Eran las 4:30 de la madrugada del 24 de junio de 2013, el termómetro marcaba 3 grados bajo cero en la capital neuquina. Elvio “Giovani” Llanquileo (28), un joven forajido rionegrino con rostro de bandido rural, caminaba al acecho por el barrio Mariano Moreno, ubicado en la zona este de la ciudad. El rigor del frío se hacía sentir, por lo que Giovani andaba con un gorro de lana y llevaba una mochila con una barreta y una pinza que lo ayudaban a sortear todo tipo de aberturas.
No andaba descuidado, nunca, jamás, porque sobre su cabeza pesaban varios pedidos de captura. Cargaba, como de costumbre, dos armas de fuego gracias a una sobaquera doble que encontró durante un robo a una vivienda hacía un tiempo. Consigo llevaba también una Magnum 357 para asuntos pesados y una Colt 38 que usaba para asaltos rápidos.
Esa madrugada, el Giovani, que andaba a la deriva, fue sorprendido por un móvil policial cuando intentaba abrir la puerta de un Fiat 147. Para no levantar la perdiz, fingió que era su auto y luego saltó la reja de una casa ubicada en Luis Agote al 300 en el barrio Mariano Moreno.
Desde el porche de la casa, el Giovani les dijo a los policías que vivía ahí. Los oficiales Enrique Painenao y José Mardones casi compran la historia, pero algo no les cerraba; ese defecto profesional de siempre andar sospechando.
Esperaron unos segundos y Llanquileo giró, pretendiendo ingresar a esa casa como fuera para sacarse “a los cobani” de encima, pero rebotó contra la puerta cuando intentó abrirla.
En ese segundo, se desvaneció la historia y todo cambio para siempre. Los policías le dieron la orden de alto y le pidieron que se arrojara al suelo. El Giovani se atrincheró y se negó a ceder terreno.
La escena era tensa y los policías ya habían desenfundado las armas y las tenían en las manos.
Llanquileo era un delincuente impulsivo cuyo fuerte eran los robos con arma y siempre andaba con dos.
Le repitieron la orden de tirarse al suelo, pero a Llanquileo nunca le fue bien con eso de hacerle las cosas fáciles a la Policía, ya se había tiroteado con un oficial en Roca y tenía varias fugas en su haber.
Sin muchas alternativas de escape, el joven apostó su suerte a sus armas. ¡Vaya fe tenía el Giovani en su habilidad con las armas!
Con la decisión tomada y la adrenalina que bullía en su sangre, empuñó la Magnum 357 con una mano y la Colt 38 con la otra. Respiró hondo varias veces, ese bufido que emitía parecía un mantra por el cual se daba aliento.
Los policías le repitieron la orden de tirarse al suelo y él, cual forajido, gritó: “No me tiro nada, policías hijos de puta”. Y saltó a la vereda disparando a dos manos. Alertas, los policías repelieron la agresión.
Las detonaciones del fuego cruzado despertaron a todo el barrio, los primeros en asomarse vieron tres cuerpos en la calle.
Al Giovani seis proyectiles le atravesaron el torso y, antes de morir, advirtió que al menos les había dado. Sin aliento, desde el suelo su cuerpo emanaba vapor.
Painenao tenía una herida en una pierna a la altura de la ingle y se hizo una suerte de torniquete para frenar el sangrado. Lo ayudó Mardones, a quien el chaleco le frenó dos proyectiles que le podrían haber costado la vida.
El chofer del móvil policial lanzó la alerta al comando: “Oficiales heridos”. En cuestión de minutos llegaron un par de ambulancias para trasladar a los policías al hospital. Y la cuadra fue invadida de móviles y agentes de policía.
El Giovani cayó en la suya. Al revisarlo, encontraron en su billetera una citación judicial que tenía para ese mismo día por la tentativa de homicidio del policía de Roca. ¡Qué ironía!
“Sabía que existía una fuerte presión, pero había una situación de urgencia con resultado de muerte, por lo que debía ser prudente para tomar una resolución”, dijo Cristian Piana. Juez del caso
“Fue todo muy rápido. En ese momento reaccioné en cumplimiento de mi deber. Mi vida estaba en peligro, porque apareció con las armas y disparando”, dijo Enrique Painenao. Policía que resultó herido en el tiroteo
Conmoción
Los dueños de la casa a la que había querido entrar el Giovani estaban en shock. Habían escuchado el diálogo y luego las detonaciones, incluso llegaron a temer por sus vidas. No sabían qué podía pasar si la puerta se abría, pero para suerte de ellos eso no ocurrió y el susto con el tiempo se convirtió en una anécdota que seguramente les contaran a sus nietos.
