Wesley trabaja como profesor en Tailandia. Para pasar unos días de relax, decidió viajar a la paradisíaca isla de Koh Chang y hospedarse en el resort Sea View, pero la estadía en el hotel no fue tan amena como se lo esperaba. Al parecer el docente quiso consumir su propia botella de ginebra en el restaurante, ante lo que el hotel le quiso cargar 15 dólares extra. Indignado y negándose a pagar la tarifa, la discusión subió de tono, y no acabó hasta que el mánager del local consintió en que se bebiera su bebida sin cargo alguno.
Luego de ese hecho, que ocurrió a principios de año, el turista, indignado, buscó desahogo en el ciberespacio, donde escribió agrias críticas y concedió valoraciones mínimas al hotel. Con el fin de acabar con lo que consideran una campaña deliberada para dañar su reputación y evitar más pérdidas, ya de por sí cuantiosas dado el contexto de pandemia, las autoridades del hotel lo denunciaron echando mano de las duras leyes antidifamación vigentes en Tailandia. Ahora, tras pasar un fin de semana entre rejas y salir bajo fianza, el hombre se enfrenta a un proceso que le puede acarrear una pena de hasta dos años en la cárcel y una multa de más de 5.300 euros.
De acuerdo a los dichos de Barnes, después del incidente vio como el mismo gerente del hotel trataba de malas formas a un empleado, por lo que concluyó que en el hotel “había una mentalidad de amo-esclavo”. Eso, dice, lo llevó a tomar justicia por mano propia, dando calificaciones más bajas y escribiendo reseñas muy críticas en varias páginas como TripAdvisor o Google. Entre sus comentarios dijo que el personal es “poco amistoso” y acusó al complejo de mantener un sistema de “esclavitud moderna”. “¡Evitad este lugar como si fuera el coronavirus!”, se despachó en otro de sus comentarios.
Los gerentes del hotel dicen que los comentarios del turista son “inventados, recurrentes y maliciosos”. Incluso informaron que desde la publicación de estos comentarios les han cancelado varias reservas y les han preguntado sobre el trato que tienen con sus empleados. Ante esta situación, trataron de contactar a Barnes en repetidas ocasiones para de resolver todo de manera amistosa. Hartos de que los ignorara, eligieron presentar una demanda “que sirva de disuasión, ya que entendemos que podría seguir escribiendo críticas negativas semana tras semana”.
Lo cierto es que a raíz de este conflicto, tanto el estadounidense como Tailandia quedaron mal parados. El turista pasó por la cárcel, afronta un proceso judicial y además perdió su trabajo, mientras que el país asiático, que busca relanzar su vital industria turística tras la paralización forzada por la pandemia, tuvo una merma de turistas. Desde hace años, grupos defensores de los derechos humanos han criticado la dureza de las leyes antidifamación, que a veces son usadas por los intereses comerciales para silenciar a sus críticos. “Este caso me hace replantearme mi viaje a Tailandia”, se leía en varios comentarios de Twitter.