Este 1° de Mayo una maestra, un petrolero y una estatal contaron su cotidiano trabajo con el que suman su grano de arena para hacer crecer a Neuquén.
Cada 1° de Mayo, Día del Trabajador, invita a poner el foco en quienes sostienen, con su esfuerzo cotidiano, el entramado productivo de una provincia. En Neuquén, esa trama es diversa: se construye en las aulas, en las oficinas del Estado y también en los yacimientos petroleros, entre muchos espacios, que posicionan a la región en el mapa energético del país. Tres historias, tres trayectorias distintas, permiten asomarse a esa realidad compleja donde el trabajo no solo es sustento, sino también identidad, vocación y, muchas veces, sacrificio.
Beatriz Abello tiene 48 años y hace 19 que es docente. Hoy es directora de la Escuela 362 del barrio Z1 en el Oeste capitalino, el mismo lugar donde vive desde hace 16 años, cuando el barrio apenas comenzaba a construirse. Su historia está atravesada por una certeza temprana: ser maestra no fue una opción improvisada, sino una elección de vida.
“Desde que aprendí a jugar, jugué a ser maestra”, contó a LM Neuquén. Recordó con nitidez a una referente de su infancia -la mamá de su mejor amigo- que le mostró que enseñar podía ser uno de los trabajos más valiosos. “Lo sigo sintiendo así, a pesar de todo”, afirmó.
Su recorrido combina casi en partes iguales la tarea en el aula con la gestión. Asumió la dirección de la escuela poco después de titularizar y reconoció que fue un desafío que, con el tiempo, aprendió a sostener. Pero su rol excede lo administrativo: “No solo dirijo una escuela, también me encargo de generar buenos vínculos con la comunidad. Las infancias de mi barrio son las que habitan la escuela”.
En ese entramado, la escuela se convierte en mucho más que un espacio educativo. Es un lugar de contención, de escucha, de acompañamiento. “Contenemos a las infancias y a sus familias. Hay muchas necesidades afuera, situaciones difíciles que atraviesan las familias y que resuenan en la escuela”, explica.
Los días de Beatriz no son iguales. Sus horarios rotan entre jornadas que empiezan a las 7.30 y terminan a media tarde, y otras que se extienden hasta las 18. Comparte la conducción con una vicedirectora con quien comparte una misma mirada: cuidar a la comunidad educativa.
A pesar de la vocación, no esquiva la crítica. “Siempre estamos en reclamo. No se compara todo lo que el docente hace con lo que cobra”, señaló. Y apunta a un problema estructural: el impacto del deterioro de otros sistemas del Estado en la escuela. “Si Salud no da abasto, la escuela lo siente. Hay chicos que esperan meses para ver a una psicóloga o un oculista, y eso repercute directamente en el aula”, aseguró.
Sin embargo, su mirada no pierde el eje: “No lo siento como sacrificio, porque me gusta. Siempre digo que las escuelas salvan, rescatan, contienen”.
Juana García tiene 43 años, es neuquina y trabaja desde hace 18 en la subsecretaría de Trabajo de la provincia. Es inspectora, una tarea que la pone diariamente en contacto con distintas realidades laborales, muchas veces atravesadas por la precariedad o el conflicto.
Llegó al organismo en 2008, cuando se necesitaba personal administrativo. En paralelo, terminaba su formación como docente. Con el tiempo, encontró en la inspección un lugar donde desarrollarse profesionalmente.
“Me gusta mucho la tarea que desempeño”, aseguró. Su trabajo tiene dos dimensiones: el campo y la oficina. Por un lado, realiza inspecciones en distintos ámbitos laborales; por otro, analiza la documentación para verificar si se cumplen las normativas vigentes.
“Nuestra tarea es fiscalizar y resguardar los derechos de los trabajadores”, resumió. Pero esa definición técnica adquiere otro peso cuando se enfrenta a situaciones concretas. “Hay una carga social importante. Te encontrás con trabajadores desprotegidos, pero también con empresas que están atravesando momentos difíciles”.
Su jornada habitual es de 7 a 14, aunque muchas veces se extiende por razones de servicio. La tarea no tiene horarios fijos: pueden intervenir en cualquier momento del día si la situación lo requiere.
Para Juana, el trabajo es, ante todo, un medio. “Es la forma de poder realizar nuestra vida, nuestros objetivos como personas, con la familia”, reflexionó. Pero advirtió que ese equilibrio no siempre se logra. “Cuando no cubre las necesidades básicas, se convierte en una especie de tortura. Termina robándole tiempo a la familia y al descanso”, se lamentó.
Desde su lugar, observó con preocupación las desigualdades. “En la calle ves que hay sectores donde los salarios no alcanzan, con alquileres altísimos. Y otros, los menos, que sí pueden acceder a cierto nivel de bienestar”. Esa brecha, dijo, se hace cada vez más evidente en Neuquén.
Su mirada, atravesada por la experiencia cotidiana, aporta una dimensión clave: la del Estado como garante -o no- de derechos. Y también la del trabajo como espacio donde se juegan tensiones sociales más amplias.
Tomás tiene 25 años y desde hace tres trabaja en la industria petrolera, uno de los motores económicos más potentes de la provincia. Su rutina está marcada por un diagrama exigente: 14 días de trabajo por 7 de descanso.
Durante las jornadas laborales, la dinámica cambia según la tarea. Hay días en los que trabaja en un taller, con horarios que pueden ir de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Otros, en cambio, lo encuentran en el campo, operando herramientas en condiciones más extremas.
“Allí hacemos turnos de cinco horas de trabajo y cinco de descanso durante todo el día”, explicó. Las operaciones pueden durar desde 8 hasta 36 horas continuas, con ese esquema rotativo.
El contexto no es sencillo. “Se pasa frío, se pasa calor. Estamos en el medio de la nada”, describió. En esos escenarios, los trabajadores suelen alojarse en tráilers vivienda y se alimentan con comidas rápidas para aprovechar al máximo los momentos de descanso.
Uno de los aspectos más duros es la distancia. “Son 14 días sin ver a la familia, a los amigos”, contó. Incluso cuando está en Añelo, donde se alojan en departamentos, la sensación de desarraigo persiste.
Sin embargo, destacó un cambio que aliviana esa situación: la conectividad. “Hoy, gracias al internet satelital, podemos comunicarnos. Eso nos mantiene más tranquilos”, contó.
El trabajo también implica un esfuerzo físico considerable, especialmente en el taller, donde las jornadas pueden extenderse más allá de lo previsto. Aun así, como muchos jóvenes de la región, encontró en la industria petrolera una oportunidad laboral que no abunda en otros sectores.
Las historias de Beatriz, Juana y Tomás representan a miles de trabajadores y trabajadoras neuquinas que, desde distintos lugares, sostienen la economía provincial.
En las aulas, donde se forman las próximas generaciones; en las oficinas estatales, donde se regulan y garantizan derechos; y en los yacimientos, donde se produce la energía que impulsa al país, se construye día a día una provincia en movimiento.