Después de casi dos décadas en la gastronomía, Patricia Radeland volvió a su ciudad natal y abrió El Regreso, que apuesta por la simpleza bien hecha.
Patricia Radeland tenía 17 años cuando se fue de Junín de los Andes. Volvió muchos años después con una idea clara: “sentía que Junín necesitaba mejor gastronomía, había que creer en el pueblo” . Después de casi dos décadas en la cocina profesional, entre hoteles y restaurantes donde llegó a ser jefa de cocina, decidió instalarse nuevamente en su ciudad natal y empezar de cero.
Así nació El Regreso, primero como una pastelería de take away y luego, hace pocos meses, como cafetería en una esquina de la plaza principal. El local, todo vidriado, fue pensado casi como una escena abierta según relata Patricia: “decimos que es una pecera hermosa, donde la gente se sienta a mirar y a ser vista”. En ese punto del centro, el proyecto empezó a crecer rápido y a convertirse en un nuevo punto de encuentro del pueblo.
El cambio de rumbo llegó con la maternidad. Patricia recuerda ese momento como un quiebre: “bajaba el sol y me daba desesperación de querer estar en mi casa con mi hija”. Fue entonces cuando empezó a mirar la pastelería, una pasión que venía de la infancia, aunque no siempre con buenos resultados: “cuando era chica hacía recetas en casa y la mitad no salían”.
Con el tiempo, la formación como chef y la práctica constante le dieron otra seguridad. Empezó a producir desde su casa en Bahía Blanca, vendiendo a heladerías y restaurantes, hasta que el emprendimiento creció más que su trabajo fijo. “llegó un momento en que el emprendimiento superó al trabajo en demanda y en facturación, y me tiré a la pileta”, resume. A partir de ahí, la decisión fue total: dedicarse solo a la pastelería.
El regreso a Junín fue una apuesta compartida con su pareja, Germán. “él me decía venite a Junín, que Junín es hermoso”, recuerda. Y la decisión terminó de consolidarse con una idea que atravesaba todas sus visitas: el potencial del lugar. “Junín necesita mejor gastronomía, hay que creer en Junín”, insistía.
La respuesta del público fue inmediata y emocional. “la gente venía y te decía gracias, no voy a comprar nada, solo quiero felicitarte por apostar al pueblo”, cuenta. Ese acompañamiento impulsó el crecimiento del equipo, que pasó de tres a diez personas en pocos meses.
La propuesta de El Regreso se basa en una idea directa: frescura y simpleza. “es una pastelería clásica que hace tortas simples, bien logradas”, define Patricia. Lemon pie, torta Balcarce, medialunas de manteca, roll de canela y scones de parmesano forman parte de una producción diaria que no negocia calidad ni tiempos.
Uno de los sellos es la torta del día, pensada para evocar sabores de infancia: “queremos que recuerde a las tortas de cumpleaños cuando éramos chicos”. La lógica es clara: todo se hace en el día, sin acumulación ni congelados. “buscamos que esté recién horneado, como algo hecho en tu casa”, resume.
Junín de los Andes suele ser una ciudad de paso hacia la ruta de los Siete Lagos. Pero para Patricia, vale la pena detenerse: “el centro es la plaza, y en una de esas esquinas estamos nosotros”. Allí, entre ventanales abiertos y mesas sobre la vereda, El Regreso se convirtió en un espacio donde el pueblo se mira distinto, más lento, más atento. Y donde una decisión personal terminó transformando una esquina entera.