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Tres asesinatos, violaciones, dos inocentes condenados a muerte y un payaso pedófilo

Se trata de la historia de Brian Dugan, unos de los femicidas y violadores más temidos de la historia de los Estados Unidos. El parto y el trauma en su adolescencia que los marcaron para siempre a él y a sus víctimas.

Una tarde de 1972, un adolescente de 15 años llamado Brian Dugan se dirigía a un almacén de Lisle, el pequeño pueblo de Illinois (Estados Unidos) donde vivía, cuando alguien lo llamó desde el interior de un auto. El joven se dio vuelta y vio un coche oscuro parado a unos metros del local, donde iba a comprar los panes de pancho que su mamá le había pedido para la cena. Se acercó y, al volante, vio a un hombre regordete de unos 30 años, quien le preguntó si quería ganar algo de plata a cambio de un pequeño trabajo. A Brian le sedujo esa propuesta. En tan solo un rato, podía conseguir algo de dinero para comprar alcohol y drogas sin tener que salir a robar ni correr el riesgo de volver a ser atrapado por la Policía. No lo pensó demasiado y se subió al auto.

El hombre manejó unos kilómetros hasta llegar a las afueras del pueblo, donde se detuvo frente a unas vías de tren. En ese momento su actitud cambió de amable a amenazante. Le ordenó que bajara del coche y Brian lo hizo. Afuera, le dio al chico la bombacha de una bikini y le ordenó que se desvistiera para ponérsela. Dugan obedeció. Lo hizo también cuando aquel adulto le pidió que le practicara sexo oral. Tampoco se defendió cuando el abusador le bajó la malla y tomó su pene primero con las manos y luego con la boca.

Cuando terminó, el violador le pidió que se vistiera y lo invitó nuevamente a subirse al coche. Brian lo hizo, y el hombre lo llevó de vuelta al comercio donde lo había recogido. Le pagó 20 dólares y se fue. El joven se guardó la plata en el bolsillo y entró al lugar a comprar lo que le había pedido su madre. No volvió a cruzarse con aquel pedófilo nunca más. No en persona, al menos.

Seis años más tarde, Brian Dugan estaba viendo la televisión cuando reconoció su rostro. El noticiero mostró la foto de un hombre regordete, de unos treinta y pico de años, acusado de violar, asesinar y enterrar en el sótano de su propia casa a decenas de adolescentes. Era el mismo hombre que había abusado sexualmente de él cuando era menor de edad. Se llamaba John Wayne Gacy. Estupefacto, Brian supo en ese momento que había sido violado por (y sobrevivido a) uno de los peores asesinos seriales de la historia. Lo que aún no sabía era que, en poco tiempo, seguiría sus pasos.

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John Wayne Gacy.

-> Antes

La violencia y el trauma formaron parte de Brian Dugan desde su nacimiento. El 23 de septiembre de 1956, su madre Jenny estaba lista para darlo a luz, pero no debidamente asistida. La cabeza del bebé comenzaba a emerger, y como el obstetra todavía no había llegado, la enfermera que la acompañaba la empujó de nuevo adentro y ató las piernas de la parturienta. Finalmente, el médico llegó y Brian pudo por fin nacer. Por supuesto, no lo hizo de la mejor manera.

Ya desde sus primeros días, y durante muchos años, el pequeño sufrió de severas migrañas. Tanto dolor sentía que, desesperado y desorientado, el niño se golpeaba la cabeza contra su cuna. Estos ataques (que eran seguidos de vómitos), al igual que el hecho de que contantemente se hacía pis en la cama, hicieron pensar a los padres que, probablemente, su segundo hijo había sufrido daños cerebrales por la situación a la que había sido sometido durante el parto. Sin embargo, ninguno de los dos supo cómo tratarlo. Ambos eran alcohólicos y poco pacientes, sobre todo su madre, quien, en vez de contenerlo o buscar ayuda, solía enfurecerse con su nene y lo disciplinaba de forma estricta. Tan fue así que, cuando se orinaba encima, lo hacía dormir en las sábanas mojadas y sucias.

