"Necesitamos replantearnos la libertad y la difusión de la información", alertó Bartholl, cuya idea prendió en edificios de ciudades de Senegal hasta Tasmania, pasando por Japón, Islandia, China o Kazajistán.
También en América Latina, Nicaragua, El Salvador, México, Colombia, Argentina, Chile o Ecuador forman parte de la "red offline anónima", tal y como la definió su creador.
Sin embargo, y más allá de la libertad que pregona, la red funciona bajo un registro publicado en la web del artista donde los que se suman deben indicar las coordenadas donde está ubicado en USB y la capacidad que tiene.
¿Qué se comparte? Lo que cada uno quiera, desde fotos, textos o material de autor que cada uno desee liberar.
El único recaudo que hay que tener es que los pen drives podrían tener malware o contenido malicioso. La clave es tener un buen antivirus y lanzarse a la aventura de cazar nuevos contenidos por la ciudad.