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Por Ezequiel Maestú - maestue@lmneuquen.com.ar
Es la misma ciudad y la misma gente, pero nada tienen que ver el día y la noche en Neuquén con la cuarentena. Mientras dura el sol, circulan los que trabajan o necesitan hacer compras. Donde antes habían niños jugando en las plazas, ahora hay fajas de seguridad, y la mayoría de los negocios permanecen cerrados detrás de grandes candados. Solo hay barbijos y distanciamiento social.
Pasadas las 20 no hay mucho más movimiento que el de un grupo de diez chicos que hacen delivery y taxistas distribuidos por el centro neuquino, al que se le suman los destellos azules de la Policía.
La ciudad parece moverse a través de ellos y de los grillos que no paran de sonar. Ya nadie hace fila en el Cine Teatro Español ni hay banderas en el Monumento a la Bandera. Desde el río hasta el oeste, las personas que se ven no rompen la monotonía de la ciudad ni se cuentan con más dedos que los de una sola mano.
Diecinueve campanadas retumban desde la catedral. Limpias. Secas. Como si fuera una señal para que los locales metan sus carteles adentro y no queden muchos ruidos más en el centro neuquino que el agua que chorrea de las paredes del monumento a San Martín.
Mientras una última oleada de gente deambula por las calles, con barbijos y mochilas, como yéndose a sus casas, una hilera de palomas se adueña del paisaje. Paradas, sin poder entender por qué no hay gente que deje restos de comida por todas partes, ven caer el atardecer sobre un cielo amarillento en el que asoman unas pocas nubes.
Las luces violetas del Monumento ya se empiezan a notar, ante la inminente caída del sol. Los semáforos parecen estar de adorno, en una ciudad donde ya casi no hay gente que los respete.
Algunos transeúntes ven la camioneta ploteada del diario y bajan sus miradas. Los que van en auto aceleran pero no logran pasar desapercibidos en una oscuridad que ya sumerge a la ciudad.
Sin las luces propias de un centro activo, la noche cae de repente. Basta con bajar la cabeza para escribir un párrafo en la libreta y volver a levantarla para poder percibir que la luna ya llegó. Los que no se mueven y evitan que el centro sea un verdadero desierto en la meseta son taxistas, deliverys y policías.
Aunque también se puede ver a alguna que otra persona caminando sola y sin barbijo, no llegan a sumar las patas de un ciempiés los que pasean por el centro.
Pasando la ruta, el panorama es similar, pero la sensación de barrio se hace percibir un poco más. Un trío de policías camina por las veredas riéndose de algún chiste o de la posibilidad de salir en el diario.
A unas cuadras de una reconocida heladería, una familia, todos con rulos en sus cabezas, toma mate sentada en la vereda. En sus rostros hay una sonrisa.
A medida que uno se acerca al río una brisa fresca invade el lugar y hasta se deja sentir a través del barbijo. El pasto fue cortado recientemente y tiene una sensación esponjosa que cuenta que no fue pisado en los últimos días.
El puesto de los bañeros está completamente vacío y no hay colillas de cigarrillos ni basura en ninguna parte. Unas aves cantan: parecen no haber visto a nadie en mucho tiempo.
La corriente de agua chocar contra alguna roca es lo único que se escucha. Como si una nube hubiera bajado del cielo, el rocío se ve y se siente por toda la costa y, por un momento, en el que la naturaleza parece ganarle al cemento, se tiende a olvidar que es un brazo del río metido en la ciudad.
Todos los insectos están concentrados en los pocos focos que hay prendidos sobre el paseo de la costa en una postal de soledad y de penumbra. Ya no hay carritos, ni personas. Solo insectos, sapos y paz.
Prefectura vigila el ingreso, pide DNI, permiso de circulación, dirección y pregunta qué están haciendo allí. Junto a los dos hombres, que llevan barbijos además de su uniforme, hay tres perros, que parecen estar a gusto con la compañía de los prefectos, los únicos humanos en el lugar.
En las calles del barrio Jardín, los pájaros, que antes eran un ruido más, son la única señal de vida. Las hojas caídas por el otoño, en plena Avenida Olascoaga, confunden a Neuquén con cualquier otra ciudad patagónica. Por momentos, si uno se concentra en la tranquilidad y en las hojas y siente la brisa del río, parece estar en el lecho de algún río de montaña.
El camino al oeste neuquino es una postal que podría copiarse y pegarse en toda la ciudad. La monotonía solo es rota por un joven de camisa y barbijo que cruza la calle sin mirar, mientras, a través de las persianas de una casa, se puede ver la silueta de un hombre que corretea con su hijo en el living del lugar.
Las pequeñas calles que conectan el oeste neuquino son un desierto. La plaza del barrio Huiliches, que acostumbra a estar repleta de jóvenes tomando mate, jugando a las cartas y escuchando música, es ahora un nido de silencio.
A unas cuadras de allí, en la calle Godoy, cinco policías circulan a pie, respetando una distancia de casi dos metros. Un camión de Policía circula por el barrio Gran Neuquén, donde, a diferencia del día, en el que se puede ver un gran flujo de gente caminando, ya no hay nadie.
El gigante Hospital Heller permanece con sus luces prendidas. Una hilera de unos diez taxis estacionados afuera esperan que los médicos cambien el turno y salgan de trabajar para poder hacer un viaje que les valga el día.
Sobre la calle Novella el panorama es similar, pero se pueden ver algunos locales abiertos. Un niño, de unos siete años, con barbijo y camiseta de argentina, camina abrazado a una gaseosa de dos litros.
Una mujer lleva a su hija sin barbijo a comprar a una pizzería. Una nube como de polvo se observa a lo lejos. Es el tractor desinfector. Lo maneja un hombre que parece sacado de una película, con un traje blanco y una máscara. Como si fuera una abeja que esparce polen por el barrio.
En la Plaza de las Banderas sólo hay un móvil policial parado con las sirenas encendidas. Y en el mirador, donde antes decenas de jóvenes se juntaban a tomar mate, se ve a las liebres circular tranquilas por el lugar.
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