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Emilio Saraco, un cordobés enraizado en la Patagonia. Reprodujo la imagen de la “verdadera gente”, como él se refería a los mapuches. Impulsó las Bellas Artes en Neuquén. Escultor, pintor, dibujante, alfarero y educador entre otras cosas. Dijo que no estudió docencia, sino que enseñaba prácticamente.
Nació el 20 de diciembre de 1912 en Balnearia, Córdoba. Sus padres eran Anna Racca y Marziano Saraco, nacido en el Piamonte.
Se inclinó desde niño a la plástica: modelaba la arcilla recogida en los pantanos de su pueblo y en la primaria ya dominaba el arte del dibujo, podría decirse que su formación artística fue autodidacta. También se dedicó al teatro como escenógrafo, era dibujante e incluso en una época se dedicó a la alfarería.
En l930 viajó a Buenos Aires e ingresó a la Escuela Técnica de la Nación Otto Krausse, donde obtuvo el título de Técnico Constructor. Asistió luego a la Escuela de Artes Decorativas de la Nación y a la Mutualidad de Estudiantes de Bellas Artes, en la que realizó su preparación artística. Fue alumno personal del escultor Agustín Riganelli, al que reconocía como principal orientador de su línea estética. También fue discípulo de los escultores Perlotti y Bigatti y del grabador Fascio Hébecker.
Llegó a San Carlos de Bariloche en 1942. Ahí ejerció como Jefe de la Oficina Técnica Municipal, además de otras funciones, como Profesor de Dibujo en el Colegio Nacional, del que fuera uno de sus fundadores.
Fundó la primera escuela libre de dibujo y pintura y presidió durante años la Primera Asociación de Artistas Plásticos de esa ciudad. Fue escenógrafo de teatros vocacionales, entre ellos, Florencio Sánchez y realizó variados trabajos entre los que se puede citar la Estatua de Nuestra Señora del Nahuel Huapi.
Luego de haber pasado por Bariloche, fundó la primera Escuela Municipal de Bellas Artes y presidió durante ocho años la Asociación de Artística de esa ciudad, viajó a Europa, Venezuela, Ecuador, Colombia y Perú.
Su esposa Ricardina Crovetto, Manuela como la llamaban, nació el 17 de febrero de 1926 en Lima, Perú. Era hija de Francisco Crovetto y Ricardina Alvarado.
Manuela estudió el bachillerato en la Asociación Cultural Británica Peruana. Comenzó a trabajar muy joven en una oficina como dactilógrafa, en el Ministerio de Agricultura en la capital peruana. En 1947, con su amiga Irma Claros, publicó un aviso en una conocida revista: “Jóvenes peruanas desean intercambiar correspondencia con jóvenes serios y cultos, y si es posible que manejen el idioma inglés”. Quiso el destino que Emilio leyera el aviso, por lo que comenzaron a escribirse asiduamente. Él le dijo que no sabía inglés y que no pensaba saberlo. Estuvieron así dos años y en 1949 Emilio se fue a Lima. “Allí aprendió la técnica del Plano Graf: serigrafía con lo que hacía banderines y afiches”.
Luego Emilio se fue a Europa; cuando regresó se casaron “por poder” porque él estaba en Caracas. Tuvieron cuatro hijos: Juan Francisco, que nació en Lima en 1951, Emilio Marziano, que falleció a los 9 meses, Ana Ricardina y Víctor Raúl, que les dieron muchos nietos y bisnietos. Manuela dictaba clases de inglés en la ex Enet 1.
Emilio había conseguido trabajo en Villa Regina, pero luego se contactó con un Ministro de Asuntos Sociales llamado Nicasio Cavilla, que le había dado el cargo de Director de la Escuela de Bellas Artes de Neuquén.
Vivieron en Avenida Argentina 450, al lado de la casa del Dr. Juan Julián Lastra, afamado jurisconsulto y poeta de los primeros tiempos de nuestra ciudad: luego se mudaron a Talero y Santa Fe, hasta terminar diseñando y edificando la casa que lo cobijó hasta sus últimos días, en Teniente Ibáñez y Córdoba.
