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Sofia Sandoval
ssandoval@lmneuquen.com.ar
Cuando un extraño cruza la puerta de la casa de Carlos Vadalá, su perro Cooper se mantiene alerta. Levanta la cabeza dorada, echa las orejas hacia atrás y alza su nariz rosada para olfatear un posible peligro. “Lay down”, le dice el hombre y el animal se acuesta sobre la alfombra. Así descansa antes de volver al ruedo como el único perro guía de Neuquén.
A pesar de su altura y su peso de más de 35 kilos, Cooper es aún un cachorro de labrador americano, pero su estricto adiestramiento lo aleja del deseo de saltar y mordisquear objetos que caracteriza a otros perros con sus genes. Mientras Carlos cuenta el proceso que lo convirtió en perro lazarillo para personas ciegas, el animal se mantiene estático y con la mirada calma.
Antes de él, los ojos de Carlos eran los de Sterling, un labrador negro que ya cumplió 11 años y se jubiló de su actividad. Ahora, con algunas canas en el pelaje y la postura encorvada, descansa en el patio de la casa en compañía de una perrita callejera que el hombre rescató.
Cada vez que cruza la puerta de su casa, la vida de Carlos depende de los ojos de Cooper, que observa los obstáculos del camino y los posibles peligros que podrían dañarlos a los dos. Desde que llegó a Neuquén el pasado 2 de marzo, el cachorro aprendió los recorridos frecuentes de su dueño y lo lleva a esos lugares de manera automática.
Carlos muestra una lista de papeles y fotos del cachorro compaginadas en un libro. Los datos consignan que el animal nació a mediados de 2005 en Michigan y es fruto de la cruza de una labradora y un golden retriever, las dos razas utilizadas como perros lazarillo.
“Al perro lo traje de Leader Dogs for the Blind, una escuela de Estados Unidos que entrega los perros de forma gratuita”, explicó el hombre, que sólo tuvo que costear su pasaje desde ese país del norte para traer a su perro guía, fundamental para moverse de manera independiente por la ciudad.
“En Argentina tenemos una escuela, que está en Quilmes, pero allí explotan la parte comercial del problema”, señaló Vadalá y aclaró que en el lugar cobran hasta 10 mil dólares para entregar a los animales, sin comprender que, más allá del costo que tiene criar razas exclusivas y entrenarlos por un año y medio, los perros guía no tienen precio: entregarlos es un acto de amor.
La filosofía de la escuela norteamericana terminó por convencer a Carlos, quien tuvo que estudiar y rendir un examen para convertirse en un dueño apto de un perro guía. En base a un video que envió, la escuela catalogó a Neuquén como una ciudad peligrosa para la movilidad de los ciegos.
Como es el único perro de estas características en la zona, muchos se sorprenden al verlo en la calle y no hacen caso al cartel que reza “No me toquen, estoy trabajando”. Más allá de su trabajo, el perro también busca jugar y recibir caricias de su dueño.
Los obstáculos callejeros
Vadalá sostuvo que es necesario fomentar la cultura de los perros guía, no sólo para motivar a más personas ciegas a disfrutar de la libertad que les conceden estos cachorros, sino para que las personas que sí ven respeten a los animales cuando trabajan.
Cómo es caminar por la ciudad con un perro guía
Después de un descanso sobre la alfombra, Cooper está listo para una jornada de trabajo como perro de asistencia. Carlos, su dueño, le coloca un arnés especial que sirve para que el animal le envíe los mensajes a su amo, así como una correa para dominarlo y un pequeño bozal de tela que lo mantiene alerta.
Después de algunos meses en Neuquén, el cachorro ya puede identificar ciertos lugares, por lo que recibe algunos comandos en inglés y otras palabras argentinas que ya supo identificar. “Instituto” o “BPN” son palabras que ya conoce y que lo llevan a encontrar esos espacios de forma autónoma. Esa tarde, su misión es encontrar la “bus stop”.
Durante el recorrido, Cooper camina a buen ritmo y se detiene en seco al notar un escalón. Así, espera un tiempo prudencial para que su dueño palpe los escalones con los pies y pueda subir o bajar los cientos de desniveles que tienen las veredas de la ciudad.
Al llegar a la calle, el perro se detiene otra vez. Cuando no se escucha el sonido de los autos, el hombre le ordena cruzar, pero Cooper sólo avanza cuando sus ojos comprueban que no hay peligro.
Los obstáculos en las veredas muchas veces complican el recorrido.