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De un momento a otro, Pablo Moyano se hundió en el humo negro que salía de un salón de la Escuela 144. Había “quedado ciego”, pero continuaba gritando en uno de los pasillos buscando algún sobreviviente, mientras escuchaba a su hijo que le pedía por favor que salga, porque iba a volver a explotar.
Actuó por inercia. Al escuchar el estallido, fue el primero en ingresar al colegio a dar una mano. Cruzó la calle y entró por la puerta principal, que da a la plaza central de la localidad, y vio a sus compañeras en shock, en la zona del comedor. Él, además de ser vecino, es uno de los auxiliares de servicio.
Al conocer la escuela, fue directo desde donde salía el humo. Era en la parte trasera. Corría y pedía a gritos, si había alguien vivo. Mientras lo hacía, otra de sus compañeras se escapaba de las llamas por la ventana trasera, pero él no lo sabía. Buscaba con los ojos cerrados que "todo esté bien".
El fuego avanzaba desde atrás de la escuela hacia la parte de las aulas. En el pasillo, le confirman lo peor. El tercer operario le dice que dentro del albergue había dos compañeros suyos que todavía no salieron. "Intenté, pero era imposible acercarme más", dijo, al salir del edificio y ver a todo el pueblo con baldes y botellas intentando contener las llamas.
Ahí, cuando observó al centenar de vecinos rodeando la escuela, se dio cuenta la magnitud de lo ocurrido. “Fue terrible, las imágenes que tenemos en nuestras retinas será dificil borrarlas”, apuntó. Es que no solo Pablo está sufriendo una tos seca producto del humo que aspiró, sino que en su cabeza se repite a todo momentos dos imágenes: “La de operarios una vez que se apagó el fuego, y la docente que caminó esos 50 metros con el 70 por ciento de su cuerpo quemado”.
Se pregunta si había algo más para hacer y responde resignado: “Hicimos lo que pudimos. Ante semejante tragedia, ¿qué más podíamos hacer? Es lamentable”.
Pablo tenía una licencia laboral por un problema personal y el lunes se iba a reincorporar a su trabajo. No escuchó que hubiera inconvenientes con las conexiones de gas, ni “ningún otro desperfecto”.
“¿Qué me hubiera pasado si yo hubiera estado ahí? O peor, ¿qué hubiera pasado si estaban los chicos en la escuela en ese momento?”, se pregunta una y otra vez, mientras se intenta poner en el lugar de la familia de las víctimas: “Imaginate, esta gente que vino de trabajar tan lejos y vuelven de esta manera…. es terrible”.
Si bien Pablo no conocía a ninguna de las víctimas, le duele la empatía. Las preguntas le quitan el sueño y expresa el dolor de la localidad: “No los conocemos, o casi nadie de acá saben quienes son, pero al fin y al cabo son seres humanos. Tienen familia y nos ponemos en ese lugar”.
Pablo tampoco llegó a conocer a Mónica Jara, la docente que está luchando por su vida. El día de la explosión, había dado la primera clase presencial de su carrera como maestra de grado.
Durante el último año y medio, estaban reconstruyendo esta escuela, ampliando y dando el servicio digno para los chicos. “Se luchó tanto y mirá cómo terminó la escuela. Esto también duele, pero vamos a salir adelante”, concluyó Pablo.
(*) Enviados especiales: Alvaro Nanton-Sebastián Fariña Petersen-Sebastián Perello