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Omar Centurión se declara amante de la libertad sin ataduras. Por eso pinta al óleo los paisajes del pueblo. Escribe cantos, poesía, plegarias, bagualas y cuentos raros y su objetivo es editar un libro con las creaciones de su mente y de su corazón. Hace también esculturas con cemento directo e intenta transmitir las emociones y el orgullo que siente la comunidad lajeña por su historia y sus protagonistas. “Los dedos de mis manos están chuecos por tanto trabajar sólo de oficio. El tiempo le viene pasando factura, pero siguen con ganas de trabajar más y más”, comentó a LMNeuquén.
Don Omar es un lajeño por adopción. Un pateador de la escuela de la calle y de todos los caminos que la distancia, la soledad, el dolor y la alegría muchas veces le han mostrado a lo largo de sus 72 años y 9 meses. “Yo tenía vida antes de nacer y esos meses se los agrego a mi edad también”, cuenta este hombre sencillo, de modales atentos y de una alegría constante y contagiosa. Ostenta una locuacidad impresionante y un conocimiento de un poco de todo que transforman cualquier charla en una verdadera cátedra.
Hoy es el escultor del pueblo, muy reconocido y estimado por todos. Pero su historia comenzó mucho antes, en la ciudad de Buenos Aires.
Sus padres fueron Eulogio Centurión y Élida Valenciano. La profesión de gendarme de su progenitor, de niño, le llevó a recorrer varias localidades, entre ellas Las Lajas, Zapala, Bajada del Agrio y El Huecú. Fue un niño inquieto y siempre dispuesto a aprender lo que la vida le mostraba. A los 18 años, el destino lo encontró un día en la ciudad de Buenos Aires. San Telmo y Haedo fueron por más de 20 años sus lugares en el mundo. “Siempre sufrí por mis pagos”, contó. Agrega que hizo de todo para sobrevivir: vendedor ambulante de trapos de piso hasta billetes de lotería y hasta vendedor de seguros. Además contó que anduvo en el mundo de la metalurgia.
“Me lo pasé de taller en taller y aprendí a hacer de todo, mirando o preguntando. Me hice de una profesión puramente de oficio”. De todo lo aprendido hoy dice que es “tornero mecánico, matricero y soldador”. Agrega que “todos esos oficios siempre me dieron el peso para mantener a mis seis hijos, que son lo máximo y mi mayor orgullo.
Son hombres y mujeres de bien. Nehuen, el menor hoy me acompaña y quiere ser ingeniero y lo voy a acompañar para que lo sea”.
Pinto, escribo y hago esculturas porque si no trabajo me enfermo, es como una necesidad que tengo de estar haciendo siempre algo”.
En 1991 deja la gran ciudad y arriba a Las Lajas para no irse nunca más. “Para mí esto es el paraíso, por su gente y sus paisajes. No me quiero ir de Las Lajas”, confesó. Aquí comienza a hacer un poco de todo. Las changas eran su factor económico (albañil, herrero, soldador, cortador de leña, domador de caballos y arriero). Hasta que empieza a aplicar sus conocimientos y se transforma en el escultor del pueblo. Así sus obras a base de estructuras de hierros, mallas de revoque y cemento directo se empiezan a lucir en los espacios públicos y en los patios de las instituciones.
Entre ellos el monumento al Cóndor que engalana una de las principales avenidas, el monumento al trabajador lajeño, un busto al General Güemes, un cóndor en la plaza de Armas del RIM 21 y una serie de esculturas de animales autóctonos hacen brillar el jardín de la Casa de Informes Turísticos. Ahora le llegó el turno de darle vida al Monumento a la Trashumancia que se inaugurará mañana en el marco del 124 aniversario de Las Lajas.
Padre Viento por favor enséñeme a volar. Déjeme en el filo más alto del risco. Ahí lo voy a intentar. Si fracaso no se aleje, estando usted cerca nada malo ha de pasar”, dice una de las placas que le darán vida al Monumento a la Trashumancia que el municipio de Las Lajas determinó levantar en claro homenaje a los crianceros que año tras año atraviesan de punta a punta el pueblo a través del callejón de arreo con rumbo a las distintas veranadas asentadas a los pies de la Cordillera de los Andes.
La letra es fruto de la creación de los sentimientos de don Centurión, de las vivencias que alguna vez compartió con muchos arrieros de la zona. “Son las moléculas mías, es mi sangre la que está ahí representada en este oficio ancestral y nómade que realiza tanta gente de mi pueblo y de mi provincia”, contó.