sonó el teléfono y Ruth atendió.
Safita se apuró a bajar las escaleras para tratar de saber con quién hablaba Ruth. Creyó escuchar parte de la conversación que mantenía su ex con su hermana, donde le aseguró que no venía de la casa de la madre.
Ruth asintió a los dichos de su hermana “con una media sonrisa” que Safita interpretó como burlona. En su cabeza se dispararon fantasmas y la emoción contenida se desbordó en un ataque letal.
Con una barreta, golpeó a Ruth en la cabeza y luego sacó del estuche el cuchillo que había comprado en el súper y la apuñaló.
Cuando apareció en escena Nicolás para tratar de defender a su mamá, también lo atacó con el cuchillo. Lo único que atinó a decir el chico fue: “¡Papá! ¿Qué hacés? ¡Pará!”.
A esa altura, Safita se levantó y cerró la puerta de la casa con llave y se la llevó al bolsillo. Al ver el cuchillo todo doblado, fue hasta el cajón del mueble de cocina y tomó otro, subió raudamente las escaleras y atacó al pequeño Noel, una criatura totalmente indefensa.
En un acto desesperado y desangrándose, Ruth salió por una ventana suplicando a sus vecinos que la ayudaran al grito de: “Está matando a los chicos”.
Una pareja vecina corrió y golpeó la puerta. Safita estaba del otro lado expectante y en silencio. Cuando cesaron los golpes, se metió en el baño y con el cuchillo intentó suicidarse.
A todo esto, ya se había dado aviso a la Policía. Los efectivos de la Comisaría 11 ingresaron a la casa por la ventana por la que había huido Ruth.
El dúplex era un reguero de sangre. Los policías comprobaron que Nicolás estaba muerto. A Noel lo encontraron en la planta alta sobre una cama desangrándose y agonizando. Rápidamente lo sacaron por la ventana, porque todavía no encontraban la llave para abrir la puerta, y lo trasladaron al hospital de la localidad, adonde ya había ingresado su madre en estado crítico.
A Safita lo encontraron desangrándose en el suelo del baño y con el cuchillo al lado.
Ruth, Noel y Safita fueron trasladados al hospital Bouquet Roldán de la capital neuquina. El pequeño luego fue derivado al hospital regional.
Ruth, en uno de sus últimos actos conscientes, le preguntó por sus hijos a uno de los médicos que trataba de estabilizarla.
A las 3:15 de la madrugada del 23 de noviembre, la mujer murió sin saber la suerte que habían corrido los pequeños.
Luego del vértigo de la primera intervención, la Policía tuvo que acudir a realizar las pericias del caso junto con personal de Criminalística. Pese a lo ocurrido, en la vivienda se podía observar el desorden propio del día a día de una familia. La cartera de Ruth estaba arriba de la mesa con sus cigarrillos, la lapicera y cinco pesos.
Entre las bolsas del supermercado que había llevado Safita encontraron el ticket donde estaba la constancia de la compra del cuchillo, elemento que luego fue clave en la causa.
Debajo de un calefactor se encontraron la barreta, el cuchillo que había comprado y las llaves de la casa. Todos los elementos tenían sendas manchas de sangre. Es decir que arrojó todo debajo del calefactor con la clara intención de ocultarlo.
El otro cuchillo ya había sido encontrado en el baño cuando hallaron a Safita desangrándose.
Un dato llamativo al que durante el proceso nunca se lo pudo resignificar fue el hallazgo en el sifón del inodoro de $580, una cantidad de dinero importante para la economía de una familia tipo. Nunca se supo si era plata que Safita pensaba darle a Ruth o si, por el contrario, él se lo robó de la cartera tras el ataque y después pretendió deshacerse de la evidencia.
El juez Juan José Gago se encargó de instruir la causa y a él le remitieron el informe de autopsia y lesiones.
