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Luis Alberto Tello, el mendocino que se convirtió en el primer violador en serie de Neuquén, fue capturado casi por azar y condenado a 13 años de prisión por violar a cinco nenas entre diciembre de 1997 y marzo de 1998 (ver primera parte). Su perfil criminal es el de un psicópata sexual, con rasgos de paidofilia y componentes sádicos agresivos. Se desaconsejaron sus salidas transitorias, pero luego lo dejaron salir con libertad condicional pese a las serias advertencias de los especialistas y el sátiro de la bicicleta volvió a las calles en diciembre de 2006.
Tras los muros
Una vez detenido y condenado, Tello fue enviado a la U12 en el barrio San Lorenzo. En ese entonces, a esa unidad se la conocía como la cárcel de los violadores, ya que el sistema penitenciario había tomado la decisión de tener a estos delincuentes separados de la población penal estándar para evitar incidentes.
Los violadores, en especial los de niños, están en la parte más baja de la escala social carcelaria de acuerdo con los códigos que se manejan en el mundo tumbero, por lo que si se mezclan con el resto de los internos sufren agresiones y abusos con frecuencia.
Fuentes judiciales y policiales recuerdan a Tello como un típico preso por delito sexual. Callado, cabizbajo, solitario y evitaba sostener la mirada en cualquier charla.
Con 24 años ingresó a la cárcel y estuvo en el pabellón 3 de la U12. Su pareja y sus cuatro hijos jamás fueron a visitarlo. El dato que trascendió, complejo de constatar, es que se quitaron el apellido de su padre.
Alguna que otra vez fue su mamá, que era empleada doméstica. Lo visitaba los sábados, pero las requisas la incomodaban y dejó de ir.
Típico de los presos, Tello acusaba pérdida del sueño y un estado de alerta constante.
Cuando estaba por cumplir la mitad de la condena, rindió libre un par de materias del secundario y participó de un taller de artesanías. Había manifestado querer estudiar en la Universidad Nacional del Comahue, pero era algo más discursivo que real.
Durante un par de años estuvo yendo al servicio de Salud Mental una vez por mes. Para avanzar con el tratamiento, es necesario que la persona reconozca la autoría de los hechos. Tello lo hizo, pero no se hacía cargo de la responsabilidad. Es una actitud típica de los pederastas, que desplazan hacia la víctima la responsabilidad y ellos no consideran que esté mal lo que hicieron. De hecho, carecen de culpa.
Pese a todo esto, le denegaron el beneficio de las salidas transitorias porque el riesgo de reincidencia era elevado.
Lo cierto es que una vez cumplidos los dos tercios de la pena, que se agotaba en marzo de 2011, el 1° de diciembre de 2006 le dieron la libertad condicional a pesar de que los informes criminológicos lo desaconsejaban e insistían en el peligro que representaba Tello para la sociedad.
Le dieron la libertad condicional en 2006 y a los 36 días volvió a atacar. Utilizó el mismo modus operandi que a fines de la década del 90.
Libre y peligroso
Los especialistas lo advirtieron, los jueces no escucharon y así el sátiro de la bicicleta volvió a las calles siguiendo el camino que establece la progresividad de la pena según la ley 24660.
De acuerdo con los informes, se dejó en libertad a un psicópata sexual que no había demostrado ninguna mejoría más allá de las sesiones que tuvo en Salud Mental.
“Era una bomba de tiempo este tipo en la calle”, recordó una fuente que estuvo vinculada al caso en su momento.
Ni siquiera las familias de las víctimas, de 1997 y 1998, sabían que había vuelto a estar libre. En su transitar por las calles, Luis Alberto Tello hacía un casi imperceptible “tic-tac” y el 6 de enero de 2007, el Día de Reyes, la bomba estalló.
Volvió al cazar
Los días que estuvo en libertad, Tello se aseguró que recorrer la ciudad y reorganizar en su memoria qué cambios había sufrido el Neuquén donde él acechaba a fines del milenio pasado.