En la década del ‘60 comenzó a dar clases en la ENET Nº 1, hoy EPET Nº 8.
Su hijo menor, Víctor Raúl, relató: “Para él enseñar Dibujo Técnico era una manera de ganarse el sustento económico, porque dibujar vistas axonométricas de piezas mecánicas era aburrido. Pero iba más allá de eso; le interesaba la comunicación con sus alumnos, en un ámbito en donde la creatividad no estaba muy presente porque no había nada creativo en el dibujo de un engranaje. Trataba de hacer del arte un tema central en todos sus alumnos. Además, era invalorable ver como se comprometía con tareas extracurriculares como fue la preparación de los banderines, estampillas, llaveros cuando en 1972 se inauguró el nuevo edificio de la escuela, a la vera de la Ruta 22”.
Formaba parte del paisaje de la Escuela Técnica su llegada en su Citroen eterno, símbolo de que a él le importaban las cosas cercanas al espíritu, a la cultura, a la educación y al arte. Es precisamente en ese auto, modelo 1967, que con su esposa e hijos se fueron a Lima, Perú.
Su cabello blanco lo diferenciaba de los demás, al mejor estilo Einstein. Su look informal parecía estar en complicidad con el alumnado.
En 1988, en esa institución escolar, Emilio fue jurado de un concurso de murales, donde se le otorgó el primer premio a la obra David, segundo premio a Las Tres Marías y el tercero a Aquella tarde tropical.
Esto sirvió para que a fines de octubre del mismo año se realizara la presentación de 22 trabajos en forma de bocetos, de los cuales fueron seleccionados 17. Esas obras se plasmaron en los muros de la ENET Nº 1, que resultó ser una ardua tarea ya que la superficie sobre la que se debía trabajar era poco adecuada, además de que los jóvenes pintores no contaban con la experiencia en este tipo de artes.
A pesar de todo, los resultados fueron excelentes y hoy la escuela está decorada por todas las promociones que por allí pasaron. La pintura fue donada, en esa oportunidad, por una importante empresa nacional.
Pintó óleos y acuarela. También hacía dibujo a lápiz, cuando era más joven, y a carbonilla. Con esa técnica se hizo famoso en la década del 70 en el programa de Canal 7 de Neuquén Poemas en la noche, con Abraham Tohmé; mientras este recitaba una poesía, Emilio transformaba en imágenes, sobre una lámina en blanco, esas palabras en vivo frente a las cámaras, maravillando a la audiencia.
Emilio se desempeñó como delegado del Fondo Nacional de las Artes y como Secretario de Cultura Provincial, cargos en los que permaneció hasta 1966. Luego se dedicó a la docencia y a realizar trabajos particulares.
Su espíritu inquieto y ávido de conocimientos y de transmisión, lo convirtió en uno de los impulsores de la escuela provincial de Bellas Artes en los años 60, además de su primer director. Se avocó a lograr la inserción de las artes en la juventud Neuquina desde 1961 hasta 1969. Su idea era lograr educar a los niños, dándole nociones de que la vida tenía otros encantos y esa realidad podía cambiar. Tal vez su obra más trascendente y silenciosa.
Fue Profesor de Dibujo Artístico en esa escuela, profesor de Dibujo Técnico en la ENET Nº l de Neuquén, Secretario de la Comisión Provincial de Cultura de Neuquén, delegado del Fondo Nacional de Las Artes, profesor en el Taller Municipal de Escultura y Cerámica de Cipolletti, dependiente de la Facultad de Humanidades de la UNC, profesor Adjunto en la Facultad de Ciencias de la Educación, en el Taller de Expresión Estético Expresiva del Profesorado del Jardín de Infantes de la UNC.
Cultor del arte figurativo y realista, tenía como premisa que “el arte debe ser comprensible para todos los públicos”. Quizás por esta razón en su obra, tanto escultórica como pictórica, se traducen escenas de la vida cotidiana, de los hombres que habitaron estas tierras. En ellas muestra su predilección por el hábitat rural y lo autóctono: producciones algo costumbristas y otro tanto con pretensiones antropológicas.
