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A los 60 años, cambió la fábrica por la moto y salió a viajar por el mundo

Un video en redes sociales le hizo ver que el tiempo se acaba. Con la fábrica en manos de su hijo, se subió a la moto y empezó a vivir.

A sus 60 años, Jorge descubrió que la libertad no tiene fecha de vencimiento. Después de tres décadas dedicadas al trabajo y la familia, decidió que era hora de vivir para él: se subió a su moto y salió a recorrer el mundo con una intensidad que hace valer cada minuto.

Jorge Merlo nació en Buenos Aires, pero la situación económica que comenzaba a golpear en el año 2000 le cambió los planes. Tenía una fábrica de helados en la capital. "Perdí todo lo que tenía en Buenos Aires y no me quedó otra", recuerda. Por suerte, ya había abierto una pequeña sucursal en la zona, y decidió mudarse con su familia a Cipolletti.

Hoy, 26 años después, no se arrepiente. "Los chicos se criaron con otra seguridad, fue una buena decisión", dice. Tiene tres hijos —Jazmín, de 30; Santiago, de 28; y Sol, de 26— y desde que cada uno eligió su propio rumbo, él encontró el espacio y el tiempo que nunca había tenido para construir el suyo.

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Jorge junto a su hija mayor.

Aunque no es el perfil de viajero que uno imagina cuando piensa en aventuras sobre ruedas, hace un tiempo decidió subirse a la ruta a bordo de su moto Honda Transalp 750. Viaja ligero: con su carpa, bolsa de dormir, un calentador y condimentos porque, como él dice sin dudar, lo principal es comer rico.

El video que cambió todo

El momento en que hizo clic no fue dramático ni cinematográfico. Fue un día como cualquier otro en que se topó con un video en redes sociales de un hombre que colocaba ocho bolitas de papel sobre una mesa. Cada una de ellas representaba una década de vida. El promedio humano, explicaba la voz, es de ochenta años. La operación era simple: sacás las que ya viviste y ves lo que te queda.

Jorge hizo la cuenta en segundos. Sesenta años. Seis bolitas afuera de un manotazo. Y la última —la del tramo de los 70 a los 80— también la descartó, asumiendo que llegará con la falta de energía y las limitaciones propias de la edad. Le quedaba un solo papel sobre la mesa. "¿Qué voy a esperar para disfrutar?", recuerda que se preguntó, casi en voz alta.

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Esa pregunta se instaló en su cabeza y resonaba a diario. Durante treinta años, los veranos habían sido sagrados para el negocio: temporada alta, producción al máximo, empleados en movimiento constante, sin margen para una escapada. Cada verano que pasaba era un verano sin vacaciones. Pero algo empezaba a moverse por dentro, y ya no había forma de ignorarlo.

Sus viajes en dos ruedas

En 2021, cuando el mundo volvió a abrirse después del encierro, Jorge no lo dudó demasiado. La pandemia le había dejado una enseñanza clara: la libertad no se puede dar por sentada. "Nos encerraron a todos y no podíamos decidir nada", recuerda. Eso le dio el empujón que le faltaba.

Su primer viaje largo en moto fue a Perú. Cruzó la Argentina, atravesó Bolivia entera por el paso de Villazón y llegó hasta Machu Picchu. Después siguió hacia Lima. Fueron más de dos meses rodando, sin apuro ni fecha de regreso fija.

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Lo que siguió fue una secuencia que fue creciendo en ambición y en kilómetros. Brasil: toda la costa desde antes de Florianópolis hasta Búzios, parando en cada playa que valía la pena. "Había días que hacía veinte kilómetros y paraba porque había una playa más linda que la anterior. ¿Cómo no iba a parar?", dice.

También tuvo la oportunidad de rodar por el norte argentino: Jujuy, el Parque Nacional Calilegua, y un pueblito llamado Pampichuela donde llegó a pasar una tarde y se quedó cinco días con una familia en medio del monte.

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Uno de los saltos más grandes llegó el invierno pasado. Entre junio y agosto cruzó el mundo y aterrizó en Indonesia. Alquiló una moto y recorrió gran parte del archipiélago. Otro idioma, otra lógica, otra forma de medir las distancias. El mismo método de siempre: sin plan fijo, dejándose llevar. “La pasé muy lindo y me gustó hacer ese viaje y conocer esas culturas”, resume.

