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De puño y letra: la vida del Mono Salvi en primera persona

En el suplemento aniversario por los 12 años de LM Neuquén, bajo el título "Verde y transparente", el músico hizo un repaso de su vida. Sus padres, sus primeros años, su llegada a Neuquén a mediados de los '80. Una historia imperdible.

Ángel Celestino Salvi y Teodora Rodríguez, mis abuelos paternos, entrerrianos. Descendientes de italianos, vivieron y criaron a sus once hijos (nueve varones y dos mujeres), en un paraje de Entre Ríos, donde “nació pa’el la’o de la ollita camino que va a las guachas, de chico vistió bombachas y cantó la chamarrita; llevando una canastita solían verlo pasar, y lo escuchaban gritar: ‘verdura fresca, señora, al gurí de ‘ña teodora’, que salía a ganarse el pan, y al llegar a los 12 años ya se apilaba a un bagual, baquiano pa’echar un pial, bien mirado entre paisanos.

Su apodo era el entrerriano, cuando fue de alambrador y se hizo caminador buscando otros horizontes, fue buen hachero en el monte y en la esquila, esquilador (una de las primeras obras -chamarrita el gurí de ‘ña teodora- de Rulo, quien se convertiría en el gran poeta que luego tuvo Neuquén)”.

Ángel “Rulo” Salvi (mi querido hermano fallecido en 2007) no encontró mejor forma de describir la infancia de nuestro padre, (amansador de tropillas y alambrador de estancias) que en sus años de mozo, empujado por la escasez y la curiosidad, llegaba a Buenos Aires, en busca de trabajo y un futuro, que encontraría junto a mi madre, Rosa, nacida en Tapalqué, provincia de Buenos Aires, en los años 30.

Nacidos en un conventillo de la calle Cangallo 948, a metros del obelisco, dábamos (mi hermano junto a mí) nuestros primeros pasos.

Tanto para mi madre como para la mayoría de quienes llegaban del interior, la alternativa más continua era trabajar como empleada doméstica, otras veces empapelando paredes y pintando (muy común de la época), y mi padre, como motorman de subterráneos y luego de tranvías en la corporación general de transporte.

Con graves problemas de salud (de mi padre) y ya ambos saturados de la gran ciudad, hicieron que nos mudáramos a Glew, en el conurbano, donde continuamos la primaria en la Escuela 24 Gabriela Mistral, del barrio Parque Roma. Los primeros canillitas del barrio, vendiendo diarios y ayudando en el almacén transcurrió una etapa bastante dura de nuestra infancia, por lo sacrificada y por la rectitud del viejo, motivo por el cual se iría mi hermano de casa, y más tarde yo seguiría sus pasos.

Hoy mirando hacia atrás, uno de los errores más tristes de nuestra vida, a tal punto que la muerte de nuestro padre finalmente nos encuentra a cientos de kilómetros de distancia, en Tucumán. Y ya nada fue igual.

Mi madre, una luchadora incansable, pero tremendamente muy afectada, decide viajar con nosotros al sur, que nos abría sus puertas. Pero una historia muy particular nos permitió conocer ésta, la provincia más linda de la Patagonia, y la que con la calidez de su gente nos permitió soñar un futuro y un mundo mejor. Es por eso que la familia Salvi ya hemos echado raíces aquí.

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Antes vivíamos en Bahía Blanca, donde tuvimos un restaurante llamado La Casona de los Amigos, al que iba a almorzar Miguel Ferri, un correntino venido a Neuquén y cuyo trabajo como vendedor en la vía pública (vendía repasadores para cocina) le permitió comprarse un auto, un Siam Ditella, pero sin saber manejarlo.

Promediando diciembre del 85, a pocos días de la Navidad, me pidió que le manejase el Siam hasta Neuquén, viaje que emprendimos con infinito placer mi querida madre y yo, en años de su plenitud.

Entrando al valle frutal desde la perla del valle hasta el puente carretero que une Cipolletti con Neuquén descubrimos lo bello y próspero de esta región que atraviesa la Ruta 22. Luego de llegar a la ciudad, nos llevó a recorrer las costas del río Limay, del que mi madre y yo quedamos encantados y atrapados por su belleza natural, la de los ceibos arrojando sus flores sobre su cauce y besado por las ramas del sauzal.

Entrar en sus aguas cristalinas y verse los pies a un metro de profundidad, esa pureza venida de vertientes y deshielos de la cordillera, es una invitación a quedarse aquí.

Mi querido hermano Rulo solía decir que el hombre no es de dónde viene, sino de dónde está, y el romance con su río Limay, donde hoy descansan sus cenizas, dieron como resultado hermanarnos a la cultura de este pueblo que nos recibió y alberga desde hace tres décadas.

La gran cantidad de amigos cosechados hablan a las claras del sentido de hospitalidad que nos hacen sentir como en nuestra tierra.

Es el espíritu de solidaridad de los neuquinos el que se destaca entre tantos otros atributos de los habitantes de esta maravillosa y próspera provincia, Neuquén, la que elegimos para vivir, luego de recorrer y permanecer por algún tiempo en otras de este bendito país, este hermoso lugar del mundo.

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