{# #} {# #}
Para una pareja de Centenario, las vermicomposteras son un mueble más dentro de la casa y el compostaje con lombrices forma parte de sus hábitos diarios. En plena cuarentena por el coronavirus, impulsaron su proyecto de fabricación y venta de estos recipientes “de bolsillo" que cada vez atraen a más clientes para reciclar sus residuos orgánicos.
Ivana Sar y Pedro Arévalo tienen una afición particular con el cóndor patagónico y eligieron rendirle homenaje con su emprendimiento, al que llamaron “Vultur G”, por el nombre científico de esta ave que es Vultur Gryphus.
Los dispositivos consisten en una especie de “cajonera” vertical con niveles apilables y conectados entre sí con mallas plásticas y que, conforme avanza el proceso, se van intercambiando de lugar. El objetivo es que las lombrices californianas coman, digieran y expulsen los residuos orgánicos que, con el paso del tiempo, se transforma en humus, es decir, tierra con gran cantidad de nutrientes.
El emprendimiento ofrece dos modelos de vermicomposteras. La más pequeña mide sólo 25 centímetros de ancho, tiene una altura de 60 centímetros y una capacidad de 18 litros. Aunque la “gran vultur” es más baja, tiene 40 litros de capacidad, más del doble que la anterior. Mide 50 centímetros de alto y tiene un ancho de 45 centímetros.
El compost y el lombricompuesto o vermicompuesto son dos prácticas distintas. Mientras que el primero consiste en la reutilización de "residuos" orgánicos para generar abono, el segundo incluye la tarea fundamental de las lombrices, por lo que requiere más cuidados.
“Una compostera tradicional vos la podés tener a la intemperie, afuera, al sol, puede recibir agua de lluvia porque no le afecta a los microorganismos que descomponen la materia. En cambio, la vermicompostera es un sistema cerrado con tapa, cuidando principalmente a las lombrices, para que ni ellas quieran escaparse ni que el exterior las afecte: la luz del sol, los pájaros, otros bichos, el agua”, detalló Ivana a LM Neuquén.
Un aspecto fundamental de las vermicomposteras es la altura. Es común que muchas personas produzcan el compost en un gran cajón o recipiente donde depositan kilos y kilos de “desechos” orgánicos, y al que muchas veces le suman lombrices. Sin embargo, la pareja advierte que las lombrices no harán su trabajo si se encuentran a una profundidad mayor a los 40 o 50 centímetros.
“La condición que se tiene que cumplir es la profundidad a la que trabaja la lombriz. La lombriz roja tiene unos hábitos de vida que no trabaja a mayores profundidades. En esa profundidad se alimenta, se reproduce, vive. Y en una compostera tradicional, que puede llegar a tener 80 centímetros, la lombriz no va a bajar a comerse los desechos que echamos primero porque no les va a llegar oxígeno a medida que se va llenando la compostera”, explicó la mujer, quien también trabaja como licenciada en gestión ambiental.
Además -precisó- “en una tradicional es muy difícil que puedas juntar el hummus de lombriz porque se va a ir mezclando y se va a ir lavando con el agua”.
Aunque mucha gente prefiere conservar la compostera en el exterior, son cada vez más las personas que aún sin tener mucho espacio en la casa optan por tenerla en el interior o en los balcones.
Según contó Pedro, la “mini vultur” nació justamente por la demanda de las personas que viven solas o que no producen demasiada cantidad de desechos orgánicos.
“Cuando ven la mini vultur se dan cuenta que la pueden tener en cualquier lugar, hay gente que la tiene en pasillos y si tenés lugar también puede ir hasta arriba de la mesada. Es una cosa muy chiquitita. Entonces esa es la practicidad que tiene y estás haciendo un bien a la naturaleza y al ambiente, de no tirar toda la basura a la calle”, señaló, aunque también aclaró que “la gran vultur entra en cualquier espacio de la casa”.
“Hay gente que le tiene ese rechazo a tener una vermicompostera dentro de la casa, entonces creamos la mini vultur porque había personas solas o que no pasaban mucho tiempo en su casa y les parecía muy grande para reciclar. Para una persona sola o una familia que no quiere reciclar todo, va de diez”, afirmó.
En apenas siete meses, el emprendimiento supo imponerse no solo con ventas en la región del Alto Valle sino en el interior neuquino y hasta fuera del país. Las vermicomposteras llegaron a Piedra del Águila, San Martín de los Andes, Villa la Angostura, Cipolletti, Plottier, Fernández Oro, El Bolsón y hasta Mar del Plata.
El negocio surgió en plena cuarentena cuando él se quedó sin trabajo en una empresa de servicios petroleros. La idea surgió en mayo y el lanzamiento se formalizó en agosto. “Sinceramente no sé si habíamos dimensionado el hecho de que haya tanta gente y que lo tomen con tanta alegría, porque es eso lo que nos transmite. Pensamos que iba a costar llegar a la gente”, reconoció Pedro.
Aunque es mucha la gente interesada, la pareja reconoció que también hay mucho desconocimiento sobre la temática, por lo que su actividad no sólo consiste en la venta de las vermicomposteras sino en la explicación del proceso y, muchas veces, hasta en un seguimiento. "La gente lo ha recibido de una manera hermosa, los clientes que ya nos compraron nos escriben a diario, nos mandan fotos, la gente se pone re contenta", contó el joven.
“Al principio, cuando la gente se contacta, no conoce bien el proceso del vermicomspotaje. Nos contacta creyendo que compra una compostera común, tradicional, y cuando les mandamos el manual ahí se dan cuenta que es algo un poco distinto. Cuando explicamos cómo es el proceso quedan sorprendidos y con un desafío por delante porque tienen que adoptar algo nuevo a su actividad normal del día a día en su casa”, destacó Pedro.
1. Los desechos orgánicos se colocan en el cajón de arriba.
2. Las lombrices empiezan a comerlos y la degradación de esos restos se filtra y cae hacia abajo.
3. Cuando el primer cajón se llena por completo se coloca un nivel más abajo y se le agrega otro cajón encima. Ahí se irán echando más residuos para que las lombrices, en busca de comida, se trasladen al nuevo cajón a través de la malla u orificios.
4. Después de algunos meses, los residuos del primer cajón se habrán transformado en vermicompost.