A bordo de su moto lleva una vida nómade, trabaja mientras viaja y cuenta con una comunidad online que acompaña su recorrido en redes sociales.
El día que se subió a una moto por primera vez, Julia supo que eso era lo que quería para su vida. Dejó la estructura conocida y se lanzó a una aventura sin destino definido: trabajar de manera remota y vivir viajando sobre dos ruedas.
Julia Turner (32)—Penny como la conocen todos—, nació en Neuquén, pero se crió en Cipolletti. Si le preguntan, dice ser neuquina y rionegrina a la vez, aunque confiesa que siente un mayor sentido de pertenencia con Neuquén, una provincia que empezó a recorrer desde chica junto a su papá y donde vivió sus primeros viajes.
Durante un tiempo estudió Educación, pero luego se decidió por Diseño Gráfico, carrera que cursó en la ciudad de General Roca y que, con el tiempo, le abriría las puertas a una vida nómade.
En 2017, con 23 años y una fuerte disposición a probar cosas nuevas, se subió por primera vez a una moto. “Un chico que después terminó siendo mi novio me invitó a un viaje en moto porque él andaba. Era un viaje corto, de unos 150 kilómetros”, contó.
A partir de ese primer viaje, cuando experimentó la sensación de viajar sobre dos ruedas, Julia lo supo: dos meses después se compró su primera moto, una 135 cc. “Era una moto chica, pero yo ya sabía que era para eso. Nunca me planteé que fuera para ir a cursar o a trabajar: quería viajar, porque me había gustado la ruta y las distancias largas”, recordó.
La pandemia: un antes y un después
El 2020 fue un punto de quiebre en su historia. En medio de la cuarentena fue despedida de la gráfica donde tenía su trabajo fijo y tomó una decisión que venía postergando. “Dije: es ahora o nunca. Me gusta tanto viajar que quiero que mi vida sea arriba de una moto”, recordó.
Su profesión como diseñadora gráfica le permitía trabajar de manera freelance y adaptar su rutina a ese deseo. En 2021 y 2022 volvió con mayor frecuencia al Alto Valle por cuestiones laborales, ya que encontrar estabilidad mientras viajaba no se le hizo fácil.
Con el tiempo, esas vueltas se hicieron cada vez más esporádicas y hoy regresa cada seis u ocho meses. Ya no pertenece a un ningún lugar y, a la vez, pertenece a todos. La vida nómade terminó siendo permanente y la moto su hogar.
Entre el disfrute, el trabajo y las redes
Para sostener ese ritmo de vida y poder mantenerse en movimiento, Julia trabaja de manera remota. El diseño le permite generar ingresos mientras viaja y organizar sus tiempos. En el camino, además, encontró en las redes sociales una vía extra: un espacio para compartir su experiencia y, también, abrir nuevas oportunidades.
El proceso fue gradual: soltar una cosa a medida que aparecía otra. “No salí a vivir del aire”, aclaró. Mientras recorre el país, mantiene una rutina laboral incluso en lugares remotos, donde las estaciones de servicio se convierten en su oficina entre destino y destino.
Julia insiste en combatir un prejuicio frecuente: no vive de rentas, no tuvo ahorros previos ni respaldo económico familiar. “Soy una persona normal, con un trabajo normal”.
El éxito en las redes, en cambio, apareció casi sin buscarlo. Desde siempre le gustó contar su vida en Instagram —ya lo hacía cuando iba a la facultad— y, cuando empezó a viajar en moto, se fue armando una pequeña comunidad de seguidores.
Con el tiempo llegó también a YouTube, donde el vínculo es distinto. Allí la comunidad de su canal Penny Rider es más fiel: los videos se ven completos, cada fin de semana, y quienes la siguen conocen los detalles de su historia. El crecimiento fue lento y orgánico. Julia no busca el clickbait ni la polémica: "soy yo viajando y nada más".
Una comunidad abierta a las mujeres
Al contrario de lo que uno puede llegar a imaginar, el mundo de las motos nunca fue para ella un territorio hostil. Julia encontró un espacio más abierto de lo esperado, donde el género rara vez aparece como límite. “Los hombres del ambiente me recibieron muy bien”, dijo, aunque admitió que algunas veces fue subestimada, sobre todo cuando se trata de ripio, caminos de tierra o de mecánica.
