Así como el italiano Antonio Pigafetta está considerado el primer cronista que recogió testimonios de la histórica expedición de Hernando de Magallanes cuando dio la vuelta al mundo en 1519, y como varios sacerdotes jesuitas hicieron lo propio en la cordillera patagónica años después, hay una persona de la que poco se conoce que retrató gran parte del territorio neuquino a principios del siglo XX, precisamente dos años antes de que se trasladara la capital desde Chos Malal a la zona de la Confluencia.
Se llamó Gabriel Carrasco, un funcionario nacional que colaboraba con el ministro del Interior Joaquín V. González, pero que además era abogado, poeta y periodista. Este último oficio, heredado de su padre, el fundador del diario La Capital de Rosario, le permitió retratar como nadie el viaje que realizó en 1902 desde el paraje Confluencia hasta Chos Malal. El objetivo no era otro que poner al gobierno al tanto de las novedades de los extensos y casi desconocidos territorios nacionales y realizar sugerencias que sirvieran para contribuir a su desarrollo. Carrasco ya había realizado viajes similares por distintos puntos del país, aunque este en particular, le resultó fascinante.
Esa recopilación de informes enviados a González terminó de convertirse en un libro editado poco tiempo después y que hoy está disponible para todos los neuquinos, gracias al aporte que realizó el historiador Isidro Belver al digitalizarlo y subirlo a su rica y valiosa biblioteca virtual “Neuteca200”.
El relato de Carrasco comienza en la Estación Limay, lugar que se convertiría en la ciudad de Cipolletti, tras 37 horas de viaje en Ferrocarril desde Buenos Aires, el cruce del río para llegar al paraje donde se fundaría la capital neuquina y finalmente la desafiante travesía con un carro, mulas y caballos para terminar cinco días después en Chos Malal.
Apenas llega al Alto Valle, el narrador hace referencia a los embriones de dos ciudades que en pocos años más se convertirán en Cipolletti y Neuquén.
“Dos pueblos se encuentran en formación al extremo de esta línea (de ferrocarril). El de la margen izquierda, que se conoce como Limay, y el de la derecha que se llama Estación Neuquén. El conjunto aquí tiene otro nombre; los vecinos le llaman La Confluencia porque están situados en el punto en que los dos ríos confunden sus aguas para formar el río Negro”, asegura.
Con muchos detalles, el investigador describe la costa del Neuquén, especialmente donde hoy se ubica el Paseo Agreste, el contacto que tiene con los primeros pobladores radicados a ambos lados del curso de agua y los preparativos para el viaje hacia el norte.
“El río, ancho y caudaloso, de rápida corriente y de aguas fúlgidas y límpidas, está cruzado por un grandioso puente”, es una de las primeras descripciones que realiza.
Más adelante detalla cada una de las paradas que tiene que realizar para pasar la noche, retomar las fuerzas y alimentarse, muchas veces gracias a la colaboración que recibe de pobladores o de alguna guarnición militar que encuentra en el camino. También pinta la geografía del territorio, las características que tienen los ranchos y las costumbres de los pobladores y las comidas (por lo general, asados que le invitan).
“Aquí los ranchos son casi todos construidos con postes plantados a pique, con sus intersticios rellenados con paja embarrada; los techos son de palos cubiertos de paja también embarrada;
por lo general, no tienen puertas, o si por excepción, ostentan ese adorno, se diría que es de puro lujo, porque no se cierran nunca. El piso es de tierra y el mueblaje se encuentra construido por los aperos del caballo, alguna mesa, uno o más bancos y algunos utensilios de cocina”, describe.
A medida que va recorriendo los caminos polvorientos hacia el noroeste, Carrasco marca los contrastes que va adquiriendo la geografía cuando llega a Añelo y reconoce lo difícil que es la aventura que emprendió.
“Se presenta a la vista la gran barranca del Añelo, que subimos trabajosamente: de su altura, quizá mayor de un centenar de metros, contemplamos el hermoso panorama del valle que hemos recorrido, que se destacaba como la pintura de un inmenso telón de teatro; por su centro, una angosta línea de agua que serpeaba por las depresiones de las montañas, nos indicaba el curso del río Neuquén, cuya vista abandonábamos para internarnos en los arenales de la travesía que no dejaríamos ya, hasta Chos Malal”, relata.
