Conocidos en redes como “La Ruta Madre”, hace cuatro años recorren el continente en una casa rodante y comparten las historias, conflictos y realidades de cada país que visitan.
Hace siete años, Santiago y Julieta tomaron una decisión que cambiaría sus vidas: dejar la rutina para recorrer el continente en una casa rodante. Tras años de trabajo transformando la camioneta en un hogar, finalmente salieron a la ruta, aunque el inicio de la aventura estuvo marcado por una seguidilla de imprevistos que puso en duda la continuidad del viaje.
Santiago Mango (35) nació en Neuquén y Julieta Gugliottella (36) en Tierra del Fuego. El punto de encuentro fue Buenos Aires, donde se conocieron mientras participaban en una organización social en la que ambos militaban.
Ella estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Plata y él Ciencias Políticas en la UBA. Durante esos años en la capital, Julieta trabajaba en Sedronar y Santiago en una librería, además de desempeñarse como técnico de fútbol en escuelitas y clubes. Con el tiempo, además de compartir proyectos y convicciones, empezaron a imaginar una vida distinta, más ligada al movimiento, los viajes y la posibilidad de conocer el continente de otra manera.
En 2019, cuando terminó su contrato de alquiler, decidieron dar el primer paso: vendieron el auto que tenían y compraron una Mercedes Benz modelo 1986 que convertirían en su motorhome: "La Mecha". Poco después se mudaron a Neuquén, donde durante casi tres años trabajaron en acondicionar la camioneta para transformarla en su hogar sobre ruedas.
En diciembre de 2021, Santiago y Julieta se pusieron una fecha límite para salir: tenían que llegar a La Plata para un recital de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Era la excusa perfecta para dejar de postergar la partida. “Como que no salíamos más y cuando anunciaron esa fecha dijimos: listo, ya está. Como estemos, tenemos que salir y llegar a este recital”, recuerda Julieta.
El desafío no era menor. Para ellos recorrer 1200 kilómetros en dos días era muchísimo, ya que la camioneta viaja a unos 60 kilómetros por hora. Aun así, llegaron a destino, dejaron el vehículo estacionado y se fueron al recital convencidos de que lo mejor estaba por venir.
Sin embargo, la alegría duró poco. En medio del show les robaron los dos celulares. El viaje recién empezaba y ya los ponía a prueba. “Un caos total”, resume Santiago. “Nos quedamos sin forma de comunicarnos”. Por suerte, Julieta había vivido varios años en La Plata y todavía conservaba amigos allí. Esa red fue el primer salvavidas.
Pero al día siguiente apareció otro problema cuando fueron a buscar la camioneta al estacionamiento. “Perdía agua por todos lados”, cuenta Santiago. La bomba de agua estaba rota. Entre la reparación y la compra de nuevos celulares, en apenas tres días habían gastado prácticamente todos los ahorros con los que habían iniciado la aventura.
La situación era aún más compleja porque la casa rodante ni siquiera estaba terminada. El baño y la conexión de agua todavía no funcionaban. “Habíamos construido una casa durante tres años y no podíamos usar lo más básico”, recuerda Julieta. “Ni siquiera éramos autónomos. Teníamos que estar en la puerta de la casa de una amiga hasta para cepillarnos los dientes”.
Ante ese panorama decidieron contar lo que estaba pasando en redes sociales. Lo hicieron casi sin ganas, más por compromiso con quienes venían siguiendo el proyecto que por otra cosa.
La respuesta los sorprendió. Personas que los seguían comenzaron a acercarse a la feria donde estaban vendiendo artesanías para sostener el viaje: algunos les llevaban regalos, otros celulares, y muchos simplemente iban a mostrarles su apoyo y darles ánimo. También empezaron a llegar pequeñas colaboraciones económicas.
Para Santiago, que hasta ese momento estaba bastante alejado del mundo de las redes, fue un descubrimiento. “Ahí recién caí que había una comunidad atrás”, cuenta. “Gente que no nos conocía, pero que estaba impulsándonos a seguir”.
Con la camioneta reparada, decidieron continuar hacia Rosario, donde una familia que habían conocido a través de internet se ofreció a ayudarlos a terminar el baño y las conexiones de agua para que la casa rodante fuera realmente funcional.
Pero el camino volvió a complicarse. A la altura de Zárate, en plena autopista, la camioneta levantó temperatura y se detuvo: la correa se había cortado. “Nos quedamos tirados a las diez de la mañana en la banquina, bajo el sol, sin entender nada”, recuerda Santiago.
Finalmente, un seguidor que los había conocido días antes en La Plata manejó hasta la autopista para ayudarlos. “Había viajado una hora hasta la feria para conocernos y después se hizo dos horas de ruta para cambiarnos la correa en el medio de la autopista”, cuenta Julieta.
Cuando lograron llegar a Rosario ya era de noche. La familia que los esperaba los recibió con una picada y cerveza y, en apenas dos días, les ayudaron a terminar lo que faltaba en la camioneta.
