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"Soy medio calentón, pero a los cinco minutos se me pasa"

Edgardo Antoñana. El "gruñón" de TN. El conductor neuquino, que se formó periodísticamente en Buenos Aires y Europa, habla en un mano a mano de su amor por los perros y de su oficio.

Paula Bistagnino

Especial

“Venite a comer un cordero. Te esperamos por acá, dale...”, le suelen insistir a Edgardo Antoñana sus amigos del sur; los que conocen desde su infancia al conductor del noticiero que, los fines de semana y en dupla con Dominique Metzger, hace arder el rating televisivo. También su hermana mayor, María Celia, maestra de la ciudad, siempre está feliz de verlo. Y él, el homenajeado que no va a revelar su edad, suele posponer el encuentro para más adelante. Es que, dice, hay recuerdos algo tristes que afrontar. Pero cuando pase el invierno, que tan mal le sienta, allá irá. “Soy un patagónico medio trucho, el frío me cuesta mucho”, admite con cierta seriedad que deja entrever ese estilo tragicómico que es parte de su impronta. Ir a pasar unos cuantos días a Plaza Huincul, la ciudad en la que hizo la primaria y la secundaria, es un pendiente añorado. También hacer una escala en la capital neuquina: le quedaron muchos amigos de la época en que estudiaba en la Universidad Nacional del Comahue una carrera más orientada a lo comercial. El periodismo vino después a su vida: se recibió de locutor y estudió Historia ya viviendo en Buenos Aires. Lo cuenta desde su departamento en el barrio de Recoleta, donde vive con su pareja y uno de sus perros rescatados, que ahora duerme en uno de los sillones del living. Tiene, además, un refugio en la costa con otros veintitantos perros y otros cinco en su casa de Cariló, en la costa. Casi todas las semanas se mueve hacia el mar.

Conviven en mí dos personalidades que dependen de mi estado de ánimo. Suelo decir cosas muy cómicas pero con mucha seriedad”.

¿Te cuesta Buenos Aires? ¿Volverías a vivir a Neuquén?

No creo. Sí en algún momento de la vida quisiera vivir en una ciudad más mansa. O vivir mitad y mitad, entre capital y alguna ciudad de la costa, Mar del Plata. Tandil también. Buenos Aires, en algún sentido, es enloquecedora. Tiene muchos privilegios, pero al mismo tiempo acá resuenan todas las crisis con mayor intensidad. Todo pega más terrible. Pero es difícil irse. Acá me formé y hoy hago muchas cosas en la semana, aunque mucha gente crea que no. No sólo estoy hace casi veinte años en TN, además soy corresponsal de Radio Mitre para Córdoba y Rosario y hago algunas notas para medios del interior.

Sé que pasaste un largo tiempo en Europa.

Sí. Gané una beca para trabajar en Europa, estudié dos meses en Roma y otros diez en Florencia. A mí me interesaba poder hacer algunas cosas que mis padres no habían podido hacer, como conocer Europa. Por otro lado, siempre tuve una marcada vocación periodística y me parecía que la BBC era y sigue siendo, la meca mundial. La primera etapa fue muy interesante porque estaba becado, el tema es cuando después me quedé sin plata y tuve que empezar a hacer otras cosas que no estaban vinculadas al periodismo. En Suiza, por ejemplo, con unos amigos levantábamos manzanas y en Alemania trabajé de petisero. Pero a través del mundo de los caballos pude entrar a Inglaterra. Así pude acercarme a la BBC y entrar al servicio latinoamericano que en aquel momento transmitía en 54 idiomas.

Un gran logro…

Sí. Toqué el cielo con las manos cuando firmé mi primer contrato. Empecé leyendo, después haciendo entrevistas a personajes del mundo latinoamericano. En el medio los ingleses invadieron las Malvinas y yo transmitía desde allá. Era una situación bastante singular y angustiante. Me quedé cinco o seis años. Me costaba mucho adaptarme al clima de Londres, que es muy fuerte. A la Argentina volví unos años después de la vuelta a la democracia. Entré a Canal 9, pasé quince años en ATC, como periodista de calle primero y después como conductor. Después fui productor de Susana Giménez durante dos años.

Contaste que no fue una experiencia tan grata, ¿por qué?

No me sentía parte del mundo del espectáculo. No voy a juzgar el estrellato de Susana Giménez, pero vos preparabas una entrevista de cincuenta preguntas para que haga una. La verdad me desgastaba un poco.

El noticiero que conducís es casi un suceso en rating, ¿con qué lo relacionás?

Supongo que tiene que ver con que nosotros tratamos ser cálidos y humanos. Intento, además, darles importancia a las provincias porque siento que el país es mucho más grande que Buenos Aires. Lucho firmemente contra eso: hay 24 provincias y Buenos Aires se moriría de hambre o andaría caminando: el petróleo llega del sur y las vacas del interior. Por ejemplo, los fines de semana, que tenemos muchos choques, salvo que haya muertos, siempre les digo a los muchachos ‘el móvil no más de tres minutos’ porque a un tipo de Ushuaia no le interesa demasiado un accidente en una esquina de esta ciudad. Otro de los secretos es la dinámica de la información y haber logrado un noticiero equilibrado.

¿Y la química que tenés con tu compañera?

Seguro. Dominique es una chica muy simpática y le gusta pincharme. Conoce mis debilidades y yo a ella; sin mirarnos y casi sin hacernos señas, nos marcamos los tiempos. Y la gente se hace la película. Cada cual la suya. Permanentemente me paran en la calle para preguntarme si yo le tengo bronca o si era amante.

-Tu mujer dice que tenés un humor muy cambiante, ¿está en lo cierto?

Sí. Conviven en mí dos personalidades que dependen de mi estado de ánimo. Suelo decir cosas muy cómicas pero con mucha seriedad. Distendido, con mis amigos, soy un tipo absolutamente divertido. Hay una frase de Oscar Martínez que me gusta mucho porque me identifica: ‘Vivo peleando contra mi melancolía’. No puedo ser un tipo indiferente ante la noticia y lo que sucede en el mundo.

Por último, ¿asumís tu fama de gruñón?

Es que soy medio calentón, pero se me pasa y me olvido de todo a los cinco minutos. Tuve maestros en la televisión que me enseñaron que las excusas no se televisan, nosotros no podemos andar explicándole a la gente los errores. La televisión tiene que jugar a error cero aunque sea imposible o improbable y por eso, soy un tipo bastante exigente sobre el modo en el que se hacen las cosas. Y a veces me enojo con una productora, pero enseguida voy le doy un beso y le compro un par de alfajores. Tampoco tengo problemas en reaccionar en el medio de una nota. Si es necesario levantar la voz o plantear alguna divergencia, lo hago. De hecho creo que la gente me escucha decir a mí cosas que quiere decir: y el público lo ve y se identifica con eso.

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