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En 1959 Argentina y otros once países -Gran Bretaña incluida- firmaron el Tratado Antártico para promover la investigación científica con fines pacíficos en el sexto continente. Muy pronto un intendente cordobés, haciéndose eco de tan nobles objetivos, se propuso inaugurar la Avenida Antártida Argentina. La traza comenzaría a los pies de la estatua de un oso polar. A horas de “inaugurar el oso” alguien se preguntó si esos animales vivían allí. Finalmente se supo que no y el desconcierto lo obligó a vagar sin rumbo ni peana por parques, plazas y paseos...
La anécdota sucedió y pinta lo que nos pasa con el Atlántico Sur en general, y con Malvinas en particular: una causa por la que sentimos mucho pero no sabemos tanto.
Los isleños se reconocen ingleses, ya lo dijeron en el censo de 2012. Mientras, buscan ser un Estado-nación que pueda declarar su independencia. Luego, podrían formar parte de la Commonwealth para seguir siendo lo que ya son, pero con bandera propia, la misma que usan hoy. Ese fue el camino recorrido por muchas colonias británicas para alcanzar su independencia.
Aquellas dejaron de ser las remotas tierras de hambre, frío, trabajo y soledad que conocieron los balleneros del siglo XIX y nuestros soldados en 1982. La Falkland Islands Holdings gobierna el próspero destino del archipiélago vendiendo permisos para la explotación del petróleo y la pesca; o servicios portuarios a todo barco que pase por la zona circunnavegando el Cono sur o yendo a la Antártida. Cabe preguntarse ¿Por qué nuestros puertos patagónicos no captan ese intenso tránsito marítimo?
Por su parte, Argentina reclama desde 1976 el cumplimiento de la Resolución 31/49 de la ONU que insta a las dos partes en disputa a evitar actos unilaterales mientras no se resuelva el dilema soberano. El resultado es conocido: hace 180 años que los ingleses hacen lo que quieren argumentando falazmente la libre determinación de los pueblos. En las islas desiertas (parte de las Georgias o las Sandwich del Sur) apoyan su pretendida soberanía inventando áreas de protección marina “que están obligados a custodiar” desde la enorme base militar de Mount Pleasant, tal como lo hicieron antes en la Isla Diego García, en el Océano Índico. “Preparados para defender el Krill a cañonazos si hiciera falta” llegaron incluso a bautizar con el nombre de "Tierra de la reina Isabel" a un sector antártico que autoproclaman como propio y cuya soberanía también reclama Argentina.
¿Cuáles son los objetivos británicos? El control del Atlántico sur y la autonomía económica de las Islas en lo inmediato; para poder hacer pie definitivamente en la Antártida en el largo plazo. ¿Cuáles son los objetivos argentinos? Conocerlos es la invitación que hago a modo de activa conmemoración.
El pasado reciente ha sido tan difícil de procesar que hoy resulta casi imposible hablar de Malvinas sin pasar por la guerra o la dictadura… y muchas veces allí es donde se nos enreda la historia. Los isleños lo saben y se aprovechan de eso. Quizá hoy, a 40 años de la gesta, podamos reencontrarnos en un homenaje a quienes combatieron más vestido de futuro, desde la magnitud de lo que está en juego. La tarea que heredan las próximas generaciones no es fácil después de la guerra por aquellas islas que todo el mundo conoce pero casi nadie ha visitado.
Mario Flores Monje es licenciado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales e hijo de Mario Flores, tripulante del Crucero General Belgrano que fue bombardeado por los ingleses durante la Guerra de Malvinas. Actualmente integra la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas de Neuquén.