Con el correr de los años, Brian empezó a mostrar actitudes extrañas y perturbadoras. Además de su personalidad solitaria y poco empática con sus hermanos y demás niños, Dugan tenía una fijación por el fuego. No está claro si lo hizo intencionalmente o no, pero a sus tan solo 8 años de edad incendió el garage de su casa natal en Nashua, New Hampshire. Al poco tiempo, y esta vez con su hermano menor Steven como testigo, Brian le echó nafta al gato de la familia y lo prendió fuego vivo con un fósforo. Preocupados por su comportamiento, Jenny y su marido James pensaron que quizás un cambio de aire le haría bien tanto al atormentado niño con al resto de sus hijos. Así, los Dugan se mudaron al mencionado poblado de Lisle, en 1967.

Al poco tiempo de su llegada al nuevo hogar, Brian dejó la escuela y comenzó a tener problemas con la ley. Motivado por su reciente descubrimiento y consumo de alcohol, marihuana y anfetaminas, que pronto convirtió en un hábito, el adolescente fue arrestado por irrupción y robo en distintos domicilios y negocios. Tras una segunda detención, el joven fue enviado a un hogar juvenil, donde sufrió su primer abuso sexual.

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Brian Dugan.

Cuando regresó a casa, en 1972, se encerró con Steven en el baño, donde intentó hacerle lo mismo que le habían hecho a él. Aterrorizado y vencido por la fuerza y agresividad de su hermano, el chico esperó lo peor. Pero antes de consumar la violación, Brian se detuvo y le dijo: “Si estuvieras en la cárcel no serías más que un pedazo de carne. No podría ayudarte. Tendrías que impedirlo por tu cuenta. Tendrías que someterte o morir”. Luego de aleccionarlo, abrió la puerta y lo dejó en paz.

No está claro si fue antes o después de ese incidente que Dugan se cruzó con Gacy, también conocido luego como “Payaso Asesino”, que cometió al menos 33 crímenes y dejó una macabra huella en la historia y cultura popular de Estados Unidos. Así como este célebre “serial killer” creó a “Pogo”, el personaje payasesco del que se disfrazaba para animar fiestas infantiles en el mismo vecindario en el que sodomizaba y mataba menores de edad... ¿pudo haber “creado” en el camino a otro violador y asesino en serie como terminó siendo Brian? Una pregunta que, ciertamente, muchos continúan haciéndose hasta la actualidad.

-> Después

“Fue una cosa del momento. No tenia ningún plan de secuestrar a nadie, ni de cometer ningún acto de violencia sexual contra nadie. Tuve un deseo, un impulso, y no fui capaz de actuar en contra de eso. Empezó cuando tenia 21 o 22 años. Había salido a buscar algo qué robar cuando vi a una maestra. Ahí, decidí robarle, secuestrarla... y violarla”. Eso le contó Brian Dugan a Morgan Freeman (sí, el actor) acerca de la primera vez que tuvo esa sensación, la misma que siempre se manifestó en él cada vez que cometió todos sus crímenes. Al principio fue solo (y nada menos que) violar. Después, aquel impulso lo llevó mucho más allá.

No está claro de cuántas personas abusó sexualmente tras aquella primera experiencia que le contó a Freeman (NdR: para la serie documental de National Geographic “La Historia de Dios”). Sí se sabe que, por haber reincidido en sus actividades delictivas, estuvo preso desde 1979 hasta 1982 en la cárcel de Menard. Allí, él mismo fue violado por otros internos, lo cual agudizó sus profundísimos traumas e instintos depredadores. Los que se hicieron carne, y de la peor manera, al poco tiempo de recuperar su libertad.

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“La primera vez que maté fue a mis 27 años. Iba a cometer un robo y... no pude evitarlo”. El 25 de febrero de 1983, Dugan se encontraba merodeando la zona de Naperville, Illinois, cuando encontró una casa propicia en la cual irrumpir para robar plata u objetos de valor. El hogar de la familia Nicarico, en ese momento, parecía ideal para sus propósitos: fácil de violentar y sin nadie adentro. Brian nunca había asaltado una propiedad que estuviera ocupada. No quería correr ningún riesgo, y aquella vez no era la excepción. Estacionó su auto enfrente, bajó y se acercó a la propiedad. No se escuchaba a nadie adentro, pero, por las dudas, decidió mirar por la ventana. Estaba equivocado: sentada en el sofá, había una niña en pijama comiendo un helado.

