El 4 de abril de 2007 los docentes neuquinos sufrieron una brutal represión. Desde entonces no bajaron los brazos para pedir justicia por su compañero.
A 19 años del crimen que conmocionó a Neuquén, el nombre de Carlos Fuentealba vuelve a resonar en las calles y en las escuelas. Pero más allá del docente asesinado en la represión de Arroyito, quienes compartieron su vida insisten en recordarlo en su dimensión más humana: un militante comprometido, un compañero cálido, sensible y profundamente solidario.
Germán Fernández lo conoció en la adolescencia, cuando ambos militaban en una organización de izquierda. “Era un chico que venía de Junín de los Andes, estudiaba en la escuela técnica. Nos fuimos conociendo de a poco. Éramos un grupo de unos 15 que militábamos en el MÁS, acompañábamos conflictos, centros de estudiantes”, recordó.
Pero lo que más se le viene a la memoria no es la militancia en abstracto, sino la forma en que Carlos habitaba esos espacios. “Era un pibe muy dulce, muy amoroso, tierno, amable. Era muy lindo estar con él”, contó a LM Neuquén. Esa dimensión humana, coinciden quienes compartieron su vida cotidiana, era inseparable de su compromiso político.
Con el paso de los años, sus caminos volvieron a cruzarse. Ya no eran adolescentes: tenían familias, trabajos, otras responsabilidades. Y fue en ese momento cuando Carlos, ya docente, volvió a marcar la vida de Germán. “Yo no era docente y él me insistía todo el tiempo que me anotara para dar clases. Gracias a eso fui docente muchos años”, contó. Germán, maestro mayor de obras, terminó dando clases en escuelas técnicas, motivado por las cualidades que vio su amigo en él.
Ese gesto, ver en el otro una posibilidad y acompañarla, aparece repetido en los relatos. También en lo personal: “Él admiraba mucho la relación que yo tenía con mi hija. Decía que cuando crecieran sus hijas quería algo así”, recordó Germán.
La docencia no era para Fuentealba solo un trabajo. Era parte de una forma de estar en el mundo. Así lo describió Analía Galván, compañera en el CPEM 40 y en el 60, donde compartieron aulas y militancia sindical. “Carlos era un compañero de pocas palabras, pero muy precisas. Siempre muy buen compañero”, dijo.
En las escuelas, su figura combinaba firmeza política con cercanía cotidiana. “Era un militante socialista, muy combativo, pero también antiburocrático. Discutíamos mucho en las escuelas, porque entendíamos que salir a la huelga era una situación importante para los trabajadores”, recordó.
En 2006, en pleno paro, los docentes debatían si tomar exámenes para que los estudiantes de quinto año no se vieran perjudicados. “Era un debate politizado. Y Carlos dijo: ‘Yo estoy de paro, no vamos a tomar nada porque estamos de paro. Pero después vengo un sábado si quieren a tomar examen’”. Para Analía, esa frase sintetiza quién era: coherente con la lucha colectiva, pero también profundamente comprometido con sus estudiantes.
Esa cercanía también se expresaba en los vínculos dentro de la escuela. “No hacía distinción entre auxiliares y profesores. Lo veías en la cocina charlando con todos. Era muy querido. Las compañeras le hacían bromas, le decían ‘morocho muy guapo’ y él se ponía colorado”, contó entre sonrisas.
En el aula, dijeron, era “un tipazo”. “Los chicos lo adoraban. Era solidario, siempre pensaba en ellos”, agregó.
El 4 de abril de 2007, esa vida cotidiana quedó atravesada por la violencia. Fuentealba participaba de una protesta docente en la Ruta 22, a la altura de Arroyito, cuando la policía reprimió con gases y balas de goma. Un disparo de gas lacrimógeno impactó en su cabeza mientras se retiraba en un Fiat 147.
