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De Don Felipe y el obispo Radrizzani al smoking de Sandro: la legendaria tintorería que vistió a la historia neuquina

Es el único local artesanal que queda en la ciudad. Abrió en 1969, en pleno boom de El Chocón, y sobrevivió a crisis y robos. Hoy, madre e hijo mantienen vivo un oficio en extinción.

No hubo gobernador ni intendente de la ciudad que no pasara por su local. Tampoco faltaron los obispos ni cientos de familias históricas neuquinas que terminaron tejiendo con ellos un lazo de profunda amistad. Hasta el mismísimo Sandro, una de las figuras más influyentes de la música popular, necesitó de sus servicios de urgencia en plena gira por el país.

Desde hace 57 años, la Tintorería Pardini es un pedazo vivo de la historia de Neuquén. El local sigue vigente sobre la calle Belgrano 134, atendido por sus propios dueños. Eduardo "Chacho" Pardini y Susana Micaela Gómez fueron los responsables de fundar este emblema.

“Llegamos desde Bahía Blanca el 13 de agosto de 1969”, rememora Susana, quien tenía apenas 18 años cuando pisó el suelo neuquino por primera vez. “No conocía nada. Era una ciudad chica pero linda. Eduardo había venido unos meses antes junto a mi padre a buscar locales. Hoy somos la única tintorería artesanal que queda en Neuquén”, acota con orgullo.

El primer mostrador en la calle Roca

Los inicios de Pardini se remontan a la calle Roca 191, donde actualmente funciona una cafetería. “El local se lo alquilamos a Don Antonio Ale y a su señora, Doña Luisa. Al lado del negocio estaba nuestra casa, en el 171. Para poder alquilar, Néstor Del Campo —el reconocido empresario de la industria de los combustibles— nos salió de garante sin conocernos demasiado. Era otro Neuquén”, recuerda Susana.

El frente de la tintorería que se ubicó en la calle Roca 191. Eduardo "Chacho" Pardini y Susana llegaron desde Bahía Blanca a Neuquén en 1969.

"Chacho", como todos conocían a Pardini en la ciudad, trabajaba en el rubro metalúrgico en Bahía Blanca. Junto a su esposa tenían un kiosco al lado de la tintorería Austral. Fue el dueño de ese comercio quien le enseñó los secretos del oficio y le recomendó probar suerte en Neuquén, ya que en suelo bonaerense la competencia era mucha.

Al llegar, la familia se instaló en el barrio Villa María. Allí criaron a su primer hijo, Eduardo, quien heredó el nombre de su padre. Luego llegaría Verónica, su hermana, quien mucho más tarde se recibiría. “Yo prácticamente me crié adentro de la tintorería. Mi hermana nunca estuvo en la tintorería, le gustaba la actividad física. Hoy, es martillera pública”, dice Eduardo (h), quien hoy lleva adelante el negocio junto a su mamá.

En esa primera etapa, Neuquén contaba con otras firmas como la tintorería Central (de los hermanos Ferrari), Seiko (de la familia japonesa Nakandakare), Nobel, Paimún, La Araucana y La Japonesa de Arakaki Mitushiro. Luego se abrieron más locales dedicados al rubro.

Eduardo, Susana y su hermana, Mirtha, que también es parte del trabajo que se realiza en la tintorería, que desde 1978 se encuentra en Belgrano 134.

“Mi papá cuando llegó abrió con otro concepto porque acá nadie hacía gamulanes, cuero, nobuck. Por ejemplo, no había secadoras. También se limpiaban alfombras porque se usaba mucho”, destacó.

El boom de El Chocón y la "época del traje"

La construcción de la represa Hidroeléctrica El Chocón entre 1968 y 1977, que en su momento fue catalogada como "la obra del siglo", transformó por completo a la región. Profesionales y obreros de todo el país y extranjeros arribaron en masa.

“En esa época teníamos muchísimo trabajo por la gente que venía a El Chocón. Como allá no había infraestructura, la mayoría paraba en Neuquén. Fue un boom de crecimiento”, relata Susana.

En negocio aún conserva el equipamiento original con el que abrió sus puertas en 1969. ”Son el Ford Falcon y el Torino de las máquinas. Es una marca Grinn & Ditrich de industria nacional", contó Eduardo.

“El traje se usaba muchísimo. Recibíamos parvas de ropa”, detalla Eduardo (h). “Se usaba para trabajar, pero también para salir a boliches o a la confitería Tijuana, en la Avenida Argentina. Hasta los choferes de la administración pública usaban traje. Hoy en día el equivalente sería lo que pasa con los mamelucos de Vaca Muerta, pero de eso se ocupan los lavaderos industriales en Añelo". Entre 1982 y 1985 la demanda fue tal que el rubro explotó: llegó a haber más de 15 tintorerías en la capital.