Después de varias jornadas de un viaje extenuante, con noches que pasa a la intemperie y que también aprovecha para pintar paisajes y cielos estrellados con poesía (“La Cruz del Sur se elevaba majestuosa. Sirio brillaba con los resplandores de un diamante herido por el sol; las nubes de Magallanes se cernían como blancos vapores, y la Bolsa de Carbón mostraba las profundidades del espacio infinito”) Carrasco finalmente llega a Chos Malal donde no solo describe al pueblo que hasta ese momento era la capital del territorio, sino que realiza un profundo análisis socioeconómico que, a su criterio, es necesario corregir. Por caso, recomienda la construcción de mejores caminos que comuniquen a esa región, que lleguen mercaderías de origen nacional que puedan competir con las trasandinas y elabora una serie de medidas para integrar de mejor manera a la población chilena que gran mayoría entre los habitantes norteños. “Atraerán la población, abaratarán la vida excesivamente acara aquí donde se necesita dos meses para recibir una carga desde Buenos Aires; acortarán las distancias porque 100 leguas de pedregales sin agua aíslan más a Chos Malal de Buenos Aires que el Atlántico a París de la capital argentina. ¡Ese es el problema!”, asegura.
En efecto, una buena parte de los informes que envió Carrasco abunda en recomendaciones para que se lleven a cabo políticas que permitan el desarrollo de la región en su conjunto.
“El porvenir de la República Argentina, su riqueza y el poderío del futuro, que hará de ella una de las grandes naciones de los próximos siglos se encuentra, en gran parte, en estos territorios, hoy casi abandonados y desérticos”, destaca el narrador.
“La riqueza súper abunda, aunque sea desconocida para el ojo distraído del ignorante o el haragán”, asegura. Sostiene que todos los recursos que hay (oro, y minería) “están en los territorios del sur, especialmente en Neuquén, pero como se encuentra lejos de las miradas codiciosas y para alcanzarlo es necesario atravesar arenales, buscar agua del subsuelo y pasar muchas privaciones, se deja en el olvido hasta que llegue un hombre de una empresa o un descubrimiento extraordinario de esos que transforman el desierto en un Klondiké, un Transvaal o una California”.
Carrasco también relata que estas zonas tienen “millares de kilómetros cuadrados que, cultivados a favor del riego, abastecerían al consumo de una población inmensa, y le permitiría dedicarse a otro género de explotaciones que constituirían en un futuro una gran riqueza”.
Un comentario aparte merece la falta de integración que el periodista ve en el norte neuquino con los pobladores chilenos que son una amplia mayoría. El enviado del gobierno nacional asegura que si bien todos estos ciudadanos viven en territorio neuquino no tienen apego por el país ya que todo lo que necesitan lo obtienen en los pueblos que se hallan del otro lado de la cordillera.
“Aislados del litoral argentino, desconociendo en absoluto la grandeza de nuestra capital y la importancia de nuestras ciudades, de las que los separa un desierto infranqueable, para ellos, tienen su pensamiento, su comercio, su amor, al oeste de los Andes, que franquean en tres o cuatro días para llevar el producto de su industria y traer lo necesario para la satisfacción de su existencia. Allá se casan, allí llevan a bautizar a sus hijos; allá los conducen para darles la educación que no pueden encontrar entre nosotros y, manteniendo vivo el recuerdo de la patria ausente, se fortifican en el amor de esa patria, que en realidad nada ha hecho por ellos. El día que esa población pueda comunicarse con el litoral, se aflojarán esos vínculos para formarse otros nuevos”, asegura.
Carrasco hace referencia a la imperiosa necesidad de poblar la Patagonia, aunque antes es necesario poner en marcha una serie de obras (caminos, y extensión del ferrocarril, fundamentalmente) que puedan generar una mejor comunicación entre los pueblos para lograr el tan ansiado desarrollo.
“Mientras se necesiten veinte días de penosísimo viaje para llegar a caballo a los confines de Neuquén y tres o cuatro meses y gastos fabulosos para que lo atraviese un carro tirado por mulas, es inútil pensar en el progreso de este territorio”, dice a modo de editorial.
El relato sigue con descripciones de cada lugar que visita, explicando las costumbres de los pobladores y la vida, social, política y económica del territorio. Y en cada párrafo lanza ideas y sugerencias para que el gobierno nacional pongan el foco en este rincón de la Patagonia.
Algunos consejos de Carrasco, evidentemente, fueron tenidos en cuenta por las autoridades que gobernaron el país de allí en adelante, aunque la gran mayoría de las soluciones a los problemas que tenían los habitantes de Neuquén, llegarían desde Buenos Aires muy de a poco y muchos años después.
(El libro de Gabriel Carrasco se puede descargar en la biblioteca Neuteca200, de Isidro Belver) https://sites.google.com/site/neuteca200/home