Ponen el pecho a la crisis para seguir en la escuela

Alumnos de la Asociación Lihue aprenden oficios y venden sus producciones para costear actividades.
ponen el pecho a la crisis para seguir en la escuela

Por Julieta Contreras - regionales@lmneuquen.com.ar

Risas, dibujos por doquier y mucho afecto es lo primero que encuentra todo el que cruza las puertas de la Asociación Lihue, un taller protegido para jóvenes y adultos con discapacidad, ubicado en El Ceibo 433 de esta ciudad. Celebraron con una cena el fin de año.

Las dificultades económicas para la subsistencia como institución no son ajenas a la escuela, que la afronta con gran colaboración de los propios alumnos.

A la fiesta de fin de año, que fue presenciada por este diario, asistieron estudiantes junto a sus familias para festejar el cierre del trigésimo cuarto ciclo lectivo de la entidad educativa.

El gasto que debe afrontar la organización es uno de los mayores problemas, junto con el espacio disponible. La escuela tiene 28 alumnos, dentro del rango de entre 21 y 56 años, que se turnan para realizar las distintas actividades, por la falta de espacio y por contar con personal docente reducido. “Tenemos mucha demanda. Pero no podemos recibir a todos porque no daríamos abasto”, confió Amalia Sánchez, la fundadora de la institución, a LM Neuquén.

La escuela recibe cheques mensuales del Ministerio de Desarrollo Social de la provincia, pero estos apenas cubren los costos de las expensas.

La empresa de servicios JAS, que se ocupa de brindar personal para distintas tareas y funciones, apadrina a la organización y es un colaborador mayoritario, que permite que sigan funcionando tras 30 años. “Sin ellos no podríamos haber terminado con la ampliación”, aseguró la fundadora.

Entre todos hacen un gran esfuerzo por cubrir lo que falta con las ventas de lo que producen. Comercializan burletes para entradas y alfombras que los chicos realizan con hilo totora, bandejas de desayuno pintadas a mano y panificados que salen de su propia cocina: panes, prepizzas y tortas fritas. Además, realizan bingos anuales, abiertos a todo el público, en los que se sortean manualidades de creación propia y regalos donados por comercios y entidades.

“Hemos puesto mucha plata entre todos para lograr lo que hoy tenemos. Pero costó y cuesta muchísimo aun hoy”, aseguró Amalia.

En este momento, uno de los proyectos que tienen en marcha en la institución es la construcción de un segundo piso. Tienen como sueño alojar a aquellos que pierden a su familia, lo cual requeriría insumos, un inmueble, espacio y personal con el que no cuentan.

“Cuando quedan solos los suelen llevar a hogares de ancianos. A nosotros nos gustaría poder hacernos cargo de ellos”, expresó la fundadora.

La dedicación, el esfuerzo y el cariño que cada familia pone en el cuidado de los estudiantes de Lihue se manifiesta en cada saludo, cada acción, cada reunión.

Las necesidades son muchas pero esperan que lo mismo que los trajo hasta acá sea suficiente para seguir de pie.

Para ayudar

En este momento y en víspera de las fiestas, los chicos están horneando pan dulces, a 250 pesos cada uno. Todo persona interesada en colaborar puede llamar al 0299 433-1352 y preguntar por Ana. Las artesanías están en exposición en el taller y por un valor que comienzan en los 300 pesos. Cualquier otra ayuda es más que bienvenida.

Desde hace 34 años contiene a alumnos y a sus familiares

Allá por 1985 nacía Lihue desde la necesidad de Roberto -o Robbie, como le dicen todos-, hijo de Amalia Sánchez, fundadora del taller. Robbie sufre de un retraso mental que, en aquella época, no muchos trataban o conocían, y al salir de la primaria su futuro no deparaba más que el encierro y la exclusión.

Como escuela domiciliaria, comenzaron dictando clases dos veces por semana a chicos con casos similares, que les permitía actuar desde su rol de padres y desde la experiencia también, ya que no contaban con profesional docente ni médico. Fue así como se transformó en una asociación de padres y, poco a poco, fue creciendo.

El primer oficio que enseñaron fue tapicería de sillas y banquetas. Luego sumaron pintura en tela. Amalia nos aclara que todos los jóvenes que ingresan ya tuvieron educación especial y es que, para muchos, egresar implica un futuro incierto. “Lo que nosotros queremos es que los chicos se sientan útiles”, sostuvo.

El espacio que actualmente ocupan fue brindado por el Gobierno en 1987. Era una casa pequeña y con mucho esfuerzo se fueron modificando los espacios para albergar a más gente y ofrecer los distintos talleres con los que cuentan hoy: lecto-escritura, computación, música, folclore, educación física y panadería.

Los docentes son asignados por distintas entidades gubernamentales y privadas, y los auxiliares de cocina y limpieza son costeados por la asociación. El espacio para realizar actividad física es facilitado por el Club Alta Barda, con el que linda el edificio.

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