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El sátiro de la bicicleta: raptó y violó a seis niñas

PRIMERA PARTE: Es el primer violador serial de Neuquén. Sus víctimas tenían entre 6 y 8 años. Fue condenado en 1999 y ni bien le dieron la libertad condicional, en 2006, reincidió a las pocas semanas. En 2016 recuperó la libertad. Nadie sabe dónde está. Los expertos aseguran que es "altamente peligroso".

A fines del siglo pasado, en el oeste neuquino, un joven raptó a seis nenas y las violó de forma descarnada, incluso defecaba sobre ellas. Supo hacerse invisible para los investigadores, que por primera vez se enfrentaban a un depredador sexual en serie. Cayó de casualidad, cuando cambió su modus operandi. La esposa, que estaba embarazada de su cuarto hijo, lloraba y aseguraba que era un buen hombre. En verdad, no sabía que su marido era un psicópata. Lo condenaron a 13 años de prisión. Pese a los informes criminológicos desfavorables, le dieron la libertad condicional en 2006 y al mes volvió a reincidir, por lo que volvió tras las rejas.

Esta es la historia de Luis Alberto Tello, “el sátiro de la bicicleta”, el hombre al que busca en la actualidad la Justicia neuquina porque no le tomaron muestra de ADN antes de liberarlo en marzo de 2016 para ingresarlo al registro de agresores sexuales. Nadie sabe dónde está.

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De antología

A fines de los 90, la paridad cambiaria con el dólar había quedado a la vista que era una farsa y el país se encaminaba a una nueva crisis.

Neuquén gozaba por ese entonces de una historia criminal básica, es decir, había droga, crímenes, robos y golpes importantes porque la ciudad era la capital de la Patagonia. El fenómeno de los asesinatos y las violaciones en serie solo se veía en las películas.

Por esos años, en Buenos Aires, venían investigando desde 1995 al “sátiro de la bombacha”, Marcelo Ángel Fasano, que atacaba, escalando edificios, a jóvenes estudiantes en la zona de Recoleta. Finalmente, cayó en enero de 2009, y de los 51 ataques por los que se lo sospechaba, se lo condenó, en 2011, por una veintena de violaciones.

En paralelo, en Córdoba no habían logrado atrapar a Marcelo Mario Sajen, quien había comenzado a violar en 1984. Con casi un centenar de víctimas en su haber y ante la inminente detención, en 2004, se pegó un tiro en la cabeza.

En Neuquén, se tenía información de esos casos por los diarios. Acá, los abusos sexuales obviamente que existían, pero casi el 99% eran intrafamiliares, es decir, la víctima era abordada por un pariente o un conocido. Incluso, muchos de estos hechos no se denunciaban.

Hoy, las cosas han cambiado y se logra radicar la denuncia ni bien hay indicios y rápidamente se inicia la persecución penal.

Cuando apareció en 1997 el primer violador serial, no solo quedó conmocionada la sociedad neuquina, sino que la Justicia y la Policía al principio estaban desconcertadas. Recién cuando advirtieron que había un patrón entre el primer y segundo ataque, un modus operandi, comenzaron una intensa búsqueda que concluyó casi por azar en marzo de 1998.

De Alvear a Neuquén

Luis Alberto Tello nació en General Alvear, en Mendoza, en junio de 1975. Tuvo una familia disfuncional y sus padres se terminaron separando en medio de situaciones de violencia. Desde muy chico, Tello abandonó la escuela y solía escapar de su casa.

Tras la separación, la madre se vino a vivir a Neuquén, a fines de la década del 80, donde ya estaba residiendo su hermana. Se asentaron en Toma Norte, pleno oeste.

Tello era el estereotipo del buen pibe: rostro aniñado, ojos claros y en ese momento trabajaba como pintor de casas y obras. Esto le permitió conocer y seducir a una joven, que ya tenía un hijo, con la que se puso de novio. No tardaron mucho en irse a convivir y tuvieron cuatro hijos juntos. La joven estaba embarazada del cuatro al momento de la detención en 1998.