Pero los problemas todavía no habían terminado. En esos días, Julieta empezó a sentirse cada vez peor. Era diciembre y el país atravesaba un nuevo pico de COVID. Camino a Buenos Aires —donde planeaban pasar Navidad con sus familias— llegó la confirmación: el test había dado positivo.
Ese 25 lo pasaron aislados en un departamento prestado, lejos de todos. “Ya estábamos robados, con dos desperfectos mecánicos, varados en la ruta y ahora con COVID”, recuerda Santiago.
Días después, mientras estaban en la costa, el celular de Julieta empezó a recibir notificaciones del banco. Alguien había hackeado las cuentas asociadas al teléfono que les habían robado semanas antes. En cuestión de minutos les vaciaron el dinero que habían logrado reunir. “Nos robaron todo. Incluso los ‘cafecitos’ que nos habían mandado los seguidores para ayudarnos”, cuenta Santiago.
La seguidilla de problemas fue tan dura que llegaron a preguntarse si debían continuar. “Estábamos derrotados y sin fuerzas”, recuerda Julieta. Sin embargo, decidieron seguir hasta Tierra del Fuego. Allí, al menos, tenían a su familia cerca si algo volvía a salir mal. De alguna manera, ese primer mes lleno de golpes también terminó marcando el espíritu del viaje.
Para la pareja, lo que comenzó como un proyecto personal terminó convirtiéndose en algo mucho más grande. Durante los tres años que tardaron en construir la casa rodante, Julieta fue compartiendo el proceso en redes sociales. Al principio era apenas un grupo pequeño de personas interesadas en seguir el avance de la camioneta y el sueño del viaje.
Pero cuando llegaron los primeros golpes —los robos, las roturas, la enfermedad y la incertidumbre— esa comunidad empezó a hacerse presente de formas inesperadas. “Si no hubiera estado toda esa gente atrás empujándonos, probablemente nos hubiéramos vuelto”, reconoce Santiago. “Suena cliché, pero ahí entendimos que ya no viajábamos solos, viajábamos con todos ellos”.
Julieta, por su parte, valora que, a pesar de haber sumado una gran cantidad de seguidores desde entonces, muchas de las personas que los acompañaron desde el principio siguen presentes. “No solo es una comunidad muy linda, sino también sostenida en el tiempo. ‘Comunidad de cemento’ la llamamos”.
A lo largo del viaje, Santiago y Julieta se encontraron muchas veces con personas que se acercaban a hablarles con una idea muy clara en la cabeza: que habían dejado todo para perseguir un sueño. Sin embargo, ellos siempre intentan matizar esa mirada.
“Nosotros no dejamos todo”, aclara Santiago. “Nos encantaba la vida que teníamos y queremos volver en algún momento. Decidimos vivir esta etapa porque queríamos conocer el continente, pero la vida sedentaria también nos gusta y la extrañamos”.
Viajar durante años tiene un costado que pocas veces se muestra. La distancia con la familia, las rutinas que quedan suspendidas y los momentos cotidianos que ya no se comparten también forman parte de lo que queda atrás.
Julieta coincide en que el viaje fue una decisión profundamente transformadora, pero insiste en que nunca lo pensaron como una forma de escapar de la vida que tenían. “Es una experiencia increíble y sentimos que no volvemos siendo los mismos”, explica.
“Muchas veces nos dicen ‘ustedes salieron del sistema’”, cuenta Julieta. “Pero es todo lo contrario. Hoy trabajamos con redes sociales, cobramos por internet y dependemos de la conexión para vivir. No conocemos a ningún viajero que realmente haya salido del sistema”.
Una frase que le dijo a Santiago su padre de chico, le quedó grabada y cobró mayor sentido a partir de esta experiencia. “Cuando elegís un camino, perdés otras cosas”, reflexiona. “Está buenísimo vivir y conocer lugares que nunca imaginamos, pero también tenemos 35 años y no tenemos una casa ni un desarrollo profesional como el que podríamos haber tenido. Elegimos viajar pero renunciamos a todo lo otro”.
La distancia también implica ausencias inevitables: cumpleaños, reuniones familiares, casamientos o incluso despedidas que ocurren mientras ellos están del otro lado del continente. “Nos perdimos un montón de momentos”, reconoce Julieta. “Algunos lindos y otros tristes, pero hubiéramos querido estar ahí”.
Aun así, no se arrepienten. Para ellos, el viaje es un capítulo más dentro de una vida que algún día volverá a asentarse en un lugar.
Durante los primeros años de viaje, el principal sustento de Santiago y Julieta fue la venta de artesanías. En cada ciudad donde paraban abrían un pequeño puesto y aprovechaban a conversar con quienes se acercaban a mirar o comprar algo. “Las artesanías siguen estando”, cuenta Santiago. “Si hace falta, abrimos el puestito otra vez”.
Sin embargo, con el tiempo el proyecto fue tomando otra forma. Hace poco más de un año y medio, cuando finalmente dejaron Argentina y comenzaron a recorrer otros países del continente, decidieron intentar algo que hasta entonces había sido solo un registro personal del viaje: convertir sus redes sociales en una fuente de ingreso.