Se trataba de Jeanine, la hija de 10 años de los Nicarico, que había faltado a la escuela por estar con gripe y se había quedado sola mientras su hermana mayor estaba en clase y sus padres en el trabajo. La primera reacción de Dugan fue la de siempre, cada vez que veía gente adentro de una casa que pretendía asaltar: dio media vuelta y enfiló para su auto. Pero, esa vez, llegó a dar tan solo unos pasos. “Fue como si el tiempo se hubiera detenido. En un click, me convertí en el Señor Hyde”, le contó años más tarde a Kent Kiehl, uno de los neurólogos que lo analizaron.

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Jeanine Nicarico.

Dominado por su impulso, Brian pateó la puerta varias veces lo más fuerte que puedo hasta que la rompió. Sin mediar palabra, sujetó a la pequeña y la arrastró fuera del domicilio, hasta el interior de su auto. Condujo el coche unos diez kilómetros, cuando llegó a un desolado descampado. La violó y, luego, la asesinó golpeándola en la cabeza con una llave de tuerca.

El cadáver de Jeanine Nicarico fue encontrado dos días después. Despistada y negligente, la Policía nunca lo vinculó con el crimen. En su lugar, inculpó a tres hombres inocentes: Rolando Cruz, Alejandro Hernández y Stepehn Buckley. Los primeros dos, quienes habían aportado datos falsos a las autoridades sobre el asesinato con la intención de cobrar una recompensa de 10.000 dólares, fueron encontrados culpables por un jurado y condenados a la pena de muerte.

Sabiéndose libre de toda sospecha, y ayudado por la suerte y un sistema judicial tan defectuoso como peligroso, siguió atacando. Si bien se cree que llevó adelante otros crímenes después del de Jeanine, su segundo femicidio comprobado ocurrió la madrugada del 15 de julio de 1984. En esa ocasión, Dugan merodeaba a bordo de su Chevy Impala por Geneva, Illinois, cuando decidió robarle a Donna Schnorr, una enfermera de 27 años que, a bordo de su propio auto, se había posicionado junto al suyo frente a un semáforo en rojo. Cuando éste se puso en verde, Brian la siguió. Al llegar a una ruta, Dugan arrinconó con su coche al de Schnorr, quien tuvo que frenar en la banquina.

En ese momento, Brian bajó y, rápidamente, sacó a la mujer por la ventanilla y la arrastró hacia el asiento trasero de su Chevy. Allí la ató, cerró la puerta, borró sus huellas digitales del coche de ella, volvió a su auto y arrancó. Como con su presa anterior, condujo hasta un lugar desolado: una cantera de grava inundada llamada Seabay Quarry. Bajó a Donna, la golpeó y, luego, la violó varias veces. Cuando su deseo sexual estuvo satisfecho, pasó al siguiente. El más importante. Le agarró la cabeza y se la sumergió en una zanja llena de agua. Donna Schnorr murió ahogada al amanecer. Cuando los investigadores encontraron su cuerpo sin vida ese mismo día (alertados por unos jóvenes que lo vieron cuando iban a pescar) tampoco tuvieron idea de quién era el responsable. Al menos, esta vez, Dugan sería el único en pagar por sus acciones. Aunque para eso faltaba bastante.

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Donna Schnorr.

Después de asesinar a Schnorr, Brian tardaría casi un año en volver a violar y matar. Fue quizás ese período tan prolongado de tiempo el que lo llevó a cometer la ráfaga de crímenes que se convertiría en su perdición.

Primero, el 6 de mayo de 1985, secuestró y violó a Sharon Grajek, de 21 años. Sin embargo, no la asesinó. Quizás porque la joven mantuvo cierta calma tras el abuso sexual al que la sometió, Dugan no la sintió una amenaza y la dejó ir. Quizás, sin darse cuenta, Dugan repitió la misma actitud que Gacy había tenido con él más de una década antes.

Su segundo “impulso” tuvo lugar el 28 de ese mismo mes, cuando vio a una chica de 19 años caminando al costado de la ruta, en Aurora, Illinois. Detuvo su coche unos metros más adelante, caminó hacia ella, la atacó y comenzó a arrastrarla hasta su vehículo. Pero la joven se resistió y, en un momento, lo hizo tropezar. Libre de sus garras, corrió y logró escapar. Brian no la alcanzó y, frustrado, volvió a su auto. No sabía que su víctima que no fue había leído y grabado en su memoria el número de la patente.

