Su vida transcurría entre dos consultorios en dos ciudades distintas y un sinfín de tareas, casi sin tiempo libre para ella misma. Vanina Macenco es odontóloga y tenía una rutina muy exigente hasta que se contagió de Covid y la enfermedad la obligó a parar la pelota casi un mes. Pasó por momentos muy difíciles, pero hoy, ya recuperada, considera que fue “un mensaje del universo”, que la ayudó a replantear sus metas y poner el acento en disfrutar de cada día.
Vanina, de 36 años, atiende pacientes en Cipolletti y Neuquén capital. Eso la obliga a pasar horas arriba del auto, con medidas de bioseguridad extremas y una minuciosa planificación de las tareas del trabajo y la casa.
Durante la cuarentena, aunque los turnos con los pacientes se espaciaron, su jornada de trabajo siguió siendo extensa y agotadora. “Por eso, a nivel emocional, soy una convencida de que todo el mundo no se va a contagiar y agradezco el parate que me significó, porque fue todo un cambio, yo venía de tomarme una semana de vacaciones y me decía que a la semana siguiente no quería volver a trabajar porque me sentía súper cansada y justo fue la semana en que me contagié”, relató.
Explicó que los odontólogos atienden con protocolos muy estrictos por la pandemia “y yo iba siempre como detrás de la zanahoria, con mucho estrés, y fue un segundo en el que te contagiás y todo cambia”.
Recordó que empezó a sentirse mal el viernes 25 de septiembre, “que sentía como chuchos de frío en la espalda y, el sábado, cuando me desperté e iba a jugar al tenis con mis amigas, me sentía mal y estaba rogando que se suspenda por cualquier excusa, el viento o lo que fuera”.
“A la tarde, me sentía peor y tenía 37,5 de fiebre, el domingo subí a 39 y ahí me comuniqué con una de las secretarias del consultorio de Neuquén, porque ese viernes habíamos compartido el trabajo juntas y yo la había pasado a buscar en el auto, que fueron 10 minutos de mi casa hasta el consultorio, pero le tenía que avisar que podía estar enferma”, contó.
Hasta ese momento, aunque sospechaba que podía tener Covid, Vanina no había pensado en un parate, en lo que implicaba estar dos semanas aislada fuera de su rutina de trabajo; mucho menos podía prever que esa pausa iba a ser tan traumática y que se iba a extender casi un mes.
Señaló que el novio de su secretaria, que es médico en el sector público, la ayudó a sacar el turno para un hisopado el lunes 28. Sin embargo, Vanina ya tenía la certeza de que se trataba de coronavirus, porque ese día amaneció sin gusto ni olfato. El 1 de octubre, la llamaron del ministerio de Salud y le confirmaron que era positivo.
En su caso, la enfermedad fue agresiva, con casi todos los síntomas de manual que se conocen hasta ahora del Covid. Comentó que el mismo 25, “cuando me empecé a sentir mal, me descompuse y me costaba mucho comer y el lunes, cuando ya no sentía nada, empecé a intentar oler perfumes, vinagres y no podía y tampoco al intentar comer, porque no le sentía gusto a nada”.
“Fueron 11 días de fiebre y el día 12 hice neumonía; después, a la semana, el 19, se me complicó y me cambiaron la medicación a corticoides y también tuve la lesión en paladar típica de Covid”, describió.
Con la neumonía, otra vez su cuerpo le avisó lo que se venía antes que el examen médico. Indicó que, “la noche anterior, miré mis manos y estaban azules, que es señal de que no estaba oxigenando bien, y al día siguiente recién me pudieron hacer las placas y lo supe”.
Mientras el virus no daba tregua, Vanina empezó a pensar en la angustia que le provocaba la situación y en lo que realmente era importante en su vida. “Por eso, entiendo que fue como si el universo me hubiese mandado el mensaje de quedate un mes tranquila”, confió.
Atravesó la enfermedad en su casa, porque justo le tocó cuando las internaciones estaban colapsadas. Aun así, tuvo que ir tres veces a una guardia porque los síntomas se complicaban. También llegó a faltarle el aire por subir una escalera y eso la hizo sentir vulnerable, “porque me tenían que ayudar hasta para abrir la ventana y recibir una comida que me traía un vecino o un medicamento, entonces, me tocó en un nivel interno y a raíz de eso sentí como que era un colapso y quise empezar terapia”, detalló.
Más allá del miedo, el dolor físico y lo intensa que fue la enfermedad, Vanina la tomó como un aprendizaje. Señaló que, “si a mí me llegó y me tocó vivir esta experiencia, es porque la elegí y en algún punto tenía que bajar un cambio y trabajar otras cosas emocionales, dejar de lado todo eso que me estaba afectando en la rutina”.
Añadió que reflexionó mucho sobre eso “y, cuando me reincorporé al consultorio, ya no fue lo mismo de antes de ver a un montón de pacientes, sino priorizarme y plantearme si quiero trabajar tanto o tomarme las cosas de otra manera”.
Hoy, todavía tiene secuelas del Covid en su cuerpo. Sin embargo, ella destaca que, de ese mes tan difícil, “saco lo positivo y no me quedo en el papel de víctima de por qué me pasó, sino al contrario: lo estoy trabajando y, en realidad, lo agradezco”.
Disfrutar, antes que planificar
Otra enseñanza que le dejó esta experiencia a Vanina es que los planes y metas a futuro no pueden eclipsar todo lo bueno que te regala el presente.
Relató que esa preocupación por el camino que se había trazado y ya no podía seguir le provocó angustia “y también culpa, sobre todo culpa”.
Cuando confirmó el positivo de Covid, sintió una carga muy pesada sobre sus espaldas por los compromisos que no podía cumplir y las personas con las que trabaja que se debieron aislar, aun cuando ocupaban un rol clave en el sistema de salud.
“Y también porque me cuidaba mucho y no sé cómo me contagié y porque llevamos un montón de meses de incertidumbre y todos los planes que tenía a futuro se venían desmoronando”, recordó.
Indicó que, en ese sentido, el Covid la llevó también a prestar menos atención a lo que proyecta hacia adelante, “porque me viene esa frase, que uno tenía todo bajo control y de repente te toca esto y, más allá de que saliste adelante, sentís que planificar no sirve de mucho”.