En la convivencia, Tello develó su carácter violento. Golpeaba a su pareja, incluso a sus hijos cuando estaba enojado. La joven contó que llegó a pegarle patadas en la panza estando embarazada y que temía separarse porque la amenazaba con la tenencia de los hijos.

Antes de comenzar con los ataques sexuales, Tello se había quedado sin trabajo y se dedicaba a merodear en su bicicleta.

Estudio del terreno

Cuando se habla de seriales, hay que tener en cuenta el modus operandi que emplean y que suelen tener periodos de “enfriamiento”, es decir, dejan que pase un tiempo entre cada uno de los ataques. Esto jaquea a los investigadores, que no saben cuándo volverá al ruedo, por lo que prácticamente no duermen tratando de atraparlo.

Desempleado y merodeando, Tello supo analizar muy bien la geografía de la ciudad por donde se movía todos los días. Barriadas populares de calles de tierra, cientos de personas que iban y venían a su trabajo en bicicleta y grupos de niños y niñas que se la pasaban jugando en la vereda o en plazas de ripio. Además, había zonas baldías y descampados con yuyos que permitían ocultarse. El oeste por ese entonces carecía de color, era una paleta agreste.

Tello rápidamente advirtió cómo ser invisible en ese escenario. Esta es una habilidad camaleónica que tienen los depredadores sexuales, que también buscan cumplir tres reglas cruciales: cometer el delito, huir del lugar y no ser visto.

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Modus operandi

Lo único que tuvo que ensayar fue el abordaje de las víctimas. Hizo valer su aspecto de joven aniñado y sus ojos claros y así fue como comenzó su accionar. Mientras pedaleaba, su mirada pérfida seleccionaba niñas que estuvieran alejadas de adultos y, una vez identificada la víctima, se acercaba a ella.

Fingía preguntarle algo y luego lanzaba el anzuelo. “Mirá, tengo unas monedas para ir a comprar golosinas, ¿me acompañas al kiosco? Vení, subite a la bici que vamos y volvemos rápido”, les decía, y cuando la pequeña víctima era cazada, Tello la llevaba a un descampado, que ya había identificado, y ahí concretaba el abuso.

Todas sus prácticas eran de manual. Las violaba analmente mientras les tapaba la boca, luego defecaba sobre ellas, las amenazaba y las dejaba abandonadas. Las víctimas solían ser encontradas por algún vecino que las veía llorando, semidesnudas, caminando con dificultad, sangrando y con materia fecal en el cuerpo.

Los ataques del sátiro

El primer ataque que se le atribuyó a Tello ocurrió horas antes de la Navidad de 1997. A las 20 del 24 de diciembre, una nena de 6 años junto a sus dos hermanos, también chicos, estaba por ingresar en un kiosco del barrio San Lorenzo en calle Italia y Cervantes.

Tello, a bordo de una bicicleta todoterreno, se acercó fingiendo preguntar por una calle y tras empujar al nene más grande, de 9 años, subió a la nena a la bicicleta y se la llevó a toda velocidad.

La pequeña apareció una hora después, a varias cuadras del kiosco, como viniendo de la zona del aeropuerto. Lloraba y se sostenía la ropa. La pericia fue contundente: la había violado produciéndole lesiones indescriptibles. En la ropa de la pequeña se encontraron rastros de semen y sangre.

El segundo ataque se produjo el 12 de enero de 1998. Esta vez, Tello abordó a una niña de 6 años que jugaba en la plaza del barrio Jardín. En este caso, le ofreció dinero para ir a comprar golosinas y la subió a la bicicleta. La llevó hasta una zona descampada cercana a las vías del tren y la violó tal cual era su modalidad. Luego la abandonó a su suerte. Como pudo y llorando, la niña logró llegar hasta la casa de una amiguita donde la asistieron. También en este caso encontraron rastros de semen.

La Justicia y la Policía ya habían advertido que estaban en busca de un mismo violador por su modus operandi. En medio de las pesquisas, el 15 de enero, se produce un tercer ataque de similares características.

Los investigadores masticaban bronca. El periodo de enfriamiento del violador se había acortado bruscamente respecto de lo que habían sido el primer y segundo ataque. Ahora, sabían que estaban en una cacería contrarreloj.