Germán estuvo ese día en la movilización. “Yo lo vi en el piso, pero no sabía que era él. Lo vi desfigurado. Después empezaron a decir que podía ser Carlos, pero yo no lo creía”, recordó. La confirmación llegó más tarde, en Senillosa, cuando la columna de docentes se reorganizaba tras la represión.
El impacto fue inmediato y profundo. “Fue mucha bronca, mucha indignación. Me bloqueó. No puedo hablar, fue muy doloroso”, dijo, todavía atravesado por la escena.
Analía también estuvo en ese momento. “Yo le di uno de los últimos mates. Subió al auto donde yo estaba, tomó un mate y dijo ‘bajo acá, voy a ver porque todavía quedan compañeras’”, recordó. Minutos después, el disparo.
“Varios estábamos ahí cuando lo sacaron del 147. Nos afectó muchísimo. Habíamos estado con él hace dos minutos atrás”, destacó. La conmoción en la comunidad educativa fue tal que, tiempo después, el laboratorio del CPEM 40 pasó a llevar su nombre.
A 19 años de aquel día, la figura de Fuentealba sigue presente en las escuelas, en las marchas, en la memoria colectiva. Pero también en una historia de lucha que, como señaló la actual secretaria general de ATEN, Fany Mansilla, atravesó distintas etapas.
“Desde el primer momento en que asesinaron a Carlos llevamos adelante una campaña en distintos terrenos: judicial, político, y también ampliando el reclamo a otras organizaciones”, explicó. Esa pelea tuvo hitos clave: primero la condena al autor material, Darío Poblete, y años más tarde el avance de la causa conocida como Fuentealba II.
“Esa segunda etapa tuvo una culminación en 2023, con la condena a toda la cúpula policial que desarrolló el operativo represivo”, señaló Mansilla. Para el sindicato docente, se trató de un paso fundamental en el camino contra la impunidad.
Sin embargo, adviertió que la lucha no terminó. “Estamos en otra etapa, que es la disputa por la memoria. Creemos que es fundamental, sobre todo porque hay nuevas generaciones que ni siquiera eran docentes cuando pasó”, dijo.
“No es fácil transmitir cómo llegamos al 4 de abril. Veníamos de 17 años sin aumento salarial, de una crisis muy profunda. En 2007 el sueldo de un maestro inicial era de 450 pesos”, aseguró, tras recordar que además venían de otros episodios de violencia como el de los cascos amarillos en 2006.
En ese contexto, ATEN impulsó medidas de fuerza cada vez más intensas. “En 2007 hicimos una caminata desde Zapala con 15 mil docentes hasta Neuquén y no se destrabó la negociación. Entonces se votaron los cortes en Arroyito y Añelo para Semana Santa”, recordó.
La represión en Arroyito marcó un antes y un después. “Les dieron cinco minutos para desalojar y se produjo la cacería. Ahí fue el asesinato de Carlos Fuentealba”, señaló Mansilla.
A partir de ese momento, la lucha se amplificó. La marcha del 9 de abril del 2007, masiva, marcó un punto de inflexión. “Ahí Sandra dijo que el que jaló el gatillo era tan responsable como el que dio la orden. Y empezó otra etapa del conflicto”, explicó.
Hubo nuevas medidas, como el bloqueo a Casa de Gobierno, y una creciente presión social que finalmente derivó en una negociación salarial hacia fines de mayo. Pero el impacto político fue mayor: la figura del entonces gobernador Jorge Sobisch quedó fuertemente cuestionada, incluso en su proyección nacional.
“Nosotros no pudimos probar su responsabilidad penal, pero sí logramos una condena social”, afirmó Mansilla, quien destacó que hoy el desafío es seguir teniendo memoria. "Porque la vida le gana a la muerte. Carlos se multiplicó en las calles, en las escuelas”, dijo.
Y aunque reconoce que “la reparación es parcial, porque Carlos no volverá”, también señaló que la lucha dejó huellas concretas: en la justicia alcanzada, en la defensa del sindicato y en la construcción de una memoria colectiva que sigue viva.