Para su sorpresa, a medida que se fue adentrando en la comunidad motoquera, descubrió que se trataba de un ámbito completamente unisex: grupos que se arman en la ruta, motoposadas y encuentros donde nadie pregunta quién sos, sino hacia dónde vas. El prejuicio y el temor aparecen, en cambio, en las voces ajenas, al ver a una mujer que viaja sola en moto.
La ruta en soledad
Sin embargo, viajar sola nunca fue un problema para ella: antes de subirse a una moto, Julia ya trazaba sus propios viajes y hoy está convencida de que Argentina es un país seguro para hacerlo. “La mayoría de las situaciones de peligro para las mujeres no están afuera, sino puertas adentro”, reflexionó.
En el camino, asegura que lo peor que llegó a recibir fue algún que otro comentario fuera de lugar, a los que nunca tomó como una amenaza. Por el contrario, siempre recibió una mano solidaria: si la moto se queda en medio del campo, hay alguien que frena y ofrece ayuda.
Cuando compró su primera moto apenas sabía cómo arrancar y avanzar. El resto lo aprendió con los kilómetros, las fallas se volvieron lecciones y empezó a reconocer ruidos, a identificar problemas, a entender qué parte podía estar fallando.
Cada visita al mecánico fue también una clase. Se quedaba mirando, preguntaba, tomaba nota mental. Así fue como obtuvo los conocimientos suficientes para salir del paso y detectar de dónde viene un problema cuando la moto avisa. En la ruta, aprendió a confiar, pero también a arreglárselas sola.
Argentina, la tierra de los mil paisajes
Hoy Julia viaja a bordo de su Honda XR 150, con 120 mil kilómetros sobre la ruta. Tiene otra moto —una Hero Xpulse 200—, pero fue la XR la elegida para recorrer el país de punta a punta. Es la compañera de un viaje que comenzó hace cinco años y que, en unos meses, llegará a su fin.
El recorrido fue sin prisas, Julia se tomó el tiempo necesario para conocer Argentina en detalle: los pueblos chicos, el interior profundo y los lugares inhóspitos. Armar un ranking le resulta imposible.
En La Pampa, recuerda un salar de sal rosada con un atardecer hipnótico. Tierra del Fuego es su favorita y Jujuy la sorprendió con caminos increíbles. Para ella, la belleza del paisaje se mezcla con la del camino, los pueblos y su gente.
“No te podría dar un top diez. En todos lados encontré algo que me sorprendió y nada de lo que encontré era lo que yo esperaba”, afirmó. Viajar le confirmó que lo turístico siempre atrae, pero que lo desconocido suele ser lo más memorable.
Julia cree que Argentina es un país cuya riqueza no siempre se valora. “Tenemos de todo: glaciares, montañas, puna, playas. Cosas que en otros lugares del mundo envidiarían y que acá ni sabemos que existen”, reflexionó.
El próximo desafío: recorrer Latinoamérica
El viaje por nuestro país todavía no terminó. Por estos días, Julia está en Mar de Ajó, donde dejó la moto para tomarse unas vacaciones dentro del propio viaje. Venía de Corrientes y aún le queda por recorrer Misiones, Catamarca y La Rioja. El broche de oro para cerrar la travesía nacional será el camino a La Mexicana, una ruta que conduce a una mina abandonada en plena montaña riojana.
A mitad de año llegará el turno de iniciar el recorrido por Latinoamérica. Probablemente cruce primero a Chile, baje hacia el sur y luego empiece a subir en zigzag. Bolivia y Perú aparecen como paradas seguras. “No quiero hacer una línea recta, sino poder recorrer todo”, explicó.
El destino final está mucho más lejos: Canadá y las auroras boreales. No tiene apuro. Sabe que le llevará años y que el ritmo lo marcarán los tiempos de cada país. Como hasta ahora, la idea es la misma: recorrer despacio y conocer en profundidad.
Un vinculo familiar que se fortaleció sobre ruedas
En un principio, Valeria, la mamá de Julia, odiaba las motos “desde el fondo de su ser”. Para ella, eran sinónimo de peligro y una amenaza constante para la vida de su hija. Sin embargo, todo cambió cuando, a los 52 años y recién jubilada, Julia decidió regalarle un viaje a Salta, pensando en llevarla en la parte trasera de su moto.