La víctima tenía la misma edad, 6 años, pero estaba vez fue en inmediaciones de la terminal de ómnibus, que en aquel entonces estaba en el Parque Central. Incluso, había cambiado el escenario de sus ataques, a sabiendas de que seguro lo estarían buscando en el oeste.

El ardid empleado fue el mismo: le ofreció a la chiquita dinero para golosinas y luego, por la fuerza, la cargó en la bicicleta y la llevó a un baldío ubicado en calles Uspallata y República de San Marino, en el bajo neuquino. Allí la desnudó, abusó de ella y le defecó encima.

Un hombre encontró a la nena desnuda, llorando, toda sucia y sangrando. La cubrió y la llevó hasta la Comisaría Segunda para que la asistieran. En el baldío encontraron las prendas de la niña.

Los investigadores trabajaban a deshoras. Apretaron a algunos buches, “pero los buches saben de delincuentes, no de degenerados; con esa lacra no se mezclan”, explicó una fuente a LMN.

Fue ahí, en medio de la furia investigativa y la conmoción social, que Tello tuvo un periodo de enfriamiento, lo que obviamente desconcertó a las autoridades que raleaban las calles de la ciudad.

Durante 10 días no pasó absolutamente nada, incluso, se llegó a sospechar que ya se podría haber ido de la provincia, por eso su último ataque había sido en inmediaciones de la terminal de ómnibus.

Pero el 25 de enero se produjo otro abuso. Fue en el barrio Independencia. Había dos nenas de 8 años jugando cuando las abordó en bicicleta y se llevó a una de ellas por la fuerza, sin aplicar ninguna técnica de acercamiento.

En la zona de las bardas, se produjo el abuso típico. La niña fue encontrada cuando bajaba llorando, caminando con dificultad y con materia fecal en el cuerpo. En este caso, la pequeña debió ser hospitalizada y se le practicó una intervención quirúrgica debido a la lesión que le provocó el depravado.

El último ataque

Tello, a bordo de su bicicleta, se convirtió en una aguja en un pajar. Él y los investigadores lo sabían.

Las pequeñas víctimas solo podían brindar vagas características, por lo que la investigación avanzaba principalmente en la recolección de distintos elementos biológicos, como sangre, semen, vello púbico y muestras de excremento. Incluso, el rastro de las ruedas de la bicicleta había sido fotografiado en uno de los escenarios, lo que solo permitió determinar que andaba en una bicicleta todoterreno, y había cientos circulando por la ciudad.

Tras el ataque del 15 de enero, el periodo de enfriamiento fue más extendido. Pero solo era cuestión de tiempo para que el depredador sexual volviera a cazar, y así ocurrió el 7 de marzo.

Estaba vez, también fue cuando caía el sol. Ocurrió en el barrio Gran Neuquén Sur y no estaba en bicicleta sino en un Peugeot 504. Cambió su modus operandi.

La víctima fue una niña de 8 años a la que forzó a ingresar al coche para luego alejarse con destino a una casilla abandonada en inmediaciones de la meseta, donde la violó y también le dio un ladrillazo en la cabeza. Después, la maniató y la metió en el baúl para arrojarla cerca del lugar del secuestro, al menos eso se pensó.

Al depravado la fortuna se le acababa. Primero, dos chicos vieron la escena donde forzaba a la niña para subirla al auto y después, cuando volvía de la meseta, el Peugeot 504 tuvo una falla mecánica y se le quedó. Ante este imprevisto, Tello resolvió abandonar el auto y a la víctima, que fue encontrada rápidamente por personas que ocasionalmente pasaban por el lugar y que lo vieron a él salir corriendo del auto, entre ellos un policía.

Por las lesiones sufridas, la niña permaneció cuatro días internada en el hospital regional, donde además debieron intervenirla quirúrgicamente.

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La mentira final

Un par de horas después, esa misma noche, Tello acudió a la Comisaría 16 a radicar una denuncia por el robo de su auto, el Peugeot 504. De esta forma, pretendía sacarse de encima a la Policía.

