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Son las nueve de la noche y la luz de una heladera vitrina alumbra hacia la calle desde el local de Malala Pastelería. Una silueta tras el mostrador confirma que el número de la tarjeta no está equivocado y que la cita de La Antojería es allí. Entonces entramos.
Son unas 10 mesitas y unos 35 lugares en un jardín que podría ser el de cualquiera de nosotros: hay una parra, un cantero con rosales y un césped verde y grueso mezclado con gramilla. Tiene cerquitos en los laterales y paredes blancas de medianeras. Una conjunción sencilla y familiar que hace sentir muy locales a los visitantes.
Es observar un poco alrededor y ya en unos minutos aparece un mozo con voz muy apacible –Seba- que comenta: “Tienen un ponche y una copa de vino con la entrada que pueden pedir en la barra”. “Y también si gustan, pueden pedir la carta de cócteles”, agrega señalando hacia donde está Antonella, la bartender que acompaña el proyecto.
El aperitivo abre el apetito, y ya sentados a la mesa, esperamos por el primer antojo: es un tamal cuyo corazón, contendrá una carne magra y equilibradamente sazonada. Nada de lo que vamos a comer esa noche abusa de la sal. Más tarde llega el ají asado relleno, luego la molleja al roquefort y después el ceviche. Todas porciones en su justa medida, porque son siete pasos entre los antojos salados y dulces.
La barra tiene coctelería de autor, así que Anto se encarga de sugerir de acuerdo a los gustos de los comensales. Pero hay un gin tonic a base de almíbar de lavanda que ella misma elabora y es muy recomendable. Además, están las infaltables cervezas artesanales y hay opciones de limonadas para los abstemios. No es nuestro caso: encaramos fuerte al medio y vamos por la variedad de gin tonics florales y cítricos preparados por la especialista.
La noche está tan cálida que se hace difícil imaginar no transitarla al aire libre. Estamos contentos con la decisión de estar participando del ritual.
Pasarla bien
Antojito es un gato negro al que le falta un ojo. Hace corridas fugaces por el patio y cada vez que alguno de los presentes pregunta para adoptarlo, desaparece. Es que tiene dos meses pero las cosas muy claras, quiere quedarse en La Antojería y comer los macarrones que le da Malala.
“Creamos este proyecto con la idea de abrir las puertas de un lugar en el que se pueda comer y beber rico; y además donde se pueda pasarla bien”, asegura Sebastián, quien se encarga de la comunicación digital de La Antojería.
A su lado, Alejandro Margarido, chef y amante de la cocina a las brasas, afirma: “Queríamos ofrecer una opción de tapas un poco más elaboradas utilizando productos de estación y regionales. Y además proponer un menú pensado para las personas vegetarianas. No uno en el que esas personas coman por defecto, sino platos que sean especialmente elaborados para su forma de comer”. Así, los siete pasos de antojitos van por dos ramas: una de carnes y otra de ovo lácteos vegetarianos.
La Antojería es un ritual itinerante, un ensamble de buenas ideas culinarias que ya lleva tres ediciones en el patio de la pastelería Malala, en Tucumán 265. Se forjó en diciembre último por el entusiasmo de cinco personas que unificaron sus saberes y se estrenó a fines de febrero.
Sucedió que Alejandro y su amigo chef Luis Ruíz –o Lucho- habían quedado a la deriva con un emprendimiento por la pandemia y se engancharon de las ganas de Seba. Congeniaron una propuesta de antojos y lo presentaron en un espacio. “Pero nunca nos respondieron”, cuenta. Fue entonces cuando Malala les ofreció sus instalaciones. “Yo les decía que hicieran La Antojería en cualquier lugar pero que la hicieran porque el evento era hermoso; asique les ofrecí la pastelería donde trabajamos con Vero y se vinieron para acá”, recuerda, “porque está habilitada como restaurant por comercio y bromatología y teníamos todo lo necesario que era la vajilla y las cosas para cocinar; sólo había que prender el fuego y encender el horno”, relata la pastelera.
Cuestión que ahora son un equipo y trabajan con la eficiencia y buena onda que tienen grupos que ya llevan recorrida una trayectoria en el tiempo. “Nos llevamos muy bien, dividimos tareas y lo que es importante, disfrutamos. El concepto de La Antojería es que todos la pasemos bien, por eso es un evento chiquitito, que se hace con reserva previa y en el que no se desperdicia comida”, asegura Seba. Para ello trabajan sobre la venta anticipada o la reserva y hacen las compras el viernes sobre el total de antojados que participarán del ritual del sábado.
Es verdad, comimos y bebimos cerca de tres horas y nos sirvieron los antojos con el entretiempo justo para hacer lugar para el próximo.
Comer y beber rico
Después del lomo a los fuegos y las peras al vino con galletitas y crema, llegó el trifflé de mousses. Un gol, pero de Messi. La carta variará el sábado próximo y el próximo; porque según lo que cuentan los chicos, “el menú va saliendo de acuerdo a lo que hay a disposición y a lo que Luis se va imaginando”.
El equipo de La Antojería no ha perdido ni la calma ni la amabilidad que tenían cuando llegamos. Es hora de irse. Todos nos saludan y algunos nos acompañan por el pasillo blanco hasta la salida.
“Ahora los eventos tienen lugar acá, todavía los días lo permiten, pero más adelante esta antojería itinerante puede abrir en otro lugar, tomar diversas formas y tener otros invitados”, aseguran los miembros del proyecto y finalizan: “Vamos a seguir con las ediciones porque estamos entusiasmados y con muchas ganas de pasarla bien haciendo lo que nos gusta”.