Una combinación simple y fresca para despedirse de la ensalada de siempre: verde amargo, fruta dulce, semillas tostadas y un queso azul artesanal.
Primavera en una heladera casi vacía. Un atado de rúcula, media pera que unos días atrás todavía estaba verde y ya llegó a su punto, un pedazo del queso que elabora Mauricio Couly en su quesería y un puñado de semillas de quinoa tostadas alcanzan para armar un plato que se aleja bastante de la ensalada de todos los días.
Con pocos elementos sobra. Sin vueltas, algo fresco, simple y natural que convence tanto al paladar más exigente como al más sencillo. El amargor de la rúcula se cruza con la dulzura de la pera, un juego ácido y dulce que mantiene despierta la boca. El queso, en trozos, azul, de textura firme y ciento por ciento leche de vaca, sacude el conjunto, y la lluvia de semillas de quinoa tostada termina de convertir al plato en una fiesta de texturas.
El aceite de oliva de calidad no puede faltar.
Una receta para repetir entre semana o para una juntada con amigos. Se come directamente desde la ensaladera.
Lavar y secar bien la rúcula, quitarle los tallos y disponerla en un plato. Cortar la pera en láminas finas e incorporarla. Sumar los trozos de queso azul y esparcir las semillas tostadas por encima. Condimentar con sal y aceite de oliva. Las semillas se pueden reemplazar por frutos secos.
El primer paso es hidratar las semillas: dejarlas en remojo en agua durante 20 minutos. Después escurrirlas, enjuagarlas bien bajo la canilla y volver a escurrirlas.
Calentar una sartén con unas gotas de aceite e incorporar la quinoa ya escurrida. Revolver durante 20 minutos sin que llegue a quemarse; en el proceso, algunas semillas van a explotar. La clave es no pasarse de tueste.
Lo que sobra se guarda en un frasco: rinde para varias preparaciones.