Esta práctica casera que gana popularidad puede resultar clave en la higiene de la cocina. De qué se trata y cómo implementarla.
Presente en todas las viviendas, las esponjas de cocina están envueltas en una paradoja: utilizadas para limpiar, son uno de los elementos más sucios y anti-higiénicos que se pueden encontrar en los hogares. La humedad y los restos de alimentos las convierten en un ambiente propicio para la proliferación de bacterias, hongos y malos olores.
Ante esta situación, existe una práctica casera y sencilla que ayuda a combatir las impurezas y los aromas indeseados: guardar la esponja en el freezer.
Aunque puede parecer extraño, se trata de un métodocada vez más utilizado para mantener estos elementos en mejores condiciones. Y si bien no reemplaza una limpieza profunda, este recurso contribuye a que dure más tiempo y evita que despida olor desagradable.
La lógica detrás de congelar una esponja es simple: las temperaturas bajo cero inhiben o matan a ciertos microorganismos. Muchas bacterias y algunos hongos no toleran la congelación prolongada, que puede dañar sus estructuras celulares y reducir significativamente su viabilidad. Al someter una esponja a temperaturas del freezer, se provoca un estrés térmico en la microbiota presente y se reduce la carga microbiana total.
Entre los principales beneficios de esta práctica se destacan:
Para que este método sea lo más efectivo posible, se recomienda seguir unos paso previos a llevar la esponja al freezer:
Como se remarcó anteriormente, este método no es infalible: la congelación no esteriliza. Algunos organismos pueden sobrevivir y reactivarse al descongelarse. Tampoco elimina suciedad o materia orgánica adherida; solo reduce microorganismos.
Además, si la esponja está muy sucia, puede generar contaminación cruzada dentro del propio freezer. Por ello, es recomendable guardarla en una bolsa o contenedor para evitar contacto con alimentos. Por otro lado, algunas esponjas con componentes muy frágiles o recubrimientos pueden degradarse con la congelación repetida.
Si bien este truco puede estirar la vida útil, se recomienda cambiar de esponja cada una o dos semanas según la frecuencia con que se use. Otra opción es eliminarlas definitivamente y cambiarlas por otras herramientas de limpieza más higiénicas, como paños de microfibra o cepillos de cerdas para lavar los platos.