Un trabajo artesanal que "nunca fue barato"

En 1978, Pardini se mudó a su actual dirección en Belgrano 144. Históricamente, el servicio de tintorería requirió una inversión mayor debido al costo de los productos químicos de limpieza y la complejidad de los procesos.

“Hubo un tiempo en que los mozos de las confiterías El Ciervo o Zoia traían sus pantalones y camisas de trabajo”, recuerda Susana. “Era otro contexto social y económico; los sueldos estaban más equiparados para arriba. Venía todo el mundo, pero la tintorería nunca fue barata”, afirmó Eduardo.

Histórico. Es el único cartel aéreo que se puede apreciar en la calle Belgrano casi Yrigoyen, que aún permanece a modo de emblema. En el fondo se puede observar la vieja estructura de hormigón donde se construirá un nuevo edificio para los juzgados federales.

Hoy, mantener una prenda de alta gama —como una campera de pluma de marcas como The North Face, Columbia o Ansilta— puede costar entre 50.000 y 60.000 pesos por el cuidado extremo que requiere. “Nosotros trabajamos mucho con pluma, trajes, vestidos de fiesta, cuero; hay que tener sumo cuidado”, explicó.

El prestigio del local es tal que incluso las grandes cadenas reconocen su valor. “Muchos lavaderos ponen 'Tintorería' en letra chica para agarrar un saco, pero después lo lavan y usan planchas comunes. En cambio, en Walt-Mart son mucho más honestos: cuando ven que una prenda fina se les puede achicar o decolorar, le dicen a la gente: 'Vayan a lo de Pardini'”, revela.

"Los Falcon y Torino de las máquinas"

En el local se conserva aún el equipamiento original con el que abrió sus puertas en 1969. ”Son el Ford Falcon y el Torino de las máquinas. Es una marca Grinn & Ditrich de industria nacional. Todavía funcionan a la perfección, solo hay que cambiarles las correas de vez en cuando. Tuvimos máquinas computarizadas cuando abrimos una sucursal en La Anónima por más de dos décadas, pero nada que ver: requieren mucho mantenimiento, se rompen y no conseguís los repuestos”, compara Eduardo.

Eduardo (h) hizo un año de la carrera de Medicina en La Plata y decidió volver a Neuquén para acompañar a su madre en el negocio. Eduardo "Chacho" Pardini falleció en 1988.

Son dos moles de hierro cuyas planchas pesan más de 2.000 kilos. Susana sigue planchando en ellas como el primer día. El arte del planchado es un secreto familiar, pero también una escuela: “Es un oficio que ya no existe. Mi marido formó a un planchador en 1972, Antonio, que entró a los 18 años y trabajó con nosotros hasta que se jubiló. Hay que tener mucha paciencia y ojo. Hay clientes que son exigentes y llegamos a trabajar con más de 100 prendas diarias; no se te puede pasar un detalle”.

El desfile del poder y la bendición del Obispo

Por los percheros de Pardini pasó la historia viva de la política neuquina. “Atendimos y atendemos a todo el mundo”, asegura Eduardo, derribando esa opinión de algunos que expresan que la tintorería es para el Jet set neuquino. Susana empieza a enumerar de memoria: “Don Felipe Sapag, Jorge Sobisch, Elías Sapag, Pechi Quiroga, Balda, Pedro Salvatori, Chito Jalil, el dr.Romero, Cacho Vidal, Omar Gutiérrez, Jorge Sapag, Rolo Figueroa... Todos los gobernadores trajeron su ropa acá”.

A modo de nota de color, Susana recuerda que antes de cada campaña electoral, "Pechi" Quiroga les llevaba su emblemática campera para dejarla impecable: “Muchos pensaban que era de gamuza, pero era antilopada. Hoy, su hija Ayelén sigue viniendo”. A la hora de elegir a los clientes con los trajes más elegantes, Susana no duda: “Jorge Sapag y Jorge Sobisch, ropa de muchísima calidad”. Sin embargo, Eduardo consideró que todos (los ex gobernadores) tenían “muy buenos” trajes: “Desde que abrimos todos los gobernadores han traído la ropa”.

Packaging de época. Una de las bolsas que entregaba la tintorería en donde se depositaban los sweters de los clientes. Las prendas iban envueltas en papel madera.

Otro habitué del local era Milton Aguilar, el inolvidable poeta neuquino. “Venía siempre a tomar mates y a charlar con mi papá. Le insistía con que tenía que ponerle un nombre mapuche a mi hermana”, recuerda Eduardo.