El área donde más cómodo se sentía era el oeste neuquino; lo conocía como la palma de su mano y allí cazaría nuevamente.
Fue todo muy de manual. Se acercó en su bicicleta hasta un grupo de niñas que jugaban en el parque de Unión de Mayo. Mediante un ardid, alejó a la nena de 6 años del grupo y luego la subió a su bicicleta. Unos vecinos del sector vieron la escena, pero creían que era el padre de la pequeña. Lo cierto es que Tello se llevó a la nena hasta un descampado de Avenida del Trabajador y Doctor Ramón, detrás de un templo evangelista, y abusó de ella de la misma manera que había hecho con sus víctimas anteriores.
Una vez abandonada, la niña llorando y sangrando fue asistida por dos mujeres en el templo evangélico de calle Rufino Ortega. Tras contarles lo que había ocurrido, dieron con sus padres y la víctima fue trasladada al hospital Heller, desde donde la derivaron al Cuerpo Médico Forense. Una médica estableció que había lesiones propias de un intento de abuso que no se había logrado concretar. Se sospecha que la nena comenzó a gritar y Tello huyó. Además, los estudios bioquímicos realizados a las prendas de la niña no pudieron hallar rastros de semen.
En la entrevista realizada en Cámara Gesell, la niña logró contar que había vivido “algo feo”, pero no dio tantos detalles como sí los brindó en su momento en Atención a la Víctima. Es lógico, y esto lo explican los especialistas, que víctimas tan chicas retraigan el relato con el paso del tiempo porque es un mecanismo defensivo. La entrevista en Cámara Gesell fue un mes después del hecho.
Pese a que los informes eran desfavorables, en 2016 recuperó la libertad. Estuvo un tiempo en Añelo y ahora no se sabe por dónde anda.
Casi lo linchan
Mientras Graves Atentados contra las Personas investigaba lo que le había ocurrido a la niña, en el barrio La Sirena hubo un nuevo intento de ataque.
El hecho ocurrió el 20 de enero cuando caía la tarde. Tello merodeaba por la plaza del barrio e intentó apartar primero a una niña y después a otra. Ambas se resistieron y ahí un grupo de jóvenes que observaron lo que ocurría comenzaron a gritarle.
Tello se asustó, subió a la bicicleta y las primeras pedaleadas fueron fallidas. Esa torpeza del sátiro permitió que los jóvenes lo alcanzaran a toda carrera y le dieran una golpiza. La Policía intervino y lo llevó detenido.
“Esa noche me llamó un policía que me contó todo lo que había ocurrido. Me dijo que le habían secuestrado una mochila y que tenían un documento. Ahí le dije ‘se llama Luis Alberto Tello’. Y el policía se quedó sorprendido. Pero todo su modus operandi lo había delatado”, confió Sandra González Taboada, fiscal jefe de Zapala que ese año estaba a cargo de la GAP.
Tras las rejas y a juicio
De inmediato, a Tello le revocaron la libertad condicional. Muchos de los penitenciarios que lo vieron volver a la U12 ni siquiera se asombraron, sabían que era cuestión de tiempo que cayera otra vez. “Podrían escuchar un poquito más los jueces a los profesionales”, confió un penitenciario de esos años a LMN.
Con las pruebas contundentes que había en su contra, Tello rápidamente llegó a juicio los primeros días de julio de ese mismo año.
Respecto del primer ataque en Unión de Mayo, Tello había sido observado por varios testigos que lo reconocieron e incluso dieron detalles clave como que vestía ropas oscuras y tenía dos curitas en el rostro. Una testigo alcanzó a escuchar cuando le decía a la niña: “Subí, subí rápido”.
Respecto del fallido ataque en La Sirena, fueron varios los testigos, entre ellos los mismos pibes que lo atraparon.
Los forenses que participaron de las pericias reiteraron el conocido diagnóstico por el cual habían desaconsejado que saliera en libertad condicional.
El 13 de julio, el tribunal de la Cámara Criminal Segunda, integrado por Emilio Castro, José Andrada y Héctor Dedominichi, dictó sentencia.