En los '90 ya se había jubilado, pero continuaba pintando, movido por ese fuego que según sus palabras lo llevaba a no dejar superficies en blanco: nunca dejó de producir. Justamente, transitando la última década de su vida comenzó a perder la visión progresivamente, producto de un glaucoma, enfermedad que lejos de apartarlo de su actividad, redundó en una abundancia de color en sus pinturas.
Emilio falleció el 23 de septiembre del 2001, a los 89 años de edad: había pintado hasta sus últimos días. Lo hizo con pasión, grandeza y humildad, respondiendo a una naturaleza que, según dijo alguna vez, le indicaba que tenía que seguir al igual que “la chicharra tiene que morir cantando”.
Si bien es cierto que una sala de arte lleva su nombre, no es el único homenaje que le ha hecho la ciudad, porque recorriendo atentamente Neuquén cualquiera puede observar las creaciones de Emilio Saraco. Así, hay varios edificios públicos y privados que exhiben sus murales, como el Jardín de Infantes El Conejito, un gran bajo relieve en la Dirección provincial de Turismo, otro en la Asociación del Comercio, Industria, Producción y afines del Neuquén (9 de Julio 67) y un tercero en la entrada del Hotel Royal con motivos egipcios (Avda. Argentina 143). Este último iba a ser completado con una escultura egipcia realizada en yeso, pero finalmente quedó guardada en el taller del escultor.
A nivel Nacional fue nombrado Mayor Notable Argentino por el Congreso de la Nación (9/97) por su Aporte a la Cultura y las Artes.
A nivel local por Municipalidad de Neuquén como Ciudadano Ilustre,
Maestro de las Artes, Asociación Personajes de mi Ciudad.
A nivel provincial se creó y bautizó con su nombre la Sala de Arte Emilio Saraco que luego pasó al ámbito municipal: hoy está emplazada en el Parque Central.
Recibió el Pehuén de Bronce al quehacer Artístico, de LU5 Radio Neuquén.
En su Balnearia natal como Nativo Ilustre. En Plottier bautizaron una calle con su nombre. Como dijimos diseñó y construyó la casa en la década del ’60 en medio de un arenal en donde se visibilizaba solamente el Cementerio central y los eucaliptos de la Diagonal España; fuertes vientos azotaban la población y allí edificó la morada. Su hijo menor nos relató que cuando se mudaron parecía una “tienda de campaña”; sin pisos y escasa calefacción; de a poco fueron construyendo la planta alta y el altillo que don Emilio usaba de atelier, y doña Manuela dictaba clases de inglés. En ese desolado lugar Emilio plantó tempranamente los frutales que los acompañaron: nogales, higueras, damascos, ciruelos, vides, cerezos. Sobre calle Córdoba tenía su taller de escultura, de alfarería “El Sombrerito” su emprendimiento en donde hacía cabecitas de aborígenes, de gauchos que comercializaba en Las Grutas con motivos marinos. Quienes conocieron la confitería de nuestra juventud “Tijuana” esa escultura bajorrelieve del mejicano fue realizado por don Emilio y de allí el nombre Sombrerito a su taller. “En realidad el motor y la que siempre estaba atrás de mi padre para que la casa se hiciera y se terminara fue mi mamá que nunca bajo los brazos. No era fácil para ella hacer que un bohemio invirtiera en ladrillos, pero si ésta casa está en pie hoy es gracias a ella y hay que reconocérselo, siempre detrás de la sombra del artista ella hizo su trabajo de criar a la familia y construir este nido para que creciéramos felices” resaltó su hijo.
Y nos despedimos recordando a Manuela, esposa, compañera eterna: su silenciosa tarea al lado del maestro fue clave, y de un valor incalculable. La humildad su compañía de siempre. El amor de todos los que la conocen y el lugar que ocupa en la historia, su recompensa.