Ruth sufrió un shock hemorrágico por las heridas de arma blanca en hígado, cuello, rostro, abdomen y dorso. También se observaron lesiones defensivas en las manos.
En el caso de Nicolás, falleció por un neumotórax. También presentaba lesiones defensivas en las palmas de las manos y puñaladas en todas partes del cuerpo.
El médico forense Carlos Losada dejó claro en su informe que “la lesión que presentaban la madre y el niño en el cuello era similar, de arriba hacia abajo”. “No fue un acto irracional, tuvo el fin claro de herir”, detalló el calificado forense.
Noel, por su parte, único sobreviviente. Ingresó en gravísimo estado con 14 puñaladas diseminadas en tórax, abdomen, cuello y el resto del cuerpo. Permaneció internado hasta el 9 de diciembre. De no haber sido por el denodado trabajo de los médicos que le practicaron varias intervenciones y transfusiones, el chico no habría sobrevivido. “Fue un milagro”, explicaron.
Desde que fue encontrado en el baño al borde de la muerte, Safita quedó en vigilancia con extremo cuidado. Su vida también corrió serio peligro y él debió ser intervenido quirúrgicamente porque con el cuchillo se había practicado lesiones vitales.
A ningún profesional de la salud que lo asistió le quedó duda alguna de que intentó quitarse la vida. Es decir, Safita quiso destruir absolutamente todo.
Tras superar el cuadro crítico, tuvo una charla escueta con una doctora del hospital Bouquet Roldán a la que solo se limitó a decirle: “Discutí con mi esposa”.
En una serie de entrevistas con forenses, realizadas en diciembre de 2003, Safita brindó detalles sumamente interesantes de su psiquis.
Contó que cuando Ruth cortó el teléfono, le preguntó si venía de la casa de la madre y ella le respondió que no con una sonrisa que él interpretó como burlona. Ahí fue que la atacó con una barreta primero y luego con un cuchillo. Si bien dice que no sabe de dónde sacó el cuchillo, se comprobó que era el que había adquirido esa tarde en el súper.
Su relato se pierde casi por completo cuando tiene que reconstruir el cruento ataque a los hijos. “Esos son recuerdos dolorosos y repugnantes, por eso los evita”, aclararon los especialistas que lo analizaron.
En esas primeras exploraciones, Safita lloraba a la hora de tener que hablar de los hijos. “Eran lo único que tenía en la vida”, señaló.
En su descripción de los hechos, supo brindar detalles como la sangre en las sandalias blancas de Ruth y el momento en que tomó conciencia de que se había clavado el cuchillo en el pecho y se desvaneció. Relató la sensación de frío que tuvo en la ambulancia camino al hospital, y que recién a la mañana siguiente se enteró de que Ruth y Nicolás estaban muertos y que Noel seguía internado en estado crítico.
De los exámenes de psicodiagnóstico surgió que “tiene una estructura de personalidad rígida, nadie debía salirse de esa estructura, su pareja debía hacer lo que él consideraba; tenía dificultad para hacer amigos o establecer relaciones”.
En ese recorrido, Safita contó que a los 26 años se vino a Neuquén a la casa de una hermana en busca de trabajo. Arrancó haciendo cobranzas. Estuvo saliendo con una joven y después conoció a Ruth, que tenía 21 años en ese entonces.
“Con Ruth teníamos el mismo pensamiento, el mismo todo. Yo soy muy proteccionista y con Ruth era proteccionista”, reveló el hombre.
Además, relató un par de episodios que dan cuenta de sus arrebatos y desbordes. “En Balcarce vivimos un tiempo y, un día, ella se demoró hablando con una amiga y yo la recriminé. En Senillosa le tiré una docena de empanadas porque se le habían quemado”, recordó.
Por esa estructura de personalidad, solía tener cierta tendencia al desborde emocional. Esas reacciones no eran por una alternación mental, según establecieron los peritos.
