Con zanahoria, especias y un glaseado casero de naranja, esta torta esponjosa es ideal para la merienda o como postre, acompañada de crema o helado.
La carrot cake es uno de esos clásicos pasteleros que logró instalarse en cafeterías de todo el mundo, aunque pocos saben que sus raíces son mucho más antiguas de lo que parece.
Con la zanahoria como protagonista, preparar una en casa no tiene secretos: con ingredientes simples y algunos trucos se consigue un bizcochuelo húmedo, aromático y con un toque cítrico que la hace irresistible.
Lavar, pelar y rallar finamente las zanahorias. En un bowl, combinarlas con el azúcar, los huevos, el aceite, la ralladura de naranja, la esencia de vainilla y la canela. Mezclar sin batir demasiado y luego incorporar la harina y las nueces. Si no se usa harina leudante, es el momento de sumar el polvo de hornear.
Enmantecar y enharinar una tartera, o forrarla con papel manteca, y volcar la preparación. Llevar a horno precalentado a 160°C durante aproximadamente 1 hora, controlando la cocción con un cuchillo: si sale limpio al pincharla, la torta ya está lista.
Mientras la torta se enfría un poco, mezclar el azúcar impalpable con el jugo de media naranja hasta lograr una consistencia cremosa, sin que quede demasiado líquida. Se puede guardar en la heladera cubierta con film hasta el momento de usarla. Se aplica sobre la torta todavía tibia, aunque también puede utilizarse como un almíbar para bañarla directamente.
La carrot cake tiene antecedentes que se remontan a la Edad Media, con los "puddings de zanahoria" ingleses del siglo XVI, que combinaban esta hortaliza rallada con especias y frutos secos. Durante la Segunda Guerra Mundial, el racionamiento de alimentos impulsó su popularidad en Estados Unidos, ya que la zanahoria permitía endulzar las preparaciones cuando el azúcar escaseaba. Con el paso del siglo XX se transformó en la torta esponjosa que conocemos hoy, coronada con frosting de queso crema, nueces, pasas y especias.