Al matrimonio le quedó grabado el olor a pólvora quemada, además en cuestión de minutos su casa fue rodeada por policías, funcionarios judiciales y medios alarmados por la trágica escena.
El fiscal Horacio Maitini llegó a las 6, la temperatura había bajado unos grados más y por delante tenía que resolver una compleja escena del crimen.
Vale aclarar que en Neuquén siempre que hay un enfrentamiento que termina con una persona muerta por una bala policial, la sospecha recae sobre los uniformados. Esa presunción tiene sus fundamentos en varios casos de gatillo fácil que han tenido repercusión nacional, entre ellos el de Teresa Rodríguez y el del docente Carlos Fuentealba.
Desde un principio, la versión que se brindó del hecho fue que se había tratado de un enfrentamiento donde el delincuente se resistió y en medio del tiroteo cayó.
Más allá de los dichos que dio la Policía, lo que daba mayor sustento a esa versión era la ratificación de los dueños de casa que escucharon todo.
No obstante, el juez de instrucción Cristian Piana debía tener muy claros los elementos para tomar una decisión, por lo que de manual ordenó la detención de ambos policías.
Mardones fue trasladado al cuartel de bomberos y Painenao quedó con custodia en el Policlínico mientras los médicos le realizaron una cirugía y lo estabilizaron.
Under pressure
Piana recordó: “Fue un caso en el que hubo mucha presión por la repercusión que tomó. Yo en ese tiempo tenía entre 24 y 48 horas para indagar a los policías y después podía tenerlos detenidos 10 días hasta resolver”.
Así funcionaba el viejo código. Hoy las resoluciones se toman en 24 horas, tema que genera algunas discusiones porque a veces es poco tiempo para sumar los elementos necesarios que justifiquen una acusación o prisión preventiva.
Pero por ese entonces, el tema quemaba en el escritorio de Piana, que era docente en la Escuela de Policía.
Con las primeras luces del día, el gobernador Jorge Sapag salió a hacer declaraciones públicas sobre el episodio tras tomar conocimiento de que el juez había ordenado la detención de los policías.
Sapag habló “del valor, el arrojo y heroísmo” de los efectivos policiales. Afirmó que no era necesario que los detuvieran, aclarando que era “respetuoso de las decisiones del Poder Judicial”, y concluyó: “Los actos de funcionarios públicos, en este caso los policías, gozan de presunción de legitimidad. Con la detención pareciera que se presupone otra cosa”.
A la distancia, Piana confesó: “Sabía que existía una fuerte presión, no estaba absorto de ello, pero había una situación de urgencia con resultado de muerte, por lo que debía ser prudente para tomar una resolución. Solicité una serie de informes a balística que fueron entregados con cierta premura, algo que no solía darse en todos los casos”.
Para Piana, se descartaba que las armas policiales eran aptas para el disparo. Por lo que aguardó el informe de las armas del Giovani, que resultaron estar aptas para el disparo y se confirmó que los proyectiles que impactaron en el chaleco y la bala que hirió a Painenao habían salido de las armas del ladrón abatido.
Tras tomarles declaración a los policías, los liberó a disposición de la causa y finalmente fueron sobreseídos por una legítima defensa.
“Uno sabe que por el rol que ocupa siempre van a existir presiones, lo que hay que saber hacer es manejarlas. Yo en ese caso necesitaba tener la certeza de que en ese enfrentamiento los policías repelieron la agresión. Cuando estuvieron los elementos, ordené que los liberaran”, aclaró Piana, que echó por tierra los rumores de que hubo llamados políticos a su despacho.
Por su parte, Painenao confió al diario tras recuperar la libertad: “Fue todo muy rápido. Reaccioné en cumplimiento de mi deber. Mi vida estaba en peligro”.
Luego aclaró: “Solo pienso en recuperarme y lo único que quiero ahora es ir a casa. Tengo deseos de volver a trabajar porque me gusta lo que hago”.
De robos y fugas
Llanquileo siempre estuvo asociado al delito, pero era un solitario. Los robos con arma y los enfrentamientos que figuran en su prontuario los cometió en completa soledad.
Nadie pudo explicar si fue porque era mal llevado o porque prefería arriesgar el pellejo por su cuenta sin depender de nadie que le complicara el trabajo y, llegado el caso, la huida.