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Para Jorge, en los viajes no cuentan los kilómetros sino las personas que uno conoce en el camino. Gente de otras culturas, otros lugares, con otras miradas. "Eso es lo mejor de viajar", dice.

Perder el miedo a delegar

A pesar de los múltiples viajes, había una cosa que todavía no se animaba a hacer: viajar en verano. Para un heladero, la temporada alta es sagrada, y soltar las riendas del negocio en ese momento parecía impensable. Hasta que un grupo de amigos lo invitó a recorrer la Carretera Austral en febrero. Después de meditarlo y a pesar de las dudas, dijo que si.

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Fueron quince días en ruta con su hijo Santiago al frente de la fábrica. Lo que parecía una apuesta arriesgada se convirtió en una revelación. "Me di cuenta de que el único problema en el trabajo era yo, no Santi", admite. "Sin quererlo, no le dejaba tomar decisiones. Me adelantaba siempre, inconscientemente. Y en ese viaje él resolvió todo como lo hubiera hecho yo."

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Su hijo Santiago quedó a cargo de la fábrica.

La conclusión fue tan clara que no dejaba margen para dudas: al año siguiente lo ayudaría en el comienzo de la temporada y luego le soltaría las riendas. Acompañó el inicio de la siguiente temporada y se corrió definitivamente. "Ahora él está con la fábrica y yo me dedico más a mí", cierra.

Viajar sin plan, la mejor hoja de ruta

Su filosofía de viaje se ve reflejada en su cuenta de Instagram: @Mochimoto_noplan. La idea es simple: no fijar destinos ni comprometerse con fechas. "Cuando decidí viajar así, más libre, decidí no tener un plan", explica.

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Actualmente se encuentra viajando con su hermano por el centro del país, y cada mañana la rutina es la misma: levantarse en el camping, mirarse y preguntarse "¿hasta dónde vamos hoy?".

En la ruta, se siente como en casa. La comunidad motoquera tiene sus propios códigos y el saludo entre viajeros es casi un idioma propio. "Es una comunidad muy unida y solidaria", dice. "Hay códigos que se respetan mucho."

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No todo es romanticismo, claro, y admite que algunas veces le tocó atravesar imprevistos e incluso caídas. Una vez, en plena travesía por Santiago del Estero con 40 grados a la sombra, decidió sacarse la campera y apoyarla sobre la valija trasera sin sujetarla bien. Se enganchó con la rueda en movimiento: cadena y corona destruidas, jirones de tela desparramados por el asfalto caliente. Le costó tres horas al costado de la ruta arreglarlo. "Una decisión tonta", admite, sin drama.

Enseñanzas de su madre y de sus hijos

El amor por los viajes no nació solo. Jorge perdió a su padre, Guillermo, cuando tenía 15 años, y fue su madre, Ana, quien tomó las riendas de esa familia y sembró en sus cuatro hijos el impulso de conocer el mundo. "Siempre insistió en viajar, en ir a algún lado", recuerda. "Puso su semillita en todos nosotros." Y esa semilla dio frutos: para Jorge, cada viaje es una oportunidad de aprender distintas formas de vida. "En cada viaje aprendés algo, siempre", dice.

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Pero también aprendió de sus propios hijos. Reconoce que su generación cargaba un mandato claro: casarse, tener hijos y tener negocio propio. La de ellos tiene otra filosofía. "Copié mucho de mis hijos", admite. "Me hicieron preguntarme por qué tenemos que atarnos tanto. Uno tiene que estar más libre también."

Sus tres hijos —uno en Cipolletti, una en Barcelona y la otra en Buenos Aires— lo siguen desde lejos con una mezcla de alivio y orgullo. Ellos saben mejor que nadie lo que costó cada verano sin vacaciones, cada temporada pegado a la fábrica. "Están muy contentos de que pueda hacerlo", cuenta Jorge.

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Jorge junto a dos de sus hijos y su nuera.

El sueño a largo plazo ya empieza a cobrar forma. Jorge quisiera dar la vuelta completa a América del Sur en moto. Sabe que lleva tiempo y organización. Sabe también, con una claridad que no necesita ser dicha en voz alta, que quiere disfrutar de esa bolita de papel que le queda sobre la mesa y aprovecharla de la mejor manera posible: viajando.

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