“Si bien Safita no aparece como un hombre violento en sus relaciones interpersonales, su biografía tiene indicadores de haber protagonizado descargas explosivas, focalizado su objeto en su ex mujer: Ruth”, destacaron en la sentencia.
Los especialistas informaron que “no contaba con recursos suficientes dentro de su estructura de personalidad para elaborar el duelo de la separación; además, su deseo estaba cautivo en la reanudación de la relación”.
En cuanto al día de la tragedia, Safita lo definió así: “Ese día que pasó todo, no sé, se habrán juntado todas las cosas”.
Los profesionales observaron que la angustia que presentaba estaba más asociada a la situación que atravesaba en ese momento, detenido y previendo una larga condena por delante, que por lo que había hecho con su familia.
Evitaba los recuerdos de la masacre para “preservarse ante la amenaza de un eventual derrumbe de su psiquismo. Es un desalojo de lo sucedido como mecanismo defensivo”.
También advirtieron que “tiene un pobre control de sus impulsos, con posibles manifestaciones conductuales de riesgo para sí y para terceros”.
En lo referente a aspectos vinculares, detectaron un “pobre registro del otro, intento fallido de satisfacciones en la interacción, fantasías, celos patológicos, concepción rígida y autoritaria del rol conyugal”.
Tarde, demasiado tarde
Ruth fue víctima no solo de un hombre sino de toda una estructura que ella misma fue socavando y que cuando creyó haber escapado, ya era muy tarde.
Durante años soportó maltrato físico y psíquico, por lo que en la sentencia se afirmó: “Eso es lo que explicaría la falta de registros al respecto”.
Los vecinos declararon que estaban acostumbrados a oír discusiones de la pareja. Las peleas cesaron una vez que se produjo la separación, dos meses antes de la masacre, pero para ellos era bastante común escuchar los estallidos de Safita, durante los fines de semana, ante la negativa de Ruth a retomar la relación. Gritos e insultos esgrimía el hombre desde la calle a Ruth.
Con el paso de los días y carente de todo tipo de recursos para comprender y aceptar la separación, Safita se encontraba cada vez más al límite.
La noche del 3 de noviembre de 2003, tras festejar los 9 años de Nicolás, se quedó a dormir en el dúplex y, a la mañana siguiente, mantuvo una fuerte discusión con Ruth.
La mujer fue derecho a la Comisaría 11, donde dejó constancia que “siempre la había maltratado psicológica y físicamente, empeorando la situación en los últimos meses por cuyo motivo se separaron de común acuerdo”.
Además, aclaró: “Él pretende reanudar la convivencia diciendo que, si no lo acepto de nuevo, me va a hacer la vida imposible o me va a matar”.
En el trámite de la denuncia ante el Juzgado de Familia Nº 2 hubo algo muy claro que solicitó Ruth: “No quiero que me moleste más”. De hecho, la mujer ni siquiera pretendía una disputa por la visita a los hijos, solo que parara con el hostigamiento.
Ese día, 4 de noviembre, Safita fue excluido del hogar y ella optó por cambiar la cerradura de inmediato.
Pero Safita no desechó nunca la idea de retomar la relación, pese a la firmeza de Ruth.
En las entrevistas con los forenses recordó que el 19 de noviembre, fecha en la que hubiesen cumplido 12 años en pareja, pensó en llevarle un regalo, pero no se animó.
No obstante, rondó por el dúplex, “al cual le era vedada la entrada”, detallaron los jueces.
Cerca de la medianoche vio un auto estacionado e intuyó que podía ser un profesor de gimnasia o un amigo de la actividad política. Regresó al hospedaje y como no podía dormirse volvió a realizar una nueva excursión de control al dúplex donde observó que a las 3 de la madrugada recién apagaban las luces.
Safita negó ser golpeador, pero admitió que le había propinado “cachetadas en tres ocasiones”.
