La iniciativa de un emprendimiento familiar para solventar los estudios universitarios de tres hijos se convirtió en un clásico en Neuquén.
Hay aromas que despiertan el paladar de grandes y chicos: el dulzor de los pochoclos, las garrapiñadas recién caramelizadas y el azúcar girando para formar un enorme algodón. Detrás de esas escenas de cada fin de semana en Neuquén, hay una historia familiar que nació mucho antes de aquel primer dulce vendido.
Julio César Barne es neuquino y desde hace años trabaja en la administración pública, aunque siempre guardó la inquietud de crear algo propio, un cable a tierra fuera de la rutina. Junto a Ayelén, su esposa, le dieron forma a una idea que rápidamente se transformó en una herramienta para asegurar el futuro de sus hijos.
Con seis hijos a cargo —Damián, Priscila, Gonzalo, Santino, Dylan y Noah—, el verdadero desafío familiar llegó cuando los tres mayores empezaron la universidad; sostener esa nueva etapa los obligó a buscar una alternativa económica que les permitiera acompañar ese crecimiento.
Así fue como nació la idea de crear un emprendimiento. La elección del rubro, no fue casualidad. En su familia, el mundo de lo dulce siempre estuvo presente.
Su padre había sido repostero, y durante años estuvo vinculado a la elaboración de productos tradicionales, un recuerdo que quedó marcado en Julio y que, con el tiempo, volvió a tomar protagonismo.
A esa herencia familiar se sumaron sus propias habilidades y su gusto por crear cosas nuevas. Poco a poco, aquella idea inicial empezó a tomar forma hasta convertirse en un proyecto basado en la elaboración y venta de golosinas.
Con el plan definido, la familia puso manos a la obra. Julio, que por su trabajo en el área de mantenimiento ya tenía conocimientos de soldadura y pintura, asumió el liderazgo del armado y sumó a sus hijos para edificar, desde cero, la estructura de su nueva propuesta.
Cada rincón del carro cobró vida a través del esfuerzo compartido: cortar, soldar, pintar y ensamblar fueron las tareas que unieron a la familia durante meses. No se trataba solo de levantar un puesto de ventas, sino de moldear un espacio donde cada integrante hubiera dejado su propia huella.
El proceso exigió tiempo y dedicación, pero el esfuerzo dio sus frutos. El 1 de enero de 2024, el carro rodó por primera vez hacia la orilla del río en el Paseo de la Costa, marcando el debut oficial del emprendimiento y el inicio de una nueva etapa.
Quien vivió el proceso con mayor ilusión fue Noah, el más pequeño de los hermanos. Siguió de cerca cada avance y se convirtió en el fanático número uno de los dulces; por eso, al momento de bautizar el negocio, la decisión fue unánime: el proyecto familiar llevaría su nombre y pasaría a llamarse “El Carrito de Noah”.
Para Julio y su familia, cada jornada representa la oportunidad de conectar con la comunidad y disfrutar de un gesto tan simple como la ilusión de un niño al acercarse al mostrador. “Realmente disfrutamos mucho lo que hacemos. Tener ese contacto con las criaturas, verlos sonreír, llegar por un algodoncito, una golosina o un juguetito, es muy lindo”, cuenta Julio, reflejando el espíritu que mueve al emprendimiento.
Esa cercanía con los clientes es uno de los pilares que más valoran. Lo que empieza como una transacción habitual suele transformarse en una charla espontánea, un intercambio de sonrisas o un recuerdo que los más pequeños se llevan a casa.
“Hay momentos en que uno se tiene que dar cuenta de que no es solo plata. También hay momentos que hay que disfrutar”, reflexiona. Con esa premisa, la familia busca que cada experiencia sea especial; por eso, suelen sumar pequeños regalos o sorpresas, entendiendo que detrás de cada pedido siempre hay una expectativa infantil.
Detrás del mostrador no solo hay golosinas, sino un proceso artesanal que la familia cuida con rigurosidad. Su oferta combina clásicos como pochoclos, algodones de azúcar, garrapiñadas, esponjitas, manzanas caramelizadas y cubanitos rellenos, complementados con una selección de dulces industriales.
