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Meses después, ya cuando habíamos pasado por los cinco presidentes en días, el aplauso al default y el famoso “el que depositó dólares recibirá dólares”, subí a un avión rumbo a Alemania. Pasado el tiempo, volví al país, donde ahora muchos vuelven a alimentar fantasmas de una crisis similar.
Creo que es parte de lo ciclotímica que es Argentina, inmersa en un mundo que ve cómo distintos gobiernos enfrentan los efectos de la pospandemia y una guerra incierta entre Rusia y Ucrania. En el medio, Estados Unidos sufre la peor inflación en cuatro décadas, Inglaterra “despide” a su premier por los escándalos en la cuarentena e Italia, por citar otro ejemplo, se enfrenta a una interna política por el fracaso de la coalición gobernante. Alemania hace malabares ante un posible corte del envío de gas por parte de Putin. ¿Y lo que está pasando en Sri Lanka?
Todo está “movido” en el mundo, y los efectos en la economía globalizada son inmediatos. Y aún más en países endeudados y endebles como el nuestro, donde el dólar informal llegó a rozar los $300, y el futuro depende de si Cristina le atiende el teléfono a Alberto, o si zarandea la arena política con algunos de sus sísmicos discursos que hacen tambalear a más de un integrante del gabinete nacional.
¿Ezeiza es la solución? Yo no lo creo. No obstante, sí es una alternativa para que las generaciones más jóvenes aprendan afuera y vuelvan al país para aplicar cambios -no los del segundo semestre ni la guerra a la inflación-. Acá hay mucho por hacer.