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Nunca se las ve como asesinas, aunque la policía las persigue por un crimen que sí cometieron; nunca se las ve como ladronas, aunque están fuera de la ley porque robaron; nunca se las ve amenazantes, aunque revólveres en mano fueron tan capaces de atormentar a un chofer libidinoso y hacerle estallar a tiros su camión cisterna como de encerrar en el baúl de su patrullero a un oficial que las había detenido en la ruta por exceso de velocidad. Thelma y Louise, en realidad, fueron eso y mucho más, porque en tiempos en que el feminismo no había tomado la fuerza universal de los últimos años, representaron y pusieron en cartelera el empoderamiento de la mujer. De la que se rebela ante el círculo social que la rodea, la que no se deja someter por el sistema, la que reacciona y acciona como puede ante un abuso, la que elige su destino sin condicionamientos.
Es cierto que ese destino libre que las espera termina siendo la muerte, por la que ellas optan ante la desesperación que les genera pensar en una vida de encierro. Y se podrá reflexionar que el mundo y sus sociedades deben evolucionar todavía lo suficiente como para liberar todas las ataduras aún pendientes, pero sin negarle a esta película de Hollywood estrenada hace 30 años, el haber roto un molde, plantando una semilla que mutó en una raíz fuerte en favor de la lucha por quebrar la desigualdad.
Los años -y el auge de los videoclubes de los 90- la convirtieron en un filme de culto, que se disfrutó en el cine pero mucho más en la tele de casa que permitió verla en más de una ocasión y fijar situaciones que por entonces resultaron muy llamativas. Una de ellas, que dos mujeres fuesen protagonistas principales de una película y que la trama nunca las pusiera como rivales, sino como amigas primero y, finalmente, aliadas incondicionales. La autora del guión, Callie Khouri, quien ganó el Oscar en ese rubro con Thelma & Louise, contó que buena parte de su motivación para escribir esta historia pasó por sacar a las mujeres del papel pasivo que siempre ocupaban en el cine norteamericano. “No conducían nunca la historia porque ni siquiera conducían jamás un coche”, explicó alguna vez. La película, claro, transcurre a través de un viaje por el desierto estadounidense sobre un antiguo Ford descapotable.
El rol del vehículo es tan importante como el de ambas mujeres (Thelma, personificada por la actriz Geena Davis, y Louise, por Susan Sarandon). Estas tres piezas conforman la escena final, que terminó por darle a la obra dirigida por el cineasta inglés, Ridley Scott, un carácter simbólico que perdura a través del tiempo. Acorraladas entre una hilera de patrulleros y el vacío del Gran Cañón del Colorado, las mujeres deciden no rendirse pero tampoco tirotearse con los policías que les apuntan con sus rifles y solo esperan una orden para disparar. Louise aceptará, entonces, la propuesta de Thelma de “seguir adelante”, le dará un beso en la boca como despedida -fue una idea de Sarandon que no estaba en el libreto y que el director aceptó-, y pisará el acelerador a fondo mientras entrelazan sus manos, en un apretón que las unirá para la eternidad.
Tanto las unió, que ambas protagonistas se hicieron grandes amigas, relación que sostienen a través del tiempo. Y aceptaron la propuesta de MGM de hacer una proyección especial de la película para homenajearla al cumplirse tres décadas de su estreno (será hoy, al aire libre, en un autocine de Los Ángeles, con una conferencia previa en la que las actrices contestarán preguntas de la prensa y también de los fans). Geena Davis, de hecho, tuvo una identificación tan fuerte con la película, que desde entonces se convirtió en una activista de los derechos de las mujeres tanto en Hollywood como en otros ámbitos, como el deporte femenino y la equidad de género en los medios de comunicación, ya sea para aumentar la presencia de mujeres en diferentes producciones, como para que puedan ganar lo mismo que los hombres ante similar actividad, o romper con los estereotipos donde pueden quedar atrapadas.
“Fue sorprendente la relación de intensidad que se dio entre el público y la película, porque en definitiva Thelma y Louise terminan lanzándose al Gran Cañón y los espectadores aún se sienten entusiasmados con su historia”, reflexiona Davis, con una sonrisa, aunque en un tono más seria revela sus sensaciones: “Me hizo dar cuenta de las pocas oportunidades que tenemos las mujeres de terminar de ver una película y salir del cine sintiéndonos inspiradas y empoderadas por los personajes femeninos. Este filme me cambió todo sobre cómo elegí mis roles en el futuro”. Desde hace seis años, la actriz, además, es impulsora del Festival de cine de Bentonville y apunta a la diversidad y la inclusión, tanto delante como detrás de cámara.
Esta producción, que tuvo un costo de 16 millones de dólares y una recaudación de más de 45 millones -sólo en venta de entradas-, puso en el eje el abuso sexual como un trance traumático y doloroso para quien lo sufre o lo sufrió. De hecho, el nudo de la historia se dispara cuando Louise, quien había sido violada en su adolescencia, asesina de un tiro a un hombre que estaba por violar a Thelma. Y deciden escapar en vez de hacer la denuncia a la policía porque “nadie nos hubiese creído y estuve bailando con ese hombre toda la noche: dirían que me lo busqué”, como le asegura Thelma a su amiga, a quien le agradece que la haya salvado y le pide que no se sienta culpable por lo que estaban viviendo. Claro, en aquella huida se inició la persecución que las llevó a la decisión final.
El desarrollo del premiado guión toca otros puntos abusivos, más allá de lo sexual, como la vida descolorida de Thelma en su casa a la sombra de un marido exitoso, adinerado y posesivo, o el sacrificio diario de Louise por trabajar como mesera mientras su novio disfruta de su vida como músico sin responsabilidades ni compromisos. En estas dos pinturas individuales se basa el deseo de vivir un fin de semana “distinto”, solo para ellas, porque “dos días en la vida nunca vienen nada mal”, como retrató Fito Páez en una perfecta sinopsis hecha canción.
“Cuando estábamos filmando Thelma & Louise no teníamos idea del tipo de impacto cultural que continuaría teniendo durante décadas. En aquel momento fue revolucionario tener a dos mujeres en una película que no eran enemigas y se divertían juntas. Creo que ese fue uno de los mayores avances, porque hoy en día hay muchas actrices brillantes que hacen películas en las que las mujeres no son adversarias entre sí y tienen el poder de determinar su propio destino", reflexiona Susan Sarandon, Louise, 30 años después, haciendo hincapié en la posibilidad de que la mujer pueda determinar su propio destino.
La libertad que muestra esta película no pasa sólo por elegir morir dignamente por sobre vivir mal, sino que alcanza toda la odisea por la que transitan. Que empieza en la decisión de irse solas dejando a sus parejas sin explicaciones, continúa por plantarse ante el abuso y la injusticia, sigue en la rebeldía para avanzar aun con las incertidumbres y los miedos que pudiesen presentarse -muchos productos de la construcción cultural de la debilidad del género-, se potencia en la personalidad para empuñar un revólver y tirotear al que intente humillarlas, hasta terminar en el salto a la vida eterna, esa eternización en la Thelma & Louise se mueve 30 años después. Y que se dispone a celebrar su legado y sus personajes, que el tiempo y la reverencia del público, hicieron icónicos.