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La mujer que agitaba la solidaridad en el Choconazo

A 50 años de la histórica huelga. Sara Mansilla tenía 25 años, estaba embarazada y se subía a los camiones que salían en caravana para llevar ayuda a los obreros.

Por Pablo Montanaro - montanarop@lmneuquen.com.ar

“Nos subíamos a los camiones, recorríamos los barrios de Plottier, Senillosa y Arroyito, y con un megáfono pedíamos a los vecinos colaboración para los obreros que estaban en huelga”, recuerda emocionada Sara Mansilla sobre aquellos días de fines de 1969 y comienzos del 70 cuando se formó el comité de solidaridad para apoyar y ayudar a los trabajadores que reclamaban mejores condiciones laborales durante la construcción de la represa hidroeléctrica El Chocón-Cerros Colorados.

Mansilla, quien por entonces tenía 25 años y un embarazo de tres meses, fue una de las voluntarias que con mucha dedicación y compromiso llevaron adelante el apoyo para con los miles de trabajadores que construían la denominada “obra del siglo”, cuyas bases se habían comenzado a levantar unos años antes. “Claro que compartíamos con alegría la construcción de la obra, pero cuando nos enteramos de los reclamos de los obreros por las pésimas condiciones en las que vivían y trabajaban, además de la muerte de ocho obreros y mutilados, y que la situación era muy compleja, comenzamos a organizarnos desde Neuquén para ayudarlos”, comenta la mujer, que desplegaba su día como docente y asistente social en la Municipalidad de Neuquén y a través del sindicato había comenzado a militar como delegada en la CGT de Neuquén.

La huelga por tiempo indeterminado generó que se reactivaran las acciones solidarias, juntando todo lo que hiciera falta para que el reclamo no cayera ni perdiera fuerza.

“Eran miles de obreros, la mayoría habían llegado de otras provincias y países vecinos como Bolivia, Paraguay, que estaban casi en un campo de concentración, a más de 70 kilómetros de la ciudad de Neuquén, aislados, sin un peso porque la empresa había cesado el pago de los salarios, y había que ayudarlos con ropa, comida, medicamentos y dinero”, explica.

Recuerda que las reuniones para organizar la forma de ayuda se realizaban en la capilla del barrio Bouquet Roldán, en la que estaba el cura Héctor “Tano” Galbiati, y en la sede de la Fraternidad, en la calle Brown 47. “Voy a colaborar”, les dijo a sus padres y a su marido Rubén, empleado de correos, luego de una de esas reuniones. “Todos me decían que no fuera, que me cuidara porque estaba embarazada de Mariano (actual diputado provincial) después de varios intentos infructuosos de quedar embarazada”, explica.

“Salíamos todos los fines de semana en caravana hacia la villa en camiones llenos de alimentos y ropa. A veces éramos más de 300 personas. Llegábamos a los barrios de los pueblos y les decíamos a los vecinos: ‘Somos la caravana de solidaridad con los trabajadores de El Chocón’”, relata.

Asegura que durante la extensión de la huelga la gente fue muy solidaria “porque les producía simpatía la lucha por una causa justa. Querían que la obra se haga porque tenían grandes esperanzas y también creían en la justicia de los reclamos”.

Aclara que las empresas que construían El Chocón “querían ganar dinero y no les importaba lo que les pasaba a los trabajadores; más en una Argentina donde gobernaba una dictadura militar, la de Onganía, que no iba a respetar de ninguna manera las leyes laborales, al contrario, estaban acostumbrados a no respetarlas”.

Relata las dificultades extremas que debieron vivir para realizar la entrega de los víveres a los obreros. “A veces dejábamos los camiones lejos del lugar, por lo que teníamos que cruzar los montes de madrugada o de noche. Llevábamos sábanas que rompíamos dejando pedacitos de tela en las matas para marcar el camino y así no perdernos en el regreso. No era nada sencillo”, explica la mujer, que en la actualidad integra la Asamblea por los Derechos Humanos de Neuquén, creada por el obispo Jaime de Nevares, quien también tuvo un rol fundamental en las negociaciones durante el conflicto.

Rescata el papel de las mujeres de los obreros que vivían en la villa transitoria “colaborando en todo lo que podían y acompañando la protesta”. “Esas mujeres arreglaban la ropa, porque había muchas donaciones, y organizaban las ollas populares para darles un plato de comida rica a los obreros en lucha. Se inventaba todo en medio de una tremenda estepa patagónica. Fue conmovedor lo que hicieron esas mujeres”, señala.

Se ríe cuando recuerda esa fotografía en la que se la ve arriba de un camión hablando ante un grupo de personas en Senillosa, durante una de esas caravanas solidarias con los obreros.

Mansilla siente que es un “deber ético” rescatar lo ocurrido hace 50 años porque esa lucha obrera resultó “una escuela de dignidad, una demostración de que los trabajadores no se dejaron avasallar por las burocracias sindicales en tiempos de dictadura”.

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