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Pablo Montanaro - montanarop@lmneuquen.com.ar
"Ahora estamos guardados dentro del departamento. Los vecinos del edificio no quieren que nos asomemos apenas al pasillo, si salimos nos van a denunciar", dice del otro lado del teléfono Martha Talero desde su departamento en la ciudad de Buenos Aires. El temor de los vecinos de la única nieta del doctor Eduardo Talero emergió cuando se enteraron de que junto a su marido, de 94 años, habían regresado de Génova, Italia, uno de los países más afectados por la pandemia del coronavirus, con más de 6 mil muertos.
El 3 de marzo la pareja abordó en Buenos Aires el lujoso crucero de la empresa Costa Pacífica con llegada el 21 de marzo a Génova, previa escala en los puertos de Río de Janeiro, Salvador de Bahía, Maceio, Islas Canarias, Málaga, Barcelona y Marsella. "Hasta minutos antes de abordar el barco estábamos en duda, pero cuando escuché al ministro de Salud Ginés González García decir que no había ningún problema con el coronavirus, que lo que más le preocupaba era el dengue, nos dio tranquilidad. Pensamos que el problema era solo en China", explica la mujer a LM Neuquén.
Más de 950 argentinos viajaban en el barco, también había ciudadanos uruguayos, chilenos, franceses e italianos.
El capitán y el titular de la empresa decidieron zarpar del puerto de Buenos Aires sabiendo que la situación en Europa se estaba complicando. Los problemas comenzaron el 8 de marzo una vez que bajaron en la ciudad de Maceio, en Brasil, cuando las informaciones acerca del coronavirus reflejaban que aumentaban los casos de personas que contraían la infección y de muertos.
"Cuando subimos, le pedimos al capitán que diera la vuelta y regresara a Buenos Aires porque la situación en Europa, y más precisamente en Italia, que era nuestro destino, se estaba complicando. Pero no nos escuchó. Decidió seguir y no pegar la vuelta. A partir de entonces todo fue un caos", explica.
Mientras tanto, los pasajeros trataban de olvidarse de la situación con los servicios que se ofrecían a bordo. "Me hacía acordar al Titanic, que mientras se hundía la banda seguía tocando música en la cubierta. Estábamos sanos, entretenidos, alimentados", describe.
La incertidumbre crecía con el correr de los días ya que nadie les daba información sobre hacia donde se dirigían. La desesperación desbordó a los pasajeros cuando se les informó que todos los puertos de España estaban cerrados.
"Cuando llegamos a Marsella, el gobierno francés solo permitió descender a los pasajeros franceses. Luego nos dijeron que partíamos rápidamente rumbo a Génova. Ahí nos agarró la desesperación y la angustia, ni siquiera sabíamos si en Génova había aviones, trenes y encima en Italia crecía el número de muertos", comenta.
Finalmente al llegar al puerto italiano de Génova, fueron recibidos para emprender el regreso a la Argentina. "Contrataron micros especiales desinfectados y nos trasladaron directamente a la puerta del avión, ahí nos tomaron la fiebre y también nos dieron kits, barbijos y guantes", dice Martha. La mujer lamenta que no pudieron bajar en Málaga, "donde mi marido quería visitar Almería, el pueblo de su madre".
Martha Talero destaca la atención que recibieron cuando llegaron a Génova. "Los aviones eran tres chárteres contratados por la empresa Costa Pacífica con tripulación italiana con vestimenta y barbijos especiales. Nos dieron unas bolsas con comida para el viaje, cuestión de no tener ningún tipo de acercamiento a bandejas. Todo el cordón sanitario que armaron fue muy correcto", explica.
Lamenta que una vez arribados a Ezeiza, el domingo pasado, "fue un caos". "Muchísima gente por todos lados. Nos tomaron la fiebre. Había una cola de tres horas para esperar un taxi. Un caos", describe.
Martha Talero destaca la atención que recibieron cuando llegaron a Génova. “Los aviones eran tres chárteres contratados por la empresa Costa Pacífica con tripulación italiana con vestimenta y barbijos especiales. Nos dieron unas bolsas con comida para el viaje, cuestión de no tener ningún tipo de acercamiento a bandejas. Todo el cordón sanitario que armaron fue muy correcto”, explica.
Lamenta que una vez arribados a Ezeiza, el domingo pasado, “fue un caos”. “Muchísima gente por todos lados. Nos tomaron la fiebre. Había una cola de tres horas para esperar un taxi. Un caos”, describe.