En ese intento por desviar la investigación, el policía que lo vio salir corriendo del auto lo reconoció en la comisaría, por lo que se procedió a demorarlo y se le dio intervención a Sandra González Taboada, secretaria del Juzgado de Instrucción 2.

“Me estaba sentando a cenar con mi familia, porque había salido esa noche, cuando me llama un muy buen investigador de la Policía, Gustavo Delaloye, y me avisa de la situación, así que ahí nomás salí para la comisaría”, recordó la hoy fiscal jefe de Zapala y durante muchos años titular del Graves Atentados contra las Personas (GAP).

Taboada dio aviso de inmediato al juez Juan Gago, que concurrió al lugar, y se procedió a allanar la vivienda de Tello. Allí se encontraron con la esposa, que estaba embarazada y que lloraba defendiendo a su marido, sin entender nada.

El vecindario, al enterarse de que era el sátiro de la bicicleta, atacó con piedras la casa.

Fue tan crítica y violenta la situación, recordó Taboada, que en un momento Delaloye tuvo que defenderla. “Me puso contra una pared y me protegió con su cuerpo mientras con la escopeta efectuaba dos disparos al aire para disuadir a los manifestantes”, describió.

Finalmente, el juez Gago ordenó la detención de Luis Alberto Tello.

Pericias y reconocimiento

Los agresores sexuales, más los de niños, tienen una particularidad, según los estudios de perfilación criminal: ellos suponen que no están haciendo nada malo y que en todo caso es su víctima quien los alienta a esas situaciones. A esto se suma la ausencia de culpa.

De acuerdo con la primera sentencia, el psicólogo del Cuerpo Médico Forense Flavio D’Angelo informó que Tello tenía “diagnóstico de paidofilia, caracterizado por la presencia de impulsos sexuales intensos y recurrentes que toman como objeto a menores prepúberes, de tipo no exclusivo y no limitado al incesto, susceptibles de su transposición a conductas con componentes sádico-agresivos”.

Además, el forense dejó claro que “el diagnóstico que antecede no implica alteración morbosa de las facultades en el sentido de incapacidad psíquica para dirigir su conducta y comprender el disvalor en juego”. Es decir, era consiente de sus acciones.

Las pequeñas víctimas, según los informes, sufrieron serios daños postraumáticos además de físicos.

El proceso preveía que acudieran a la rueda de reconocimiento. Algunas fueron levantadas en brazos por sus padres porque no llegaban al vidrio espejado para poder ver a los sospechosos que estaban de frente y luego rotaban hacia la izquierda y hacia la derecha para observar sus perfiles. Todas las niñas lo identificaron a Tello, que también se vio comprometido con distintas evidencias biológicas.

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“Dejalo salir que yo lo mato”

El sátiro de la bicicleta fue llevado a juicio a mediados de 1999 y el 14 de septiembre de ese año, la Cámara Criminal Segunda, integrada por Antonio Gagliano, José Andrada y Emilio Castro, lo encontró responsable por cuatro de los cinco hechos que se le imputaron y le dictaron condena por violación reiterada y privación ilegítima de la libertad. En uno de los cinco casos, fue absuelto por una cuestión técnica a la hora del reconocimiento. La pena que le dictaron fue de 13 años de prisión y también ordenaron que recibiera tratamiento tras las rejas.

La pena, para los familiares de las víctimas, fue baja. De hecho, uno de los papás intentó convencer a un policía, hasta le ofreció pagarle una buena suma de dinero, para que lo dejara salir de la U12, ubicada en el barrio San Lorenzo y conocida como la cárcel de los violadores, y que él se iba a encargar de matarlo.

El tema se manejó con mucho cuidado entre la Policía y la Justicia, entendiendo la bronca de las familias por el terrible daño que sufrieron las niñas.

Pero la historia de Tello no concluye acá. Mañana, en la segunda entrega, contaremos cómo logró la libertad condicional contra todo pronóstico y al mes y seis días volvió a atacar. Además, en la actualidad está siendo buscado porque no le hicieron el registro de ADN.

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