Llegó desde Catamarca con una historia dura a cuestas: trabajó en tabacales, crió sola a sus hijos y volvió a empezar en Centenario donde su familia la ama.
En una casa de Centenario, cada cumpleaños familiar tiene un ritual que nadie discute. Antes que empiece la reunión, antes que lleguen los abrazos o se corte la torta, alguien aparece con una bandeja de empanadas recién hechas. Son las empanadas de Tránsito Isabel Arjona, una mujer que está a punto de cumplir 99 años y que para su familia es mucho más que una abuela: es su "Mirtha Legrand de Neuquén".
“Siempre trae empanadas para el cumpleaños de cada uno”, contaron sus hijos y nietos. No importa si es invierno o verano, si la reunión es grande o pequeña. Tránsito llega con su regalo hecho a mano, como lo hizo durante décadas.
Su familia la describe con una mezcla de orgullo y cariño: “Es el corazón de la historia familiar”, dijeron con cariño, y enseguida aparecieron las risas, cuando la comparan con la legendaria conductora que también se acerca al siglo de vida. Y aunque entre ellas la única coincidencia son los 99 años, su familia encontró en ese parangón la oportunidad para reconocer y agasajar a su abuela.
Detrás de esta mujer vital, que todavía canta coplas, baila en las fiestas familiares y cuida su jardín, hay una historia marcada por el sacrificio y la resiliencia.
Tránsito nació el 27 de agosto de 1927, en una zona rural del norte argentino, cerca de Santa María, en Catamarca. Allí, en los cerros donde se cruzan caminos que conectan con Salta, Tucumán y Jujuy, creció en una realidad muy distinta a la que viven hoy sus descendientes.
Era una vida de campo, de largas caminatas y de trabajo desde muy joven. La escuela quedaba demasiado lejos y su familia necesitaba manos para ayudar. Por eso, como ella misma recordó, nunca pudo ir a estudiar.
“Siempre dice que le hubiese gustado ir a la escuela”, contó una de sus nietas a LM Neuquén. Con los años, aprendió a firmar su nombre con ayuda de sus hijos y nietos. Pero esa espina quedó para siempre.
La infancia transcurrió entre animales, cerros y una vida sencilla que pronto se transformaría en una etapa aún más dura. Tránsito comenzó a trabajar en distintos lugares del norte argentino, siguiendo las cosechas.
Durante años se empleó en tabacales y plantaciones, donde las jornadas eran largas y el trabajo físico, intenso. También pasó por ingenios azucareros, donde se dedicaba a tareas vinculadas con la caña de azúcar.
En ese contexto nacieron varios de sus hijos. Las historias familiares recuerdan que incluso uno de los nacimientos ocurrió en medio del trabajo, cuando Tránsito estaba en una plantación y comenzaron los dolores de parto.
Para su familia, esas anécdotas hablan de una época en la que todo era más difícil, especialmente para las mujeres. La vida de Tránsito dio un giro doloroso cuando el padre de sus hijos la abandonó en Catamarca. La relación había estado marcada por la violencia. Según recordaron sus hijas, él bebía y la maltrataba.
Finalmente, se fue y la dejó sola con varios chicos pequeños. A partir de ese momento, Tránsito tuvo que salir adelante sin ayuda. Trabajó en lo que pudo: lavando ropa, cocinando, limpiando casas de familia, haciendo cualquier tarea que le permitiera alimentar a sus hijos.
Las jornadas empezaban muy temprano y terminaban tarde. Muchas veces caminaba largas distancias para ir a trabajar y volver a su casa con algo para comer.
La familia recordó que su mayor preocupación era que sus hijos crecieran con valores, a pesar de la pobreza. “Nos decía que, aunque fuéramos pobres, nunca teníamos que robar”, recordaron.
Con el paso del tiempo, algunos de sus hijos comenzaron a migrar hacia otras provincias en busca de trabajo. Una de sus hijas fue la que tomó la decisión que cambiaría el rumbo de la familia: traerla a Neuquén. Eso ocurrió en 1987.
Para entonces, Tránsito ya era una mujer mayor, pero su espíritu trabajador seguía intacto. En el Alto Valle encontró una nueva oportunidad. En Neuquén conoció a “Zapallito” Molina, un reconocido dirigente social que impulsaba programas de trabajo comunitario.
A través de esos planes, Tránsito volvió a trabajar. Las tareas eran variadas: limpieza de chacras, mantenimiento de espacios públicos, trabajos en el cementerio y otras actividades comunitarias. No era fácil. Pero ella nunca se quedó quieta.
Con el tiempo, ese trabajo le permitió juntar dinero y levantar su propia casa en Centenario, construida de a poco, con esfuerzo y paciencia. Para una mujer que había pasado gran parte de su vida luchando por sobrevivir, tener una casa propia fue un logro enorme.
Con los años, la familia creció. Hoy Tránsito tiene seis hijos, 16 nietos y 10 bisnietos. Y todos coinciden en algo: es el corazón del clan. Las reuniones familiares suelen girar en torno a ella.
Le gusta cocinar, especialmente empanadas y locro, platos que se volvieron parte de las celebraciones familiares. Incluso hasta hace unos años ella hacía empanadas y salía a venderlas a la calle. Muchos vecinos las esperaban con ansias.
Pero no solo cocina: también canta. Desde joven aprendió a entonar coplas del norte, pequeñas canciones que narran historias de la vida cotidiana, del amor, del trabajo y del paisaje.
En las reuniones, a veces comienza a cantar y todos se quedan escuchando. “Canta coplas que cuentan su vida”, dijeron sus nietos, uno de sus bisnietos es el encargado de acompañarla con la guitarra e incluso hicieron un par de temas juntos.
A pesar de su edad, Tránsito sigue siendo una mujer activa. Le gusta bailar en las reuniones familiares, cuidar su jardín y compartir tiempo con sus bisnietos. Muchas veces, cuando se arma una fiesta familiar, es la primera en ponerse a bailar.
Su memoria también sorprende a todos. Recuerda nombres, lugares y anécdotas de hace décadas. Para sus nietos y bisnietos, escucharla es una forma de viajar al pasado.
Entre las muchas historias que cuenta, hay una que se repite y que siempre provoca risas en la familia. Un día, mientras hablaba con una de sus bisnietas adolescentes, le dio un consejo muy directo: “No te cases”, le dijo.
La frase, que puede parecer una broma, tiene raíces profundas. Después de todo lo que vivió en su matrimonio -la violencia, el abandono, la crianza en soledad-, Tránsito nunca volvió a formar pareja. Decidió dedicarse a sus hijos y a su trabajo.
Para su familia, ese consejo es también una forma de transmitir una lección: que las mujeres deben cuidarse y saber que se pueden valer por sí mismas.
A punto de cumplir 99 años, Tránsito sigue rodeada del cariño de toda su familia. Sus hijos, nietos y bisnietos la visitan, la escuchan y celebran su energía. Para ellos, su historia es una muestra de fortaleza.
Una mujer que atravesó pobreza, violencia y abandono, pero que nunca dejó de trabajar ni de luchar por sus hijos. Hoy, cuando alguien cumple años en la familia, la escena se repite.
Tránsito aparece con su bandeja de empanadas, con una sonrisa y alguna copla lista para cantar. Y entonces todos entienden por qué, para ellos, es mucho más que una abuela.
Es la mujer que sostuvo a toda la familia durante décadas. La mujer que nunca se rindió. La mujer que, a los 99 años, sigue siendo -como dicen sus hijos- su verdadera “Mirtha Legrand de Neuquén”.