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La ciencia explicó por qué sentimos que los años pasan cada vez más rápido a medida que vamos creciendo

Cuando se entra en la adultez, se genera la sensación de que el tiempo corre a mayor velocidad. La explicación.

Hay una sensación que muchas personas comparten a medida que pasan los años: la impresión de que el tiempo corre cada vez más rápido. Este fenómeno estudiado por la ciencia se da especialmente en la adultez, cuando el calendario parece cambiar de página todos los días. De pronto, enero se transforma en diciembre y una década pasa sin darse cuenta.

Claro está que los relojes no se aceleran y los días continúan teniendo las 24 horas de siempre. Entonces, ¿por qué sucede esto? Básicamente, lo que cambia es la manera en que el cerebro experimenta y recuerda el tiempo.

La psicología y la neurociencia llevan décadas estudiando este fenómeno y, aunque todavía no existe una única explicación capaz de resolverlo por completo, distintas investigaciones apuntan a una combinación de factores relacionados con la memoria, la rutina, la atención y la manera en la que procesamos las experiencias.

En la vejez, se acelera la percepción de que el tiempo transcurre a una mayor velocidad.

El cambio en la percepción del paso del tiempo, según la ciencia

Un estudio publicado en 2026 y realizado a 120 personas de entre 20 y 91 años encontró que las diferencias relacionadas con la edad aparecían especialmente cuando los participantes evaluaban períodos largos, como una década. Los resultados confirmaron un patrón observado previamente: los participantes de mayor edad tendían a sentir que los últimos diez años habían transcurrido más rápido.

Sin embargo, el estudio encontró algo que cuestiona una de las explicaciones más populares. No fue simplemente que los mayores tuvieran menos recuerdos. De hecho, reportaron recuerdos autobiográficos más vívidos y significativos. Lo que sí apareció asociado con una percepción más acelerada fue una menor capacidad para codificar información nueva, evaluada mediante pruebas de memoria diferida.

Los investigadores plantean así que la capacidad de formar nuevos recuerdos podría ser una pieza importante para comprender por qué ciertos períodos parecen comprimirse al mirar hacia atrás.

Con el correr de los años, el calendario parece pasar mucho más rápido.

La memoria y la falta de experiencias nuevas

Una de las explicaciones más importantes está relacionada con la cantidad de experiencias nuevas que acumulamos y con la forma en que el cerebro las transforma en recuerdos. Durante la infancia, prácticamente todo es novedoso.

Aprender a caminar, ir por primera vez a la escuela, conocer amigos, aprender a leer, viajar, descubrir lugares y enfrentarse a situaciones desconocidas genera una enorme cantidad de experiencias diferentes. El cerebro debe procesar información constantemente y construir recuerdos nuevos.

Con el paso de los años, muchas actividades comienzan a convertirse en rutinas. El trabajo, las tareas domésticas, los desplazamientos habituales, las compras y otras obligaciones suelen repetirse de manera muy similar durante meses o incluso años. Como consecuencia, una gran cantidad de días queda almacenada en la memoria de una forma mucho menos diferenciada.

Este punto es fundamental para entender la paradoja. Mientras estamos viviendo una experiencia nueva, el tiempo puede parecer lento o incluso extenderse, porque estamos prestando atención a numerosos detalles. Sin embargo, cuando miramos hacia atrás, un período lleno de acontecimientos diferentes suele parecer más largo porque podemos recuperar una gran cantidad de recuerdos.

Con los años, el cerebro cambia la percepción del paso del tiempo.

Por el contrario, si durante un año ocurrieron pocas cosas diferentes, al recordarlo puede parecer que pasó rápidamente. No necesariamente vivimos menos tiempo: simplemente tenemos menos acontecimientos distintivos que utilizar para reconstruir mentalmente ese período.

Una sensación que no tiene una respuesta única

La sensación de que la vida se acelera surge de la combinación de varios factores: los años representan una proporción cada vez menor de nuestra vida acumulada, las rutinas reducen la cantidad de experiencias novedosas y la memoria tiende a comprimir períodos en los que ocurrieron pocos acontecimientos distintivos.

Por eso, cuando alguien siente que “el año pasó volando”, no significa que el cerebro esté midiendo mal el reloj. Está realizando otra tarea: reconstruyendo el pasado a partir de los recuerdos que quedaron registrados. Y cuanto más repetitiva y previsible haya sido una etapa, menos puntos de referencia puede encontrar la memoria para darle extensión.

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