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Salvaron una biblioteca vendiendo empanadas

Estuvo ocho años cerrada y una familia la recuperó.

Ana Laura Calducci

calduccia@lmneuquen.com.ar

Neuquén.- Un día la luz se apagó y la biblioteca Jorge Águila quedó a oscuras, llenándose de polvo y olor a humedad. Los libros, desparramados por el suelo, fueron desapareciendo, carcomidos por los hongos. El edificio permaneció en el olvido por 8 años hasta que Isabel, una vendedora de empanadas, volvió a abrir las puertas.

La biblioteca, ubicada en San Lorenzo Sur, se fundó en 1986. Un año más tarde, el gobierno provincial le cedió un inmueble en Godoy y Zeballos, donde la institución funcionó hasta 2009. O 2010. No se sabe bien la fecha porque nunca se informó el motivo del cierre. Simplemente un día no quedó nadie.

Con el tiempo cortaron la luz y el gas por falta de pago. Como la cañería de agua estaba pinchada, se cerró la llave. Y la pintura de la entrada empezó a descascararse.

Tiempo después, Sonia, empleada municipal del barrio, pidió por cuestiones de salud que le asignaran un lugar cerca de su casa. Le tocó la biblioteca abandonada. Iba todas las mañanas a abrir, cumplía horario y se iba. No tenía plata ni ayuda para recuperar una institución que había perdido todo, hasta la personería jurídica. Pero los libros seguían ahí, con sus miles de historias, esperando que alguien los abra de nuevo. Y la mano salvadora, como suele suceder, llegó del lugar menos esperado.

Isabel Casafús vendía empanadas en el barrio para sobrevivir, porque se estaba instalando en Neuquén con sus cuatro hijos. Como pasaban frente a la biblioteca, Elías, el mayor, fue a donar unos libros. Ahí se enteró por Sonia que nadie se ocupaba del lugar. Sin dudarlo, en familia decidieron repartir las ganancias de las empanadas para recuperar la biblioteca. “La primera vez que entré, era un desorden; no se podía pasar porque estaba lleno de cajas”, recordó Isabel.

Eso fue en abril del año pasado. Ayudados por Sonia, empezaron a limpiar de a poco. Terminaron poco antes de Navidad. La reinauguración se hizo el 16 de diciembre con un pinito reciclado, hecho con lo que encontraron en el edificio.

En enero, Sandra, la peluquera del barrio, les propuso dar clases ahí, como prueba. Y hubo tantos interesados que convocaron a nuevos profesores. Hoy dictan 11 talleres, desde apoyo escolar hasta crochet.

Por estos días, hay una comisión en formación e Isabel completa el papeleo para que los reconozcan oficialmente. Todavía no tienen gas y pesan sobre ellos varias deudas, pero nada los desanima. Ella es el motor del equipo. Sostiene a su familia y paga las cuentas de la biblioteca con sus empanadas.

Si le preguntan por qué se puso al hombro este desafío, explica que es su forma de vida. Confió que siempre quiso “enseñarle a la gente a mirar para adentro, a recuperar esos valores que uno pierde por correr atrás del sistema; y, como se darán cuenta, no hizo falta mucha plata para abrirla, sólo un poco de voluntad”.

Apoyo: 50 socios tiene desde que la abrieron, aunque no todos son los que pagan.

Números en rojo que complican

La biblioteca tiene los números en rojo. Hay una vieja deuda de miles de pesos con Nación y necesitan otra suma importante para reconectar el gas. Además, faltan fondos para cercar el predio y restituir la fachada.

Apenas abrieron las puertas, tres socios fundadores los ayudaron con el trámite. También recibieron ayuda del Municipio y de Desarrollo Social. De a poco sale, pero no será nada fácil.

Hasta los confundieron con un grupo religioso

Los vecinos de San Lorenzo Sur se fueron enterando de a poco de que la biblioteca había abierto de nuevo. En los primeros meses, mientras Isabel y Sonia limpiaban y ordenaban, corrieron todo tipo de rumores. Como tuvieron que quemar los libros arruinados, se llegó a afirmar que el edificio estaba ocupado por alguna secta.

Isabel contó que, aunque pudieron rescatar cientos de ejemplares, hubo una cantidad importante que era irrecuperable porque estaban mojados y llenos de hongos. Comentó que, como no tenían plata para contratar un contenedor y pesaban demasiado, pidieron un tambor prestado y los quemaron de a poco.

“Estuvimos dos o tres meses quemando libros en el patio con Sonia, porque no podíamos tirarlos y algunas personas, que después terminaron haciéndose socios, nos contaron que pensaban que éramos de un culto religioso”, recordó la pujante mujer con una sonrisa.

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