Uno de los objetivos de Julio es revalorizar lo hecho a mano. Según explica, el público actual busca alternativas alejadas de los caramelos y prefiere opciones con identidad y sabor casero.
“Sabemos que ofrecemos una golosina y que el exceso de azúcar no es lo más saludable, pero la gente prefiere un producto de elaboración propia antes que uno fabricado en línea”, señala.
En esa búsqueda, el pochoclo se consolidó como el producto estrella. La técnica perfeccionada con el tiempo generó un público fiel que regresa exclusivamente por él: “Hay clientes que vienen y nos dicen que es increíble; se acercan solo para buscar eso”, cuenta entre risas.
Con la mirada puesta en la llegada del invierno, la familia ya diseña nuevas incorporaciones. Próximamente sumarán confitados de chocolate con almendras, maní y frutos secos; una tentación pensada para combatir el frío y diversificar la oferta cuando la temporada invita a buscar otros sabores.
El crecimiento del emprendimiento también los llevó a propuestas inesperadas. Durante una edición de la feria Neuquén Emprende, una familia se acercó al carro y quedó maravillada. Faltaban pocos días para el cumpleaños de su hijo y plantearon una pregunta que cambiaría el rumbo del negocio: "¿Hacen eventos privados?". El destino sumó un detalle especial, ya que el cumpleañero también se llamaba Noah.
Hasta ese momento, la alternativa no estaba en los planes, pero la respuesta fue un rotundo sí. “Les dijimos que éramos nuevos en esto, pero que podíamos hacerlo”, recuerda Julio sobre aquel debut. A partir de esa experiencia, la agenda comenzó a llenarse con cumpleaños infantiles y celebraciones donde el carrito se convirtió en el centro de los festejos.
La propuesta actual va mucho más allá de trasladar el puesto y despachar dulces; el secreto está en la adaptabilidad. La familia conversa previamente con los organizadores, indaga en los gustos de los chicos y diseña detalles a medida para cada festejo. “Es un servicio muy personalizado. No es que vamos, armamos el carro y nada más”, concluye Julio.
Más allá del crecimiento comercial, para Julio el verdadero resultado está en ver cómo sus hijos avanzan en el camino que buscaban acompañar cuando decidieron poner en marcha el proyecto.
Damián y Priscila están transitando los últimos años de la Licenciatura en Economía en la Universidad Nacional del Comahue, mientras que Gonzalo estudia Seguridad e Higiene.
Para sus padres, verlos proyectarse como futuros profesionales es la mayor recompensa. El emprendimiento no solo alivió la carga económica de los estudios, sino que se convirtió en una escuela práctica de responsabilidad, constancia y trabajo en equipo.
“Para nosotros la mejor forma que tienen de devolvernos todo el esfuerzo es ver cómo ellos prosperan”, confiesa Julio. Detrás de cada materia aprobada hubo jornadas dobles de estudio y trabajo, una dinámica que les enseñó el valor real de la dedicación. “A veces no se dimensiona el sacrificio que exige la facultad; si no estudiás, no hay forma de avanzar”, reflexiona.
A lo largo de este camino, el emprendimiento también dejó aprendizajes. Para Julio, la experiencia demostró que la voluntad no basta: un proyecto sostenible exige rigurosidad administrativa y visión estratégica.
Con el tiempo entendió que no se trata solamente de vender, sino de saber organizarse y reinvertir. “Separar los gastos de la ganancia es la clave. La persona que no sabe gastar menos de lo que gana, nunca va a poder emprender algo”, explica.
Hoy, lo que nació para costear las aulas universitarias es una historia familiar en plena expansión. Detrás de cada pochoclo y cada sonrisa frente al mostrador, ya no solo hay un dulce: laten horas de trabajo y sueños compartidos. Al final del día, "El Carrito de Noah" excede lo comercial; es el testimonio vivo de una familia neuquina que transformó el esfuerzo mutuo en el trampolín hacia el futuro de sus hijos.