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Enclavada en la “puerta del Domuyo”, esta localidad se desprende de una historia reciente y se está abriendo al mundo de la mano de sus bellezas naturales y de la “Y natural” que conforman con distintos colores la confluencia de los ríos Neuquén y Varvarco.
Los cursos de agua le dan la mejor identidad al pueblo y la mejor postal a los ojos de los turistas que llegan a este rincón del norte neuquino en búsqueda de esa perla turística.
“La confluencia es algo que nos caracteriza por su rareza, ya que el río Varvarco trae sedimentos y el Neuquén es claro”, cuenta Diego Méndez, un joven de esta localidad y que desde hace 5 años trabaja en la hostería levantada en un punto estratégico del extenso cañadón que le ofrecen los cerros a esta comunión de los ríos por varios kilómetros.
“Cuando llegan los turistas, les comento de la vista que tiene la hostería. Igualmente, muchos de ellos vienen en busca de la misma porque ya la vieron en algún lado y quieren conocerla”, señala Méndez.
La hostería es el balcón para apreciar la confluencia a cualquier hora del día, en especial las tardes en que el sol y las nubes dibujan con los mejores colores el telón de fondo que ofrece la Cordillera del Viento.
Los clics de las cámaras y celulares no tienen descanso. Todos buscan la mejor pose para llevarse un recuerdo imborrable.
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