El Giovani forjó su escueta fama a fuerza de robos y un enfrentamiento contra un policía de la Comisaría Tercera de Roca. Ese episodio ocurrió el 12 de enero del 2012. El efectivo salvó su vida gracias al chaleco y finalmente logró detenerlo. Por ese acto de servicio, el policía recibió una distinción y un ascenso.
Al Giovani le valió descender a los infiernos carcelarios de Río Negro, que no le resultaron para nada tortuosos.
Al parecer, las cárceles de Río Negro son un queso gruyere, están llenas de agujeros por todos lados y de penitenciarios habidos de sacar tajada de todo tipo de propuesta.
En mayo de 2012 se fugó del penal 2 de Roca. Los trabajos de búsqueda y captura se extendieron casi por un mes, y cayó después de concretar en Villa Regina un raid delictivo de tres robos. Pese a que fue puesto de nuevo tras las rejas en la localidad, el astuto ladrón no estuvo ni cuatro meses preso y volvió a la calle en condición de prófugo.
En enero de 2013, lo recapturaron en la toma La Alameda de Cipolletti. Para ahorrarse el viaje, la rionegrina lo instaló directamente en la unidad penal 5, en el límite con Ferri. Pero el 3 de febrero, concretó una fuga con tres delincuentes más con la ayuda de un celador.
Llanquileo entendió que en Río Negro tenía contados los días, por lo que se cruzó a Neuquén, donde cometió un par de hechos.
Con menos de 30 años, el Giovani andaba de robo en robo, siempre jugando al filo. Creen que ese vértigo se lo daba el consumo de drogas, porque no estaba metido en grandes golpes aunque sí eran hechos bastante frecuentes.
Instalado en Neuquén, arrancó robando y al poco tiempo la Policía lo detuvo. Ya en esa detención demostró que no era un cristiano manso.
Personal del Grupo Recaptura del departamento de Delitos de Neuquén lo observaron caminando a fines de marzo de 2013 por las calles Cerro Bandera y Catriel en Cordón Colón.
Cuando se acercaron a identificarlo, se hizo pasar por Ezequiel González, pero no pudo sostener el engaño porque no tenía documento.
Estar prófugo y sin un documento, aunque sea robado, es una debilidad que se paga cara en el mundillo criminal.
Un efectivo lo reconoció por la alerta que había enviado la Policía rionegrina y ahí fue que el Giovani entró en acción. Le intentó sacar el arma a uno de los agentes mientras giraba y le daba un cabezazo al otro, pero finalmente lograron reducirlo.
Mientras le hacían la revisación médica de rigor, insistió con que estaban equivocados y al profesional le pidió que lo ayudara porque lo estaban confundiendo con otra persona, que él en realidad se llamaba Ezequiel Gómez.
Pero a la hora de identificarlo y comparar los registros enviados por la rionegrina, el Giovani recobró su identidad y fue trasladado a la Unidad 11 ubicada en el Parque Industrial.
Luego fue notificado de la citación por el intento de homicidio del policía de Roca y tras unos días lo dejaron en libertad en Neuquén, aventura que concluyó la madrugada del 24 de junio.
3 fugas tenía en Río Negro en pocos meses.
Se había fugado de la cárcel de Roca, de Villa Regina y de Cipolletti en solo siete meses. Luego se corrió para Neuquén, donde fue detenido y luego liberado tras ser notificado de una causa.
6 tiros recibió el Giovani en su fallido intento de fuga.
Llanquileo abrió fuego primero, hirió a Painenao y le dio dos tiros en el pecho a Mardones que, de no haber sido por el chaleco, no la cuenta. Los seis tiros el Giovani los recibió en el tórax.
Cargar con un muerto
Los policías neuquinos que participaron del tiroteo siguieron con sus carreras y arrastran el trauma de cargar con una muerte que los marcó.
En la Policía neuquina, en los 25 a 30 años que dura la carrera, las posibilidades de participar de un enfrentamiento armado son muy reducidas.
“No ingresan pensando que van a matar ladrones. Cuando ocurre un hecho como este, sufren lo que se denomina estrés postraumático, que luego se ve atenuado con el tiempo y con conductas evitativas como no hablar de eso o incluso no pasar por el lugar donde se produjo el enfrentamiento”, explicó un especialista.
Esa situación fue por la que transitaron los policías cuyas vidas estuvieron en peligro por lo que debieron reaccionar disparando. Es decir, estuvieron en esa zona límite donde se debe tomar una decisión esencial: matar o morir.