Para su sorpresa, su madre no solo aceptó la propuesta, sino que lanzó una pregunta inesperada: “¿Y en qué moto voy yo?”. Lo que iba a ser una travesía de dos semanas terminó convirtiéndose en un año entero de lecciones de manejo. Aprendió, se animó a viajar y, al regresar, el entusiasmo fue tal que ya comenzaron a planear nuevos destinos: primero Misiones y, más tarde, Ushuaia.
Ante ese cambio de actitud, Julia le regaló a su mamá su propia moto. En la ruta, los roles se invierten: es ella quien guía y resuelve. “En el viaje lo único que tiene que hacer es manejar para adelante”, explicó. Las decisiones se toman en conjunto, pero la tranquilidad está en saber que, ante cualquier imprevisto, su hija se hace cargo. Para Julia, el proceso también fue transformador. “Toda la vida fue ella la que me enseñó cosas, y de repente era yo la que le estaba enseñando a ella”, confesó.
Algo similar ocurrió con su padre, Guillermo, que siempre había querido tener una moto pero había postergado ese deseo por priorizar a la familia. Con él no viaja tanto ya que tienen ritmos distintos, pero cuando lo hacen se da ese intercambio de roles que ambos disfrutan.
“Encontré una conexión con mis viejos a partir de ahí. Los quiero mucho y siempre nos llevamos bien, pero no sé si teníamos tanto en común o tanto para compartir como desde que la moto está de por medio”, reflexionó. Entre risas, todavía queda una cuenta pendiente: “Falta mi hermana Meli, que odia las motos y tiene la excusa de que tiene los hijos chicos, así que no es tan fácil convencerla”.
Las lecciones que dejó el camino
Su manera de vivir le enseñó más de lo que esperaba. Por un lado, dejó de preocuparse por todo y empezó a preguntarse qué cosas son realmente un problema. “Hoy en día, si no es de salud, no es grave. Si se rompe el motor de la moto en medio de la Puna, se resuelve. Y después queda una anécdota increíble para contar”, confía.
El segundo aprendizaje tiene que ver con la percepción de su propio cuerpo. Durante años creyó que recién sería feliz cuando consiguiera adelgazar, que entonces empezaría a disfrutar y a hacer todo lo que postergaba. Hoy piensa distinto: con el cuerpo que se tiene, se hace lo que se puede. “Antes postergaba mucho, ¿para qué? Se va la vida”, reflexiona.
En este sentido, valoró su experiencia en redes. “Yo pensaba que al exponerme lo que más me iban a decir era ‘gorda’. La verdad es que, dentro del mundo del moto-viaje, eso no importa: la gente está más interesada en criticar la moto o mi conducción que mi cuerpo. No lo esperaba, pero mi público es bastante familiar y agradable”.
Consejos para la ruta
Para los indecisos que estén pensando en lanzarse a la aventura, Penny recomienda: “Si les gusta y les interesa, vayan y háganlo, no se lo pregunten tanto”. Tanto para principiantes como para expertos, es fundamental manejar a una velocidad prudente, llevar las protecciones necesarias y conducir con responsabilidad. Estos cuidados permiten viajar de forma segura, relajar la mente y disfrutar del trayecto.
Para Julia, es completamente distinto a viajar en auto: “En el auto vas mirando el paisaje, en la moto sos parte del paisaje. Sentís el frío, el viento, la textura del suelo; estás con los cinco sentidos. Para mí, eso cambió la forma de conocer los lugares", admite.
“A mí, la moto me solucionó la vida: ya no tengo más ansiedad, soy feliz, me llevo mejor con mi familia… ¿qué más quiero?”, concluyó.
Hoy, su vida cabe en tres valijas. No necesita grandes lujos, ni tampoco los pretende. Vive de manera austera, y sus verdaderos tesoros no están en lo material, sino en los paisajes que habitan su memoria y en todos los amigos que hizo en el camino. En la comodidad de su carpa y sobre dos ruedas, encontró todo aquello que le llena el alma y el corazón.
Te puede interesar...
Leé más
Con febrero del 2027 como cita electoral, Gaido apura los procesos políticos por su sucesión
-
TAGS
- moto
- Neuquén
- Argentina
- viajar
- +Historias
Noticias relacionadas























Dejá tu comentario