En el aniversario de Neuquén, Alfredo Enrique Hoyos petrolero jubilado recordó la capital de hace 40 años atrás y los cambios en su rubro.
En Neuquén hay historias que pueden contarse mirando una calle, un barrio, una obra o un edificio que antes no existía. Y hay otras que se pueden contar a través de las personas que estuvieron ahí mientras todo eso sucedía. Alfredo Enrique Hoyos, conocido por todos como Freddy, es uno de esos protagonistas.
Tiene 67 años y es neuquino. Nació en Plaza Huincul, pero su historia está profundamente ligada a Neuquén capital, ciudad a la que llegó en 1978, cuando tenía apenas 20 años. Dos años después, en 1980, comenzó a trabajar en la industria petrolera. En ese momento, recordó, la empresa se llamaba Saiten Argentina. Con el paso del tiempo fue cambiando de compañías, pasó por YPF y terminó su recorrido laboral en Mediciones Físicas Omega.
Durante más de cuatro décadas vio cambiar una actividad que, mucho antes de que Vaca Muerta se convirtiera en una de las grandes protagonistas de la economía argentina, ya formaba parte de la identidad neuquina. Pero también vio transformarse la ciudad que eligió como casa.
Por eso, en el marco del aniversario de Neuquén, su historia permite mirar dos procesos al mismo tiempo: el de una industria que cambió radicalmente sus herramientas y formas de trabajo y el de una ciudad que dejó de ser aquella capital rodeada de campo para convertirse en una urbe que no deja de expandirse.
"Neuquén siempre se destacó como una provincia muy pujante y emprendedora", dijo Freddy a LM Neuquén cuando intentó explicar qué significa para él la ciudad. Y enseguida agregó una idea que resume buena parte de lo que vio durante estos años: creció "a los golpes", con aciertos y errores, pero siempre hacia adelante.
Cuando llegó a Neuquén capital, vivía en la zona de las calles Salta y Antártida Argentina. Para alguien que conoció aquella ciudad, la distancia entre el centro y el aeropuerto era casi una aventura. "Era una eternidad", recordó. El camino estaba rodeado de campo y la ciudad parecía terminar mucho antes de donde hoy se extiende.
Con los años, esa geografía fue desapareciendo debajo de calles, casas, barrios y nuevas construcciones.
"La ciudad fue creciendo de una forma muy particular", contó. Primero fueron terrenos que la gente ocupaba y que, con el tiempo, fueron dando forma a barrios que después comenzaron a ordenarse. A ese crecimiento le siguió la necesidad de llevar infraestructura y servicios, un proceso que Freddy vio repetirse una y otra vez.
Él también fue parte de ese movimiento. Por razones laborales pasó largas temporadas en otras ciudades petroleras. Vivió y trabajó en lugares como Comodoro Rivadavia y Mendoza, pero aseguró que siempre mantuvo su raíz en Neuquén.
Cada regreso le permitía comprobar que la ciudad ya no era exactamente la misma que había dejado.
"Cada vez que me iba y volvía la veía más grande", recordó. A veces la diferencia estaba en una calle nueva, otras en la apertura de una avenida o en un barrio que aparecía donde antes no había nada. Pequeños cambios que, vistos con el paso de los años, terminaron construyendo una ciudad completamente diferente. Pero si hubo un lugar donde Freddy experimentó una transformación profunda fue en la industria petrolera.
Cuando comenzó a trabajar, el petróleo era otro mundo. La tecnología disponible, las herramientas y las condiciones de trabajo eran muy diferentes de las actuales. Recuerda especialmente cómo se desarrollaban algunas tareas vinculadas con la geofísica y la perforación. "Era otra historia", resumió.
En aquellos años se utilizaban máquinas que trabajaban con agua y los pozos podían cargarse con explosivos. Con el tiempo aparecieron nuevas tecnologías y las herramientas fueron cambiando junto con la manera de explorar y trabajar.
Para Freddy, mirar hacia atrás permite dimensionar cuánto se modificó la actividad. También cambió algo tan básico como la posibilidad de comunicarse. Cuando comenzó a trabajar, estar lejos significaba realmente estar lejos. No existían los teléfonos celulares, los mensajes instantáneos ni la comunicación permanente que hoy permite saber en segundos qué está ocurriendo en cualquier lugar.
El trabajo petrolero tampoco era sencillo. Pasar tiempo lejos de la familia, afrontar condiciones difíciles y trabajar en lugares de riesgo formaban parte de una actividad que, para Freddy, siempre tuvo una cuota importante de sacrificio.
"Es bastante ingrato el trabajo petrolero porque deja de tener muchas cosas que perdés", explicó. Pero no renegó de esos años. Al contrario, reconoció que fue una actividad que le permitió desarrollarse laboralmente y que le dejó una enorme cantidad de experiencias.
Hoy observa a las nuevas generaciones de trabajadores y encuentra un escenario completamente diferente. "Ya encontraron todo hecho", dijo, aunque inmediatamente aclaró que eso no significa que el trabajo haya perdido sus dificultades.
Las nuevas generaciones tienen acceso a tecnología, herramientas y sistemas que en aquellos primeros años parecían imposibles. Pero el riesgo sigue estando presente. "Cualquier sector petrolero es de alto riesgo", advirtió.
Desde 1990 forma parte del Club de Planeadores Neuquén, una institución que considera fundamental para la formación aeronáutica. Allí también ocupó responsabilidades en la conducción: fue presidente durante dos años y actualmente es tesorero, con mandato hasta abril de 2027.
El club funciona en el aeropuerto neuquino y cuenta con una escuela. Freddy explicó que para quienes comienzan una carrera aeronáutica, el planeador constituye una instancia de aprendizaje fundamental para comprender cómo se vuela.
Así, el aeropuerto que alguna vez parecía estar perdido al final de una interminable extensión de campo terminó convirtiéndose también en uno de los lugares donde Freddy construyó otra parte de su historia.
Su vida permite mirar Neuquén desde distintos lugares: desde los yacimientos, desde las calles que se fueron abriendo, desde los barrios que aparecieron, desde el aeropuerto y también desde las reuniones con aquellos compañeros de trabajo con quienes esta semana compartió un almuerzo para jubilados y los recuerdos de otra época.
Freddy llegó a Neuquén cuando la ciudad todavía tenía grandes espacios de campo alrededor y cuando la industria petrolera funcionaba con herramientas y tecnologías que hoy parecen lejanas. Desde entonces vio pasar empresas, tecnologías, gobiernos, barrios y generaciones de trabajadores.
Y mientras la industria petrolera cambiaba, Neuquén también lo hacía. A sus 67 años, jubilado y todavía vinculado a una institución que forma parte de la historia aeronáutica neuquina, Freddy aseguró que a Neuquén siempre se vuelve.