“Rescato como dato la impresión última de una experiencia con una sensación de muerte inminente. Se comprende en la pena la edad de las víctimas por su grado de indefensión, el daño psicológico causado y el nocivo efecto que es dable esperar en su normal desarrollo sexual. Es un delincuente reincidente y de peligrosidad demostrada”, dice la sentencia.
Por sus nuevos ataques, al depredador le dieron cinco años de prisión, pero en el cómputo, con lo que le restaba de la condena anterior, cerraron la pena en nueve años.
Recién en 2016 Tello podría volver a las calles en libertad. Había tiempo de sobra para tratarlo, pero el Estado nunca hizo nada. Tampoco creen los especialistas que sea recuperable.
Un pastor era el único que lo iba a visitar a la cárcel
Durante su segunda estadía en la cárcel, Tello mantuvo el perfil de preso callado y hacedor de conducta. Nuevamente esperó, sin tratamiento, que la progresividad de la ley 24660, que nunca cumple el Estado y que nadie le reprocha nada, le diera la posibilidad de solicitar los beneficios correspondientes.
Fue así que en 2013 pidió que le otorgaran la libertad asistida, pero en ese entonces la Cámara de Apelaciones le rechazó el planteo. En marzo de 2014, y con el nuevo Código Procesal Penal despuntando, volvió a insistir, pero antes de que un tribunal de Impugnación se lo rechazara desistió del pedido, porque supo que los informes criminológicos eran desfavorables.
Nunca iban a ser favorables los informes si no había estado bajo tratamiento y su diagnóstico de paidofilia con componentes sádicos y agresivos no había cambiado.
Sí había un detalle: se había acercado mucho a la religión evangélica y mantenía largas charlas con un pastor que lo visitaba en la cárcel de Senillosa, adonde habían sido trasladados los agresores sexuales.
Finalmente, ocurrió lo obvio en una condena: se agotó. El 19 de marzo de 2016, Tello recuperó la libertad y nadie pude impedirle transitar a pesar de que el Estado nunca lo trató y de que los especialistas lo continúan considerando “altamente peligroso”.
Se olvidaron de tomar muestra de su ADN para el registro de abusadores
Obviamente que Neuquén, que se jactó de crear y tener un registro de agresores sexuales, a Luis Alberto Tello, el primer violador serial de la historia criminal provincial, lo iba a incorporar en dicha base de datos. Error, no está.
¿Qué pasó? Se olvidaron de hacer el trámite en tiempo y forma, y ahora no lo encuentran.
El 23 de marzo de 2016, cuatro días después de que el sátiro recuperara la libertad, la jueza de Ejecución Raquel Gass solicitó al Cuerpo Médico Forense que le remitiera “muestra de sangre para cotejo de ADN al Laboratorio del Pricai de Bariloche, a fin de determinar el patrón de ADN y se incorpore el mismo en los registros”.
Poco más de tres meses después, el 30 de junio de 2016, una asistente letrada del Ministerio Público Fiscal le notifica a Gass: “Atento lo informado por las defensoras de los Derechos del Niño y del Adolescente respecto de que Luis Alberto Tello no viviría más en el domicilio consignado oportunamente, entiendo que habiendo el nombrado agotado su condena con fecha 19 de marzo de 2016, no tiene ya la obligación de comunicar sus cambios de domicilio, toda vez que el mismo ha dado cumplimiento a la totalidad de la condena que se le impusiera”.
Es decir, el violador Tello, al que no le había tomado muestra de ADN, ya estaba en libertad y no tenía por qué rendir cuentas de su domicilio.
LMN informó en su momento que el violador había estado viviendo en Añelo durante un periodo y trabajando con el pastor que lo visitaba en la cárcel, pero se sabe que hace rato que ya no está en la localidad que es el corazón de Vaca Muerta y la Justicia lo sigue buscando para tomarle una muestra de sangre e introducir su ADN en la base de datos de agresores sexuales.