La Iglesia también confió en sus manos. Los obispos Jaime de Nevares, Agustín Radrizzani y el padre Carlos Alberto Calzado fueron clientes. “Don Jaime siempre mandaba a su secretaria con sus pantalones y la sotana; él nunca entró al negocio”, cuenta Susana. Con Radrizzani, en cambio, la historia fue distinta: “Un día viene una señora a buscar un saco y me dice que era del 'obispo nuevo'. Cuando miro la boleta, era de Agustín Radrizzani. Él mismo había ido antes a dejarlo. Al día siguiente volvió, y como no quisimos cobrarle, insistía en pagarnos. Le dije: 'Mire, si no me quiere recibir la plata, bendígame el negocio'. Nos terminamos haciendo muy amigos. Un hombre de una humildad increíble”. Hace poco un nuevo episodio ocurrió con un joven cura. Susana no quiso recibir el pago por el lavado de una sotana. Y nuevamente el negocio fue bendecido.

El día que salvaron a Sandro

En 1979, durante una de sus míticas giras, Sandro desembarcó en Neuquén y se alojó en el Hotel del Comahue. Al abrir el vestuario, estalló la emergencia: su famoso smoking blanco se había manchado por accidente con un líquido rojo.

Desde 2021, la tintorería Pardini luce en la fachada del negocio una placa de reconocimiento oficial como comercio histórico por sus 57 años de historia en Neuquén.

Desesperado, Oscar Anderle -representante de "El Gitano"- corrió hasta la tintorería. Chacho Pardini desplegó su magia artesanal y logró remover la mancha por completo, salvando el show. En agradecimiento, el cantante les envió dos entradas. “No pudimos ir”, se lamentó Susana con una sonrisa nostálgica. “Me encantaba Sandro, pero mis hijos eran muy chicos y no tenía con quién dejarlos. Después nunca más lo pude ver”.

Golpes, robos y la lealtad de los vecinos

La trayectoria de la tintorería también estuvo marcada por la resiliencia. En su historia sufrieron cuatro robos grandes. El más devastador ocurrió en 1986, cuando delincuentes saquearon el local y le prendieron fuego. “Por fortuna el incendio no llegó a los solventes, pero destruyó todo. Reabrimos gracias a que el 80% de nuestros clientes nos ayudó a salir adelante. El propio Don Felipe Sapag se acercó a ponerse a disposición”, recuerda Susana.

El último golpe fuerte ocurrió hace unos años, cuando ladrones aprovecharon el abandono de una obra vecina en Belgrano e Irigoyen para entrar por los techos y llevarse decenas de camperas costosas de los clientes. El seguro no se hizo mucho cargo, apenas cubrió una fracción de las pérdidas. La familia tuvo que desembolsar millones de pesos de su bolsillo para responder por cada prenda.

Los "sobrevivientes" de un Neuquén que ya no está

Eduardo aprovecha para dejar un consejo de experto a los compradores actuales. No todas las personas entiende de géneros y cómo mantener su ropa. “Antes de que te guste una prenda por fuera, mirá la etiqueta interna. Hoy la gente compra ropa que no se puede lavar, no se puede limpiar en seco. Nosotros a clientes le hemos arreglados prendas para que zafen. Hay algunas que no las podemos ni tocar porque se deforman”, aseguró. "También con los gamulanes: los de ahora son sintéticos, no son como los que usaba tu papá. El tratamiento del cuero de oveja, desmanchar y hasta teñir -si es necesario- es un arte artesanal. Debe haber apenas diez tintorerías en todo el país que hagan el trabajo artesanal que hacemos nosotros”.

Una de las publicidades que hacía el negocio en donde se puede ver el local en la calle Belgrano y el anuncio de su nueva dirección.

Chacho Pardini falleció en 1988, con apenas 44 años. Amaba Traful y su profesión. “Tenía devoción por lo que hacía. Llegabas al negocio, te invitaba un mate y te hacía pasar para mostrarte cómo se trabajaba y funcionaban las máquinas. Hizo muchas amistades y a veces no venía al mediodía a comer porque se había quedado en la casa de algún cliente amigo”, evoca su hijo.

Hoy, Eduardo y Susana siguen firmes detrás del mostrador de la calle Belgrano, custodiando las anécdotas, el vapor de las viejas máquinas y la confianza de un Neuquén que se transformó a pasos agigantados, pero que se resiste a olvidar sus raíces.

“Yo solo tengo palabras de agradecimiento para los vecinos y para toda la gente de Neuquén”, concluye Susana. Eduardo, desde su oficina en donde se destaca una gran bandera provincial y la cruz que le regaló el obispo Radrizzani, cierra con orgullo: “Nosotros somos sobrevivientes porque la industria ya no existe. Lo que queda es un oficio puro. Y conmigo, se termina la tintorería”.

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