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Explosión en Aguada San Roque: la docente que esperaba ansiosa su primera clase

La maestra Mónica Jara tiene el 70% de su cuerpo con quemaduras. Su vida repite muchas de las historias de los alumnos del IFD.

El día de la explosión, Mónica Jara dio la primera clase presencial de su carrera como maestra de grado. Por primera vez se paró del otro lado del escritorio, bien cerca del pizarrón, y afrontó los rostros sonrientes de sus primeros alumnos de sexto y séptimo grado. Al mediodía, los despidió con su primer "¡Hasta mañana!", sin pensar que esa iba a ser su única clase en mucho tiempo.

Mónica tiene 34 años y nació en Barda del Medio, en Río Negro. Allí vivió su infancia, muy apegada a su hermano y a su mamá. Además del amor por la docencia que dejó traslucir después, siempre fue fanática del fútbol, y jugó en dos equipos de esa localidad rionegrina: Dique y La Redonda. El último era el equipo de una cancha de césped sintético en donde hizo rodar la pelota por hobby años después, cuando ya había dejado las competencias.

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Sus amigas hablan de su carácter alegre y sus arranques solidarios. Pero destacan, sobre todas las cosas, una fuerza de empuje que la llevaba siempre adelante, y que la hacía acumular sacrificios y resignar horas de sueño en busca de un futuro mejor.

Madre de dos niñas pequeñas y ya viviendo en Contralmirante Cordero, la joven siempre recibió el apoyo de su pareja para continuar su formación. Mientras él cumplía con su trabajo como chofer para llevar un sustento a la casa, Mónica viajaba al Instituto de Formación Docente N°9 de Centenario para cursar sus estudios y convertirse en maestra de escuela.

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"Tuvimos un año muy difícil a partir de la pandemia, porque nuestras estudiantes no podían hacer las residencias y prácticas finales para graduarse", explicó Araceli Enrique, directora del IFD N°9. En ese contexto, el centro educativo tuvo que adaptarse a los nuevos tiempos y cambiar la observación de clases en las escuelas por procesos de reflexión sobre la práctica docente.

Mónica, junto a sus compañeros de Residencia II, realizaron una investigación sobre las condiciones del trabajo docente, denunciando muchas de las carencias que atraviesan los educadores en las instituciones educativas, pero sin llegar a sospechar que ella misma se convertiría en una víctima más de la falta de inversión en infraestructura y mantenimiento.

"Si bien ella completó sus estudios en abril de 2021, la consideramos una graduada de 2020, porque los últimos trabajos se atrasaron a causa de la pandemia", dijo Araceli. Mónica se graduó en abril y en mayo regresó al IFD para recibir su certificado de título trámite, apurada por habitar las aulas y dar los primeros pasos en su carrera como maestra.

Desde el gremio docente ATEN aclararon que la seccional de Centenario la ayudó a completar los pasos de la inscripción en línea para acceder a su primer puesto en la docencia. Como muchas otras colegas, aceptó una suplencia en una escuela lejana con el objetivo de ganar experiencia y abrirse paso en el mundo educativo. "Muchos comienzan primero con una suplencia y después buscan un cargo interino, que son horas cátedra que no tienen un titular y que pueden tomar otros docentes", explicaron desde el gremio.

El 18 de junio, la joven maestra accedió a su primera suplencia: le tocaba enseñar a los estudiantes de sexto y séptimo grado de la escuela albergue de Aguada San Roque. En sus primeros días de trabajo, se adaptó a la modalidad virtual, pero estaba ansiosa por comenzar la presencialidad para conocer la escuela por dentro y ponerle un rostro a los nombres que veía conectados en las clases de Zoom.

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Desde el gremio aclararon que la joven aún no terminaba de completar todos sus papeles, por lo que no saben si ya tenía habilitado su acceso a la obra social de la provincia. Ella no tenía trabajos previos: antes de dar clases se había dedicado a la maternidad.

En la escuela albergue hay tres maestras de grado, tres celadores y cuatro profesores de clases especiales, como música o educación física. Este equipo de 10 personas es responsable de la educación de un total de 40 niños: 15 viven en Aguada y otros 25 habitan en otros parajes y se quedan a dormir en la escuela durante la semana. Sin embargo, al momento de la explosión, el servicio de transporte escolar estaba suspendido por fallas mecánicas, por lo que no había niños durmiendo en el establecimiento.

El lunes pasado, cuando uno de los colegas de Mónica dijo que regresaría a la escuela para dictar clases presenciales, la joven se propuso primera para acompañarlo, sin disimular sus ansias por empezar su carrera educativa en un edificio con ladrillos y puertas, en lugar de la pantalla de su computadora. Durmió su primera noche en el albergue, justo antes de su primera clase presencial.

Después de recibir a los pocos niños del ciclo superior que llegaron ese martes a la escuela, Mónica acompañó a dos operarios que debían revisar el estado de los calefactores en un área que estaba en ampliación. Eran las 14.30 y la escuela explotó. El fuego mató a los dos operarios y dejó el 70% del cuerpo de la mujer cubierto de quemaduras. La directora, también presente en el lugar, entró en estado de shock.

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Para Araceli, la historia de Mónica es la de muchas de sus jóvenes estudiantes: mamás solteras o en pareja que viven en localidades cercanas y que combinan la maternidad con los viajes al IFD para procurarse un futuro mejor a través de un cargo en la educación pública. Recién graduadas, consiguen suplencias en escuelas neuquinas o rionegrinas, muchas veces en parajes alejados. "Teníamos pensado verla pronto, para darle su diploma", explicó sobre la joven que, en el apuro de dar clases, había comenzado a ejercer apenas con un certificado de título en trámite.

Los obstáculos que sorteó la maestra también son un calco de otras dificultades que atraviesan los 500 estudiantes del IFD. Muchos no tienen computadora o tienen una sola que comparten con sus hijos, que también tienen que estudiar de manera virtual. Hay otros que no tienen datos de Internet o que buscan huecos imposibles en sus rutinas laborales y de crianza para poder estudiar. Y todos buscan lo mismo: una oportunidad en el sistema educativo para acceder, de una vez por todas, a un trabajo que imaginan estable y seguro. Allí, quizás sin saberlo, se exponen a riesgos distintos.

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