El Trépano tuvo el don de cautivar a varias generaciones porque su locura linda y simpática no discriminaba edades ni sabía de maldades y odios. En su mundo loco no había más espacio que para la compañía, las ocurrencias graciosas y la aventura de descubrir amigos espontáneos para subirlos a su ilusión super sport.
Lo vieron mil veces con un medio melón en la cabeza, mientras los semáforos de la Avenida Argentina le tiraban luces celestes y las naranjas del frutero de la esquina le regalaban azahares.
Hace cinco años se fue con un corso de astronautas y niños bailando alrededor, corriendo detrás de una luna redonda y gigante escondida entre las bardas. Igual a la del tango.
Y los neuquinos que lo conocieron y lo disfrutaron, hoy lo siguen recordando y queriendo. Así lindo, así piantao.