En la sentencia se resume: “Safita no enfrentaba con madurez el alejamiento del hogar familiar consecuencia de la ruptura de la unión de hecho, sumado a los celos que lo invadían ante la sola idea de que otro, y no él, pudiese acercarse o influenciar a la que consideraba solo mujer de él”.
Tras los crímenes, la familia de Ruth recordó episodios donde Safita la había “agarrado en la escalera”. Hubo vecinas que contaron que “la insultaba en la vereda” y hasta llegaron a observar moretones en el cuello de Ruth.
También hubo un hombre del hospedaje donde paraba Safita los sábados que declaró que le había contado que la mujer lo había echado porque la golpeaba.
Dos días después de la masacre, el 25 de noviembre, llegó al dúplex de Ruth una notificación de la Justicia de Familia para que ratificara la denuncia por la exclusión de su pareja. El Estado tarde, un clásico.
Perpetua
Los magistrados Cecilia Luzuriaga de Valdecantos, Luis María Fernández y Mario Rodríguez Gómez no encontraron ningún tipo de elemento que justifique una emoción violenta y dejaron claro que Safita era consciente del acto criminal de acuerdo con la descripción de cada uno de los pasos que realizó esa noche: tomar la barreta, luego el cuchillo, trabar la puerta, buscar otro cuchillo, esconder las armas, tirar el dinero y luego intentar quitarse la vida.
“Safita no fue preso de ningún delirio patológico paranoico, no padece ninguna enfermedad mental, ni insuficiencia de sus facultades. Simplemente se dejó llevar por sus impulsos homicidas”, resumieron los jueces.
A la hora del veredicto, resolvieron declararlo culpable de homicidio simple por la muerte de Ruth. En ese entonces, el femicidio no estaba vigente y había una mirada muy particular respecto de las relaciones de hecho. En cuanto a los hijos, por Nicolás se le atribuyó homicidio calificado y por Noel, homicidio calificado en grado de tentativa.
La pena que se le impuso fue de prisión perpetua. La sentencia se dio a conocer el 3 de diciembre de 2004 y finalmente quedó firme el 24 de abril de 2006.
El camino a la condicional
En su vida como presidiario, Mario Safita nunca formó parte del submundo carcelario. Se mantuvo distante, siempre con buena conducta y realizando distintas capacitaciones.
Supo entablar una relación, durante 10 años, con una mujer que lo iba a visitar al penal.
En enero de 2015 resolvieron mandarlo a la U12 del barrio San Lorenzo, donde continuó completando cursos educativos y talleres de formación profesional, por lo que tuvo una reducción de pena de 20 meses.
En enero de 2020 gestionó salidas educativas que le fueron rechazadas solo porque la U12 tenía un único móvil y no podía estar a disposición del interno.
Luego devino la pandemia y recién el 24 de marzo pasado cumplió con el requisito temporal que establece la ley para aspirar a la libertad condicional.
Tras los exámenes de rutina, el 10 de agosto hubo una audiencia donde ni la fiscalía ni la jueza de ejecución se opusieron a que Safita volviera al medio libre.
De acuerdo con los relatos de la audiencia, el servicio penitenciario había calificado a Safita con 10 en concepto y conducta; es decir, era un preso modelo que no presentó desajustes a la normativa.
Trascendió que estaba en tratamiento psicológico desde 2019, en el cual abordó cuestiones relativas al delito y su proyecto de vida en el medio libre. También la problemática de la violencia de género y la gestión de las emociones.
“Ha desarrollado un juicio crítico, dimensiona la gravedad del daño y asumió las consecuencias con una expresión genuina de arrepentimiento”, destacaron los especialistas en la última audiencia.
De hecho, los tres profesionales que fueron convocados a la audiencia coincidieron en que Safita presenta un riesgo criminológico de reincidencia bajo. Por este motivo es que se lo liberó esa misma mañana y, un par de horas después, estaba a bordo de un colectivo con destino a Balcarce, su ciudad natal, donde acompañará a su padre de 85 años en el último tramo de su vida.