El camino no fue inmediato. Como las plataformas no les pagan directamente por el contenido, tuvieron que buscar otra forma de sostener el proyecto y establecer acuerdos con marcas interesadas en aparecer en sus publicaciones.
“Empezamos a hablar con empresas y proponerles trabajar juntos: recomendaciones que igual haríamos, pero con un contrato detrás”, cuenta Santiago. “Nos preguntábamos si no era venderle el alma al diablo”, recuerda Julieta entre risas. “Pero también entendimos que si esto nos llevaba tanto tiempo, tenía que poder sostenernos”.
Para ella, la clave estuvo en mantener la coherencia con el mensaje que venían construyendo desde el inicio. “Siempre tratamos de que lo que recomendamos sea coherente con lo que pensamos y transmitimos. Sobre todo siendo leales a la comunidad que se formó”, explica.
Hoy el trabajo con redes sociales se convirtió en el eje central de su economía. Además de las colaboraciones con marcas, también ofrecen talleres en los que cuentan cómo lograron transformar sus cuentas en una fuente de ingresos mientras viajan.
Desde el principio, Santiago y Julieta tuvieron claro que no querían construir un relato idealizado del viaje. Esa premisa marcó la forma en que cuentan su historia hasta hoy ante sus más de 100.000 seguidores en “La Ruta Madre”: mostrar no solo el lado más luminoso del camino, sino también sus dificultades.
Eso incluye desde problemas mecánicos y momentos de incertidumbre hasta situaciones inesperadas en la ruta. Pero además de las anécdotas del camino, hay otro tipo de contenido que les interesa especialmente: mostrar los lugares que visitan más allá de su costado turístico. Cuando llegan a un país, intentan leer sobre su historia, conversar con la gente y comprender los procesos sociales y políticos que atraviesan cada región.
“Nos gusta mucho empezar a entender cómo funciona cada lugar”, explica Santiago. “Cuando lo ves desde afuera todo parece más simple, pero cuando hablás con la gente te das cuenta de la complejidad que hay detrás”.
Así fue como durante el viaje terminaron presenciando protestas en Ecuador, bloqueos de rutas en Bolivia o campañas electorales en distintos países. En lugar de evitar esos temas, decidieron incorporarlos a sus redes. “Hay gente que nos pregunta por qué hablamos de política”, cuenta Santiago. “Pero creemos que también es parte de mostrar un país”.
Ese enfoque generó debates, discusiones y muchos intercambios inesperados con seguidores y con las propias personas que conocen en el camino. Para ellos, ese diálogo es una de las partes más valiosas del viaje. “Si solo mostrásemos paisajes o qué hacer en cada lugar, probablemente nos habríamos aburrido rápido”, admite Julieta.
Hasta ahora, Santiago y Julieta visitaron nueve países. En su recorrido ya pasaron por Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia. Hace apenas unos días cruzaron a Panamá, dando el salto de Sudamérica a Centroamérica.
La transición no fue sencilla. Entre Colombia y Panamá se encuentra el Tapón del Darién, una extensa selva sin ruta que impide continuar el viaje por tierra. “La camioneta tuvo que ir en un container en barco por el Caribe y nosotros viajar por separado”, cuenta Julieta. “Fueron como quince días sin nuestra casa, algo que nunca nos había pasado”.
Recién ahora, con la camioneta nuevamente en sus manos, comenzaron a planificar el próximo tramo del recorrido. Cuando iniciaron el viaje, el gran objetivo era claro: Alaska. Sin embargo, con el paso del tiempo esa meta empezó a volverse más flexible. “Muy rápido nos dimos cuenta de que no sabíamos si era un objetivo en sí mismo”, explica Julieta.
Hoy el plan más concreto es otro: atravesar toda Centroamérica y llegar hasta México, un recorrido que podría extenderse aproximadamente un año más.
Sin embargo, después de cuatro años en la ruta aprendieron que los planes rara vez permanecen intactos. “Todo es muy endeble y las cosas se diluyen enseguida”, dice Julieta. “Llegás a un lugar pensando quedarte un día y terminás quedándote una semana porque pasa algo que no esperabas”.
A diferencia de otros viajeros que prefieren improvisar por completo, ellos siguen apostando a la planificación. “Después sabemos que se puede romper todo y estamos dispuestos a cambiar los planes, pero nos hace bien tener una idea de lo que queremos hacer”.
Lo que sí tienen claro es el final del viaje: tarde o temprano volverán a Argentina. Durante estos años conocieron distintos países y formas de vida, pero lejos de despertarles la idea de emigrar, el recorrido reforzó su vínculo con su propio lugar. “Jamás dudamos de que queremos vivir en Argentina”, afirma Julieta. “Mientras más viajamos, más lo confirmamos”.
El regreso, de todos modos, todavía está abierto. Entre Buenos Aires y Neuquén se debate el posible destino final, atravesado por la cercanía con la familia y las oportunidades laborales. Por ahora, la única certeza es que el viaje sigue y que, como ocurrió desde el primer día, el tiempo y el camino terminarán marcando el rumbo.