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Jaime no cumple la cuarentena

Una historia para visibilizar el drama de la pobreza extrema. Es el linyera más conocido de Neuquén. Cómo vive sus días con la ciudad casi vacía.

Por Mario Cippitelli - cippitellim@lmneuquen.com.ar

Jaime está desorientado, perdido. Mira la calle de esquina a esquina y se rasca la cabeza. Hace una mueca de fastidio y mete medio cuerpo en un container de basura hasta casi quedar colgado, como si se zambullera en un piletón lleno de agua. Las piernas quedan en el aire. Solo uno de los pies tiene un zapato viejo, sin cordones, deformado por el tiempo. El otro está desnudo, sucio, con las uñas largas y oscuras y una piel tan curtida que parece un cuero grueso y ajado.

Después de un par de minutos abriendo bolsas e inspeccionando qué puede servir para comer, decide salir a la superficie nuevamente. Toma una bocanada de aire, gira la cabeza y finalmente me ve. No se dio cuenta de que durante ese tiempo estuve esperándolo para poder charlar con él. Primero me observa y luego se ríe. Es una buena señal de que está predispuesto a hablar, porque no siempre suele tener buen carácter, menos aún en tiempos de cuarentena.

Jaime es uno de los tantos personajes que tiene la ciudad de Neuquén, aunque no es un loco lindo querido. La gente lo esquiva o lo mira de reojo y con cara de asco porque su aspecto es desagradable.

Es un hombre que pertenece a la escala más baja de los que viven “en situación de calle”, como les dicen ahora a los pobres diablos que deambulan por la ciudad tratando de sobrevivir. Pero el caso de Jaime es peor. Es el más pobre de los pobres, el sin techo de verdad, el que revuelve la basura o mendiga. El linyera que a la noche se tapa con cartones. El que no tiene a nadie a su lado.

Lo estuve buscando varios días para tratar de cruzar algunas palabras y ver cómo sobrelleva el tema del coronavirus y si esta situación le modificó en algo la vida. Y después de recorrer algunos lugares que suele frecuentar, finalmente lo encontré en una esquina de la calle Brown, cerca de un supermercado y de una casa que vende viandas, los pocos comercios que se mantienen abiertos en época de restricciones por la pandemia.

Jaime accede a la charla, aunque tiene dificultades para expresar frases coherentes. El alcohol, una mochila extra que hace que su pobreza sea más pesada y los problemas mentales que esta adicción le trajo hacen que su forma de comunicarse sea mucho más complicada.

“Nací el 24 de julio del 52… O sea, tengo…”, dice, y se pone a pensar y a contar con sus dedos sucios. Pero enseguida renuncia y se ríe: “Sacá la cuenta vos”.

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Jaime va a cumplir 68 años, una edad que refleja su rostro arrugado, su pelo enmarañado y blanco de canas, igual que su barba y bigote, aunque su aspecto luce algo mejor de la última vez que lo vi. Es probable que alguien lo haya “ayudado” por la fuerza, porque él nunca deja que lo toquen. Un colaborador de Red Solidaria me contó que más de una vez lo agarraron de prepo, lo bañaron y lo afeitaron, y que el operativo fue lo más parecido al que se ve en los documentales de vida silvestre cuando tienen que acorralar y sedar a un animal salvaje para poder curarlo. Jaime es, en efecto, una fiera indomable de la fauna urbana que rechaza ese cautiverio que para la gran mayoría es una vivienda. Varias veces intentaron llevarlo a un hogar o a un refugio, pero él se escapó porque su vida está en la calle.

Durante la entrevista dice que nació en Temuco, en la provincia chilena de Cautín, que se llama Jaime Painén y que llegó a la Argentina en la década del 70, pero su borrachera le impide recordar detalles. O tal vez no quiera recordar. Me cuenta que vino con un hermano, que anduvo por algunas ciudades cercanas del Alto Valle hasta que se quedó a vivir en Neuquén. “No tengo familia. No tengo hijos”, dice, y se pone serio por primera vez en la charla.

Por ese fastidio evidente, intento cambiar de tema ante el temor de que no quiera decir nada más. Entonces le pregunto si está al tanto de lo que pasa con el coronavirus.

“Co-ro-na virus….”, repite y piensa. “Lo escuché en la radio porque ahí –señala un bolso viejo que tiene al lado- tengo una radio. También lo leí en el diario”, asegura.

Jaime cursó sus estudios primarios y secundarios completos. “Yo sé leer y escribir. Todavía me acuerdo!”, festeja con una carcajada.

Aunque no me lo dice, la pandemia también le modificó su vida de miseria. Muchos restaurantes y confiterías del centro que hasta hace poco le daban las sobras de comida para que pudiera alimentarse, ahora están cerrados. Los voluntarios de Red Solidaria que solían asistirlo con alguna vianda están guardados en sus casas y, para colmo, la gente que anda en la calle mantiene la distancia social que tanto recomiendan. Si cualquiera que está esperando en la fila de un supermercado se pone a dos metros del otro por miedo al contagio, no cuesta imaginar mucho a qué distancia se ubican cuando lo ven a Jaime. No se acercan a él ni siquiera para dejarle un billete al lado o para tirarle un pedazo de pan, algo que antes era habitual.

Yo vivo en la calle porque me gusta. A la noche voy a dormir al correo porque está más calentito

“¿No tenés miedo del coronavirus?”, le pregunto, aunque ya sé la respuesta. Jaime lanza una carcajada y después señala el cielo. “Mirá qué lindo sol”, dice, y se queda con los ojos cerrados, con un gesto de placer.

Es cierto. A esa altura de la tarde, cerca de las 17, el sol está en su esplendor, en medio de un cielo diáfano, intensamente celeste. Jaime tiene razón. Pero él es el único que disfruta del paisaje. A pocos metros, un muchacho que trabaja en un delivery está sentado mirando al piso, mientras espera una vianda que en el local de comidas le darán para repartir. En la vereda de enfrente, una larga fila de gente aguarda impaciente que el guardia del supermercado permita su ingreso. Todos tienen barbijo. Todos parecen preocupados y se miran de reojo. Nadie se toma un momento para contemplar la belleza de los árboles que en esta época del año regalan una amplia tonalidad de ocres, amarillos y naranjas. Ni siquiera para escuchar los pájaros que parecen cantar más felices que nunca en un ambiente sin autos ni ruidos.

En ese entorno de tanta soledad, le pregunto a Jaime en qué lugar pasará la noche. Me dice que irá a la puerta del correo, que ese es su refugio preferido porque el ingreso que tiene el edificio lo mantiene protegido del viento, la lluvia y el frío.

Finalmente le pido que pose para la foto y le digo que elija el lugar que quiera. Entonces se pone en el medio de dos containers de basura y posa sonriente, como si ese fuera el mejor escenario de toda la cuadra. Disparo la cámara de mi celular dos veces y luego le muestro las imágenes que él mira como un chico curioso. “Faaaaaa”, exclama maravillado.

Antes de irme, le doy unos pesos para que se compre algo y le dejo una recomendación absurda: “Cuidate”. Y Jaime levanta la mano sonriente y luego comienza a cantar a los gritos, mirando al cielo.

Algunos de la fila del supermercado lo observan asombrados; otros, molestos por el concierto desafinado que llega desde enfrente. Todos descubren que en la esquina hay un linyera loco cantando a los gritos, un espectáculo inesperado que no entienden.

Indudablemente no saben lo bien que se siente Jaime en el hogar que le ofrece la calle. Ni cuán feliz está con semejante tarde de sol.

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