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¿Un asesino, un delirante o un simple bandolero?

Juan Balderrama, el ladrón que aterrorizó al norte de Neuquén en 1909.

No pidió clemencia, aun sabiendo que –con suerte- lo condenarían a prisión perpetua. Sí trató de justificar los hechos de violencia en los que participó, aunque nunca los reconoció en detalle, mucho menos los cuatro homicidios que cometió con otros cuatro forajidos.

Aseguró que él era producto de la sociedad donde se había criado y que, por ese motivo, nada se le podía pedir a cambio. También dio fundamentos místicos y hasta metafísicos.

Juan Balderrama, el bandido más temido del norte neuquino a principios del siglo XX, buscó hasta el último momento ser redimido de sus pecados con una amplia exposición que dejó sorprendidas a las autoridades del territorio y a los peritos que lo interrogaron. Habló de filosofía, de religión, de las injusticias del mundo, aun cuando era casi un analfabeto.

Hijo de padre español y madre araucana, Balderrama nació en Chile en 1879, pero prácticamente no tuvo infancia. Se fue de su casa cuando tenía 9 años y a partir de ese momento tuvo que aprender a vivir y a ganarse la vida solo.

Si bien no recibió educación, aprendió a leer y a escribir por su cuenta. Se interesó por la Biblia –particularmente por el Nuevo Testamento-, aunque también se sumergió con curiosidad en cada libro o publicación a la que tuvo acceso.

Desde muy joven trabajó como agricultor en Chile y como pirquinero en las minas de oro del norte neuquino, actividades propias de los hombres campesinos de entonces que buscaban sustento a uno y otro lado de la cordillera. También llegó a contar con un emprendimiento minero y con personas a su cargo, las mismas que después lo acompañarían a cometer todo tipo de delitos.

¿Cuál fue el punto de inflexión que lo llevó a esa vertiginosa carrera de violencia y muerte? Nunca quedó claro.

Todo comenzó el 18 de julio de 1909, cuando Balderrama y un cómplice (Clodomiro Parada) asaltaron un boliche de ramos generales que administraba una viuda en el paraje Negrete, del departamento Minas. En este primer robo se llevaron dinero en efectivo, oro comprado a los mineros, un par de armas y municiones.

Cinco días después, en el paraje Guañacos, volvió a robar, pero con refuerzos. Juan Manuel Sepúlveda, Luis Navarrete y Desiderio Troncoso ayudaron a la pareja de ladrones en un segundo golpe, otro boliche de ramos generales donde maniataron a la dueña del local y quienes se encontraban presentes y se llevaron oro, dinero, prendas de vestir, bebidas, armas y municiones.

Pero aquel botín no fue suficiente. Ese mismo día, cuando ya caía la noche, dieron otro golpe, pero esta vez más sangriento.

Los forajidos ingresaron al comercio de los hermanos Curra, dos sirio libaneses conocidos en el pago como “los árabes”, donde asesinaron a uno de los dueños y a un parroquiano que se encontraba presente, tras una aparente resistencia que originó la balacera.

Lo llamativo es que una vez que tenían el escenario dominado, Balderrama ordenó a sus compinches a disparar nuevamente contra los dos cadáveres, para espanto de quienes estaban presentes. Las pericias posteriores indicaron que las víctimas tenían más de 30 balazos cada una.

¿Por qué tanta saña?

El doble crimen generó una alerta en toda la región y la Policía comenzó a buscar a los bandoleros. Se le sumaron vecinos armados y algunos integrantes del Ejército.

Las autoridades los sorprendieron pocos días después en otro boliche de ramos generales, propiedad de León Dacharry, donde hubo un enfrentamiento que terminó con la vida del policía Juan Fuentes y de Luis Navarrete, uno de los ladrones. Otros dos integrantes de la banda fueron detenidos; el único que logró escapar fue Balderrama.

Durante dos semanas, el ahora solitario ladrón anduvo escondiéndose por toda la región. Para ocultar su apariencia, se tiñó los bigotes y la barba y cambió su nombre por el de Tomás González. Con esa identidad comenzó a trabajar en un campo a cambio de hospedaje, pero no alcanzó a estar más de un día.

El agente José del Carmen Parra pasaba por el lugar y al verlo intentó identificarlo, pero Balderrama fue más rápido: desenfundó su revólver, lo mató de seis balazos y escapó.

