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Volcaron su arte en antigüedades que brillan en Instagram

Tienen un galpón repleto de muebles y artefactos del siglo pasado, que transforman en piezas únicas para coleccionistas y curiosos.

En un rincón del oeste, sobre la calle Las Gaviotas, hay un pequeño galpón donde la magia del arte le devuelve su brillo a los muebles viejos heredados de los abuelos, las latas de galletitas y los baúles que llevan décadas sin abrirse. Desde la calle, poco o nada se ve de esa transformación silenciosa que revive joyas de más de un siglo. Las miradas de asombro están del otro lado de la pantalla, cuando la pieza terminada se exhibe en Instagram, a la espera de un curioso o coleccionista que quiera llevarla a su casa.

Este proyecto que une el trabajo de los anticuarios con el de los artistas se llama "El Galpón de Liberata" y funciona, desde hace dos años en pleno corazón del barrio Canal V.

La artista plástica Mey Gerlini es una de las restauradoras, junto a su compañero de vida. Contó que la idea surgió casi sin planearlo "porque los dos nos dedicamos toda la vida al arte y, como a veces nos traían cosas para recuperar, empezamos a renovar e intervenir objetos y muebles".

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"Tuvimos local dos años en la calle Jujuy y después dos años sobre Tucumán, pero, por problemas particulares, nos volvimos a nuestra casa en el oeste justo antes de la pandemia y acomodamos como en el ingreso de la casa una especie de galponcito", relató.

Antes de la pandemia, viajaban por el país a "cazar" antigüedades para restaurar y vender. A los objetos más chicos, los recuperan como adornos o piezas de colección. Con los muebles y estructuras más grandes, "intervienen" el diseño original para convertirlos en obras de arte.

Empezaron con sillas, alacenas y mesas; también latas, botellas, cuchillos y estatuillas de fundición. Luego, de a poco, la colección se fue diversificando y llegaron a tener un kultrum, un patacón de 1885, un viejo sillón de peluquería y hasta un acordeón fabricado en la Unión Soviética.

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Mey explicó que la pandemia frenó un poco esa búsqueda de nuevas piezas y, "como ya no podemos viajar para traer cosas, hacemos restauraciones de lo que nos traen y ofrecemos también la colección que teníamos de antes, que por suerte era mucho".

Confió que el mueble más complejo para intervenir fue un piano "que era de la madre de un cliente, él lo heredó y quería que se destaque por sobre toda la casa; entonces, trabajé con verdes y turquesas, tuvimos que blanquear las teclas que se manchan y fueron varios meses, pero después hicimos un diseño con colores tierra y quedó bellísimo".

En restauración, la figurita difícil fue un antiguo baúl Louis Vuitton original, al que no se le notaban los detalles por los años de polvo y falta de uso. "Por suerte, quedó perfecto, porque empezó a aparecer debajo el diseño de las letras en las telas que no se veía y después fue recuperar herraje por herraje; el dueño no lo podía creer", recordó.

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La mudanza al galpón implicó dejar de atender de manera presencial y mudarse a las redes sociales, en Facebook pero sobre todo Instagram. Mey comentó que, al principio, no sabían bien cómo difundir las piezas ni cómo contactar a los interesados, pero aprendieron de a poco. El nombre de "Liberata" lo eligieron en honor a su bisabuela, profesora de piano, que le heredó el amor por el arte.

Por la falta de espacio para muebles grandes, ella acotó las intervenciones artísticas sólo a las sillas. Se confesó como una apasionada de los asientos característicos los viejos bares y los modelos "Thonet", con madera curvada a vapor. "Son insuperables, eternos, nobles y con maderas que ya no están en el mercado", recalcó.

Aclaró que intervenir no es sólo transformar sino "poner el arte en el objeto, porque me olvido que es una silla y la trato como si fuera un cuadro, pero de acuerdo a lo que me inspira la forma, la madera".

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Con los años, notaron que las antigüedades también tienen sus modas, con momentos en los que les piden más un tipo de piezas que otras. "Esto es por épocas: a veces te vuelven loco con las planchas de hierro, después te preguntan mucho por faroles y así", precisó.

Agregó que muchos compradores son jóvenes, sobre todo "con los pequeños muebles intervenidos, porque yo le pongo mucho color y eso les gusta", pero también tienen "al que estudia cocina y te pide vajilla antigua o los que vienen por los vinilos, radios y tocadiscos, y mucha gente que quiere adornos extraños para una repisa que los saque de lo moderno".

Cuando la pandemia se los permita, Mey y su compañero planean volver a los viajes para rescatar tesoros olvidados que esperan su segunda oportunidad. "Voy a salir a buscar sillas y sillitas para pintar porque me encantan y con esto aprendí a valorar la cantidad y diseño de los materiales", remarcó.

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Observó que las piezas antiguas tienen una vida útil que supera incluso a las imitaciones. "Ahora se hacen muchas sillas estilo Luis XV pero con otra madera, que no es la que se usaba para ese diseño curvo y por eso se parten; hemos hecho mucha restauración de esas y les tenés que poner una espiga de metal y quedan de adorno, no sirven más para sentarse", detalló.

Destacó que, aunque se trata de su trabajo, "reciclar es muy agradable y uno se siente muy bien porque ponés en valor algo en lo que se destinaron muchas horas, mucho trabajo y material; entonces, volverlo a la vida es un placer".

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