{# #} {# #}
Aída no podía irse de este mundo de otra manera. Se fue en silencio, de manera serena, con la paz que siempre reflejaba en su voz, sus modales, su rostro. No murió por alguna enfermedad; acaso entendió que su largo ciclo de vida ya estaba cumplido después de haber respirado por este mundo durante 108 años y ochos meses.
El año pasado tuve la suerte de conocer y entrevistar a Aída Rosa Moreno –su nombre completo- para que me contara su larga historia, los secretos de su longevidad, sus anécdotas.
Había nacido en Yacanto, Córdoba, el 15 de enero de 1915, pero se consideraba una auténtica neuquina porque a los dos años llegó con su familia a este rincón de la Patagonia.
Recorrió buena parte de la provincia cuando todavía era territorio nacional y los paisajes eran más vírgenes e inhóspitos que ahora. Fue testigo de todas las pestes y todas las guerras, de todas las alegrías y tristezas por las que pasó la humanidad. Vivió en un mundo completamente distinto a lo largo de más de un siglo. Fue una charla tan hermosa como apasionante.
Me sorprendí con la frescura y la paz que irradiaba. Me contó de su infancia y adolescencia en San Martín de los Andes, de sus aventuras en la montaña y de su independencia. En efecto, Aída se abrió camino sola en la vida.
Me dijo que se casó a los 35, bastante “grande” para ese entonces, que enviudó muy joven y tuvo que criar a sus dos hijas, que hizo cosas que en otros tiempos estaban vedadas para las mujeres, como manejar automóviles, timonear botes y trabajar en la administración pública. En efecto, ella fue la primera en hacerlo en la Casa de Gobierno de Neuquén.
Aída siguió adelante, viviendo la vida a pleno y con mucha alegría, la clave -según ella- de su longevidad tan larga y maravillosa. “Yo he vivido una vida muy feliz”, me dijo con una sonrisa.
Felicidad, paz, tesón, libertad, en definitiva, ganas de vivir. Vaya fórmula en esta época tan vertiginosa y alocada.
No sé si para ella el tiempo pasó rápido o lento. Los tacos de los almanaques caían como fichas de dominó, la gente de su entorno iba muriendo, el mundo se modificaba, las sociedades evolucionaban con la tecnología y ella seguía cumpliendo años. Setenta, ochenta, noventa, cien velitas…
Aída superó la pandemia, el peor miedo que enfrentó la humanidad. Después del encierro, se fue a vivir a la casa de su yerno Héctor Tresalet y su hija María Ayda, donde pasó los últimos años rodeada de afecto y de felicidad.
Fue Héctor el que me llamó para contarme que la abuela eterna había terminado su largo viaje terrenal el 17 de este mes. No fue un mensaje triste; tal vez un poco melancólico, reflexivo.
Me confió que Aída murió en silencio y en paz mientras dormía, una manera acorde a su historia.
Acaso fue una forma humilde de despedida. O la maravillosa libertad de volar después de tanto navegar por los mares del tiempo.