La noticia del cuarto crimen en menos de un mes generó pánico entre los pobladores del norte y sorpresa entre las fuerzas de seguridad que lo perseguían. Nadie entendía cómo un solo hombre podía eludir a las decenas de personas armadas que rastrillaban día y noche cada rincón de la zona. Tampoco se explicaban el porqué de tanta violencia.

Toda la Policía del territorio estaba consternada por el nivel de violencia que tenía la banda.

Entre los habitantes de cada pueblo ya había comenzado a circular el rumor que el temido delincuente tenía poderes especiales, que era capaz de estar días y días sin dormir, y que hasta había entrenado a su caballo para que lo guiara en los momentos más difíciles. Llegaron a decir que el animal tenía la capacidad de presentir la llegada de la Policía y que le avisaba a su amo para poder escapar a tiempo, según consta en el libro Guardianes del orden, de Tomás Heger Wagner.

Pero la suerte de Balderrama no duró mucho. Una partida policial lo encontró cerca de donde había cometido su último asesinato. Y si bien se defendió a los tiros, al verse acorralado decidió entregarse.

La captura del bandolero, tras mantener en vilo a todo el norte de Neuquén, fue un gran alivio, pero era necesario estudiar este caso particular antes de que el bandolero terminara en prisión.

“Sin duda, Balderrama era un sujeto que merecía ser llevado al laboratorio y estudiado por los especialistas de su tiempo aplicando toda la ciencia médica, fundamentalmente la promisoria psiquiatría forense”, indicó el historiador Gabriel Rafart, en su libro Tiempos de violencia en la Patagonia. Bandoleros, policías y jueces.

La conducta de Balderrama se encuadraba en el positivismo criminológico de principios del siglo XX.

El psiquiatra forense que lo entrevistó lo describió como un hombre “de actitud humilde y respetuosa, que expresa sus ideas con una lucidez extraordinaria para su medio social”. También sostuvo que Balderrama realizó una fuerte crítica al sistema que lo había marginado de la sociedad. “Niega al orden social derecho para castigar los delitos, diciendo que mal puede exigírsele a él buena conducta cuando no lo han educado. Que ha nacido y se ha criado como un animal, solo y sin educación, y que como nada le debe a la sociedad, tampoco ella debe pedirle cuenta de sus actos”, indicaba el informe.

En el libro, Rafart cuenta que en su propio alegato dirigido a la Suprema Corte de Justicia, al igual que cuando le hablaba al perito médico, Balderrama se refería a un gobierno ejercido por la naturaleza, en el cual “la electricidad y el magnetismo eran la causa primera y única del movimiento universal en el orden físico y moral”. Asimismo, destacaba las cercanías de acontecimientos apocalípticos, de un tiempo de lluvias eternas y aguas que se elevarían para cubrir la mayor parte de la tierra, además de otro gran cataclismo que sucedería en no muy corto tiempo, con tremendos incendios en condiciones de desbordar mares y ríos y elevarlos a la “atmósfera”, al que los animales lograrían sobrevivir para fundar un nuevo mundo.

No se sabe si fueron delirios místicos, una simulación de demencia o si, en efecto, Balderrama estaba convencido de esas ideas sobre el mundo, la Justicia y el orden social, pero todos sus argumentos no alcanzaron para su defensa.

El estudio forense concluyó que el temible bandolero (entonces con 31 años) no estaba loco. Y la Justicia lo condenó a prisión perpetua en la cárcel de Tierra del Fuego, igual que a Juan Sepúlveda. Desiderio Troncoso recibiría la pena de 25 años y Clodomiro Parada, 10 años.

¿Durante cuánto tiempo los cuatro delincuentes pagaron sus culpas?

En un escueto comunicado dado a conocer a fines de 1914, las autoridades del penal informaron la muerte de dos internos, ambos por heridas de bala. Se trataba de Juan Balderrama y Troncoso, quienes se habrían fugado de la cárcel y fueron abatidos cuando intentaban cruzar la frontera de Chile. No dieron mayores detalles de lo ocurrido y el episodio nunca fue aclarado.

Los otros dos compinches tuvieron mejor suerte. Sepúlveda logró la libertad condicional en 1929 (por buena conducta). Parada haría lo propio mucho tiempo antes por su condena más leve.

Esa fue la suerte que corrió la famosa banda que mantuvo en vilo al norte de Neuquén a principios del siglo pasado, cuyo cabecilla fue motivo de estudios y debates. Fue la historia de Juan Balderrama, un asesino, tal vez un loco, o quizás un delirante. La leyenda de un bandolero que durante años se mantuvo viva en la memoria de los viejos y que cada tanto renace desde los documentos de la historia.

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