Tan decepcionado había aquedado de su fallido ataque que, menos de 24 horas después, salió nuevamente de cacería. Entonces, vio a una adolescente de 16 años sola en un estacionamiento. Esta vez, no se le iba a escapar. Sacó una barra de hierro del baúl y, con ella, amenazó a la chica. La llevó a su auto, condujo a un lugar alejado y la violó. Otra vez, quizás envalentonado por un sentimiento de impunidad y poder total, dejó ir a su víctima. No lo hizo, en cambio, la siguiente vez.

El 2 de junio de 1985, Dugan vio a dos nenas chiquitas andando en bicicleta... y Mr. Hyde volvió a despertarse en él. Primero, agarró a Opal Horton, de 8 años, y la encerró en el asiento trasero. Después, arrastró a Melissa Ackerman, de 7. Pero cuando quiso dejarla donde había arrojado a su amiguita, se dio cuenta que Horton había escapado por una ventanilla abierta y ya estaba a varios metros de distancia. No tenía tiempo de perseguirla, así que se conformó con secuestrar a Melissa. Manejó unos 27 kilómetros hasta llegar a un pequeño bosque con un arroyo, ubicado en la comunidad de Mendota. Allí abusó sexualmente de ella y la ahogó en el agua. Cubrió su cuerpo con unas piedras y volvió manejando a su casa. Fue la última vez que violó y mató.

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Melissa Ackerman.

-> El final

La mañana posterior al crimen de Melissa Ackerman, Brian Dugan fue arrestado en su trabajo. El cuerpo de la niña todavía no había sido hallado, pero el testimonio de la pequeña Opal y de la joven de 19 años que había logrado escapar de sus garras con el recuerdo de su número de patente fueron suficientes para su detención como sospechoso.

Ante las autoridades, y aterrorizado por la posibilidad de enfrentar una pena de muerte, Dugan se declaró culpable de los crímenes de Donna Schnorr y Melissa. También, aunque solo ante la Policía, Brian admitió haber violado y asesinado a Jeanine Nicarico, aunque esta declaración nunca fue oficializada ni incluida dentro del acuerdo por su procesamiento. Brian Dugan fue condenado a dos cadenas perpetuas. Por declararse culpable en el juicio, logró eludir su tan temida ejecución. O eso era lo que creía.

Diez años más tarde, y en su tercera apelación, los condenados a muerte Rolando Cruz y Alejandro Hernández por fin pudieron demostrar su inocencia respecto al crimen de Nicarico. La tecnología había avanzado para 1995 y demostró que los restos de ADN hallados en el cuerpo de Jeanine y en el lugar donde había sido violada no coincidían con el de ninguno de los dos. Años más tarde, y con el caso reabierto, los investigadores descubrieron que los rastros genéticos correspondían al ADN de Dugan. En 2005, el asesino serial fue imputado por el crimen de la niña y, cuatro años más tarde, se declaró culpable. Ahora sí, Brian Dugan fue sentenciado a muerte. No obstante, nunca cumplió ni cumplirá esa pena: en 2011 el estado de Illinois la abolió y determinó que todos los presos que esperaban su turno en el corredor de la muerte transcurriesen lo que quede de sus vidas en prisión.

Hoy, Brian Dugan se arrepiente de lo que hizo, pero no tiene sensación de culpa alguna. “Yo no veo las emociones como los demás. No las siento. No hubo remordimiento por lo que hice. Creo que soy distinto a los demás”, dijo en la entrevista antes citada. En otro reportaje, esta vez concedido al Chicago Tribune, Dugan se reconoció como “psicópata” y admitió que hubiera seguido violando y matando si no hubiera sido capturado allá por 1985. “Sigo siendo una amenaza para los demás, me doy cuenta de eso. Cambié hasta cierto punto, pero sigo siendo peligroso”, le dijo a los periodistas del mencionado diario. Y agregó: “Él sigue viviendo en mí... Lo único que cambió fue lo que intenté mejorar como persona. Anhelo mi libertad, pero sé que nunca la voy